Jul 12, 2025
El auge del thriller y la novela policial convive con un lector cada vez más ansioso por llegar al final. ¿Qué sucede cuando la narrativa se adapta a la tendencia del resultado inmediato?
El lector ya no quiere esperar
La novela negra y el thriller viven un gran momento editorial. La cantidad de lectores aficionados al género crece año tras año. Pero lo que ha cambiado no es el interés por las historias, sino la forma de leerlas.
Hoy lo urgente es llegar al final. Imposición de la velocidad digital.
Hasta hace poco tiempo, el lector disfrutaba del recorrido: seguía el desarrollo de la historia, se dejaba llevar por la trama, descubría personajes, escenarios, giros, intentaba deducir. El placer estaba en el proceso, no solo el desenlace.
Pero la exposición constante a pantallas ha modificado esa relación con la lectura. La ansiedad lo domina todo. Se lee, pero con el celular cerca, atentos a cada notificación. La lectura perdió parte de su magia, su concentración, su pausa, su oferta de tranquilidad.
El asesino es la impaciencia
En la novela policial, el final siempre estuvo ahí. Bastaba con ir a las últimas páginas. Pero casi nadie lo hacía: ¿quién querría arruinarse el suspenso? Hoy resistirse a ese impulso se ha vuelto difícil, hay una pulsión por llegar. Hasta los mensajes de voz se escuchan a velocidad x 2.
Es la misma diferencia que hay entre usar un diccionario impreso o consultar una enciclopedia, o tener una respuesta inmediata, solo con un click. Ganamos en velocidad, pero perdemos en aprendizaje y comprensión.
Los buscadores y la inteligencia artificial nos ofrecen un saber instantáneo, que se impone como “ilimitado”. Pero no es un saber, es solo una información, que además varía según quién haga la consulta. No es un conocimiento real, es homogéneo, no creativo, que oculta su poder de manipulación.
Series y novelas bajo control
Donde más rápido se impusieron estas nuevas pautas fue en las series de televisión. Analizando millones de películas, libros y guiones, los algoritmos identificaron qué estructuras “funcionan mejor”. Y a partir de ahí, trabajaron para formar guionistas para reproducirlas.
El resultado: historias que casi todas comienzan mostrando alguna escena del final, lo que llaman “estructura cronológica invertida”. Antes de que el algoritmo mandara, eso se llamaba flashback o racconto. La diferencia principal es que era una decisión del autor o del director, no una pauta de consumo.
¿Y el efecto? Las narraciones se parecen cada vez más. Las diferencias se diluyen. La sorpresa se desvanece. ¿Qué es entonces lo que tanto gusta al consumidor?
¿Quién escribe cuando escribe un escritor?
La pregunta de fondo es: ¿hasta qué punto el mercado —o el algoritmo— define o influye en lo que escribe un autor?
Para el escritor, escapar de esa lógica es más difícil de lo que parece. Aun quienes creen que “escriben lo que quieren”, a veces repiten fórmulas dictadas por el éxito ajeno, por recomendaciones editoriales, algunas escuelas de escritura o por lo que se supone que “funciona”.
Lo más paradójico es que, incluso siguiendo todas esas recetas, los fracasos siguen siendo mucho más que los éxitos. ¿No sería mejor que los autores escribieran lo que realmente quieran escribir?
Contra la tendencia del mercado: una forma de resistencia
Rebelarse contra las tendencias del mercado quizás sea la única forma de preservar la autenticidad de la escritura. Con que algunos pocos se atrevan a ser rebeldes, es suficiente.
Jun 11, 2025

La principal cadena del Reino Unido (480 Sucursales), con 250 años de libreros, acaba de venderse a un fondo de inversión por un precio absurdo. Los propietarios abandonan el negocio del libro después de 250 años, para centrarse en el del turismo.
La venta minorista de libros se hace muy difícil porque en Reino Unido no existe el precio fijo obligatorio para el libro, lo que permite que el vendedor lo ofrezca al precio que quiera. De esta manera solo el más grande puede sobrevivir, en este caso ha la gran tienda online. Desde que el gobierno de Margaret Thatcher en los años 80, en nombre de “la libertad” eliminó el precio fijo que rige en casi todo el mundo, cerraron más de mil librerías independientes, varias de ellas centenarias. Esta gran cadena resistió a fuerza de vender solamente best sellers, y ya no pudo más. (más…)
May 11, 2025
Hay mucho por hacer
En una época de cambios muy veloces, me sorprende cómo algunas cuestiones del mundo del libro y la edición que se han ido oxidando, no se puedan modificar ni actualizar. Hay dos cosas que la digitalización podría resolver con facilidad: la primera es la penosa situación del autor dentro de la cadena de valor del libro, y la segunda es el sistema de comercialización mayorista, responsable de que ni las editoriales ni los autores sepan con precisión cuántos ejemplares se han vendido de cada libro.
Desde hace cien años, esta cadena se representa siguiendo el orden cronológico en que interviene cada eslabón, comenzando por el autor y terminando por el lector. El libro electrónico, la última gran novedad en la edición, en veinte años no modificó el esquema.

(más…)
Mar 13, 2025
¡Qué mal que suena esto! Pero si cada día queda más claro que avanzamos hacia a un mundo sin trabajo (no hay familia que desconozca esta situación) es lógico pensar que a los escritores también les afectará.
La tecnología es el camino que hace posible esa extraña sociedad futura, mientras avanzamos hacia ella, los escritores y las editoriales están siendo víctimas de un enorme saqueo, al que se llamaba piratería, pero pareciere que no está mal cuando la ejercen las grandes tecnológicas.
“Editores y autores franceses denuncian a Meta por usar sus trabajos para educar a su Inteligencia Artificial” (Señalador Clipping Es, 13.3.2025)
Este post nació ante mi preocupación por la proliferación de libros escritos por la Inteligencia Artificial, aunque su pobreza literaria y mediocridad impiden su éxito comercial. Amazon, principal generador y editor de este tipo de libros sin autor, no ha logrado, pese a sus enormes recursos, posicionarlos entre los más vendidos. Son principalmente novelas románticas, libros infantiles y juveniles y autoayuda, los preferidos, para cuya generación se aplica la informacion algorítmica obtenida de millones de libros analizados (sin permiso ni remuneración al autor ni a su editorial), miles de millones de datos y pautas de conducta de todos los usuarios de redes, buscadores y aplicaciones, series de televisión y conversaciones en la redes, que para reemplazar al escritor han resultado ineficaces.
Lo que funciona con otros productos de consumo masivo (incluido el voto) parece no servir cuando se trata de libros, porque el lector no es cualquier consumidor: es un personaje misterioso, singular, que no queda atrapado en las redes del mainstream, incluso contando con gran cantidad de información sobre pautas de lectura, como las que aportan los dispositivos de lectura conectados a la red como el Kindle, que mientras lees te está leyendo. Sin embargo, el éxito de un libro sigue siendo algo imprevisible.
Los libros “sin autor”, escritos, generados o redactados por la IA, tienen tramas predecibles, personajes estereotipados, lenguaje simplificado y giros dramáticos demasiado calculados, pero no tienen ninguna innovación, la expresión de una simplicidad empobrecedora. En español, son libros escritos (o traducidos) en una lengua que llaman “español neutro”, que los castellano hablantes sabemos que no existe y ninguno reconoce como propio, ni siquiera en Miami. Es un invento del imaginario de un país anglosajón.
Hasta ahora esto es una dificultad para la lectura, aunque gente seria asegura que en poco tiempo el mismo libro -o traducción- se ofrecerá con su propio acento y modalidad a cada país. También dicen los expertos que la escritura generada por la IA aprenderá a usar el witz, la broma, el humor, la ironía, algo propio e intraducible de toda lengua.
La IA sabe esto. No pude resistirme consultar al ChatGPT, que respondió:
Falta de originalidad genuina: Aunque la IA puede crear textos convincentes, muchos de ellos son combinaciones de patrones y datos previos. Carecen de la verdadera originalidad, el toque humano o la introspección que los escritores aportan a sus obras.
Pérdida de contexto emocional: Las IA pueden imitar emociones y contextos, pero no experimentan el mundo de la misma manera que un ser humano. Esto podría hacer que los libros carezcan de una verdadera resonancia emocional.
La idea de que es posible un mundo sin trabajo y por lo tanto también sin escritores parece aterradora. ¿Lo será también para las nuevas generaciones, cuando vivan sin trabajar, recibiendo una renta básica universal? ¿Qué les sucederá a las personas sin trabajo, aunque tengan para comer? ¿Cómo funcionarán cuando sea adultos los niños que se eduquen de esta manera?
“Corea del Sur se ha convertido en el primer país del mundo en incorporar inteligencia artificial en libros de texto digitales” (El País, 12 de marzo 2025).
Los libros escritos por la IA son una amenaza para el escritor, y mucho más para el lector. Por momentos, dudo de que siga siendo así. Leo en una noticia cuya animación se puede ver en el link de abajo: una fábrica Noruega aliada con Chat GPT pondrá a la venta, este año, un millón de robots de asistencia con forma humana. https://www.youtube.com/watch?v=-gx5c2cNASk
Da mucho temor lo que pueda suceder, y es difícil analizarlo cuando perteneces a generaciones anteriores. A mí me parece inconcebible la idea de leer una novela escrita por un robot, porque tengo otra idea de la creación y otro sistema de valores, que hoy están en discusión. Leemos todos los días acerca de cuánto tiempo el presidente de los Estados Unidos tolerará a su segundo Elon Musk. Pero esto presupone un orden anterior de las cosas, de la época «constitucional», ahora cabría preguntarse: en este dúo ¿quién es el segundo de quién? ¿quién tiene realmente el poder?¿quién despedirá a quién?
Frente a este panorama lleno de interrogantes, hay mucho por hacer. No es tolerable que la autoría robotizada se le oculte al lector. La Unión Europea está avanzando en algunas regulaciones, como la obligación de etiquetar de manera visible los libros sin autor, normativa que el gobierno español acaba de aprobar (11 de marzo de 2025). Una medida de este tipo detendrá a muchas editoriales que se dedican a ello, pero ¿será por mucho tiempo? ¿Habrá unas nuevas generaciones que valoren más un libro escrito por la IA, porque lo considere “más científico”, por ejemplo?
Las noticias sobre libros escritos por la IA me recuerdan a la llegada del libro electrónico: hace quince años se predijo que los e-books acabarían con el libro impreso, y hoy el papel sigue siendo el soporte preferido por la mayoría de los lectores. Una encuesta entre librerías de campus universitarios en Estados Unidos, indica que el 90% de los estudiantes -generación nacida digital- prefiere comprar libros impresos. Aunque el formato digital es relevante, el libro impreso sigue siendo el soporte preferido de los lectores, y el único que otorga prestigio y convalidación al autor.
Quienes más rápido descubren estas cosas son los lectores, unos consumidores atípicos, difíciles de catalogar y de convencer. Por eso el éxito de un libro sigue siendo imprevisible para las editoriales. Pero es cierto que en el futuro los lectores -con la ayuda intensiva de las redes sociales- pueden cambiar. Algo sabía quien compró Twitter dos años antes de llegar al poder del principal país de occidente.
No es un panorama tranquilizador, aunque me gusta la idea de que «La catástrofe no es inevitable«, como afirma Rosa Montero en una entrevista.
“El lector quiere cómics hechos por dibujantes, no por una inteligencia artificial que robe los contenidos” (Carmen Carnero y Natacha Bustos, en Señalador Clipping, 13.3.2025).
Por ahora, el lector es el más confiable regulador.
Feb 14, 2025
Muchos escritores no asisten el día de estreno para no tener que decir lo que piensan de la adaptación de su obra al cine o a la televisión.
Dos tercios de los autores aborrecen el resultado final, pero han firmado contratos en los que en la letra pequeña se comprometen a no hacer declaraciones negativas. Los que están más tranquilos -y asisten al estreno o a los festivales de cine- son los que tienen claro que lo que verán no es su obra, sino una la versión de un guionista o un productor, pocas veces de un director. Hemingway era así, lo tenía muy claro y podía disfrutar de lo que había cobrado. En el lado opuesto estaba García Márquez, que exigía controlarlo todo, por eso su gran novela Cien años de soledad recién se pudo transformar en una serie después de que murieran él y luego su mujer. Cuando intenté ver la serie -no pude terminar el primer episodio- quise imaginar qué habría dicho el maestro si hubiera podido verla.
Pese a esto, ninguna escritora o escritor se resiste a una propuesta de adaptación, y bien que hacen, no porque luego el libro se vaya a vender más como dicen los productores para pagar menos, sino porque es una oportunidad económica excepcional de la que nadie se tiene que avergonzar.
“Pues si Joseph Roth detesta el cine, aunque no deja de insistir a Stefan Zweig para que intervenga ante su agente americano a fin de que lleven sus libros a la pantalla. Necesita dinero, y nadie paga tanto y tan rápido como Hollywood. Ya han rodado Job. Roth no la ha visto, pero Zweig le ha contado que la adaptación es para partirse de risa. Han convertido la historia en un melodrama americano. “¡Tiene usted que verla, Roth! ¡No la reconocerá!” (Volker Weidermann en Ostende. 1936, el verano de la amistad. Alianza, 2015)
Ene 16, 2025
(Víctor Malumián, en El destino de una caja; Gris tormenta, 2024, tomado de Lasai Blog)
Por cada ejemplar de un libro que se vende, hay otro que no se venderá. Las librerías o las grandes superficies lo devuelven a la editorial, y en poco tiempo se destruyen los sobrantes y el libro ya no se podrá conseguir. Por lo menos es así en nueve de cada diez títulos publicados, y muy especialmente en los libros más comerciales. Quien quiera leer alguno de estos nueve un tiempo después, tendrá que hacerlo en la edición electrónica.
La sobreproducción es una estrategia que toda la información que del algoritmo no ha podido modificar, y la mejor prueba de ello es que se sigue acudiendo al viejo método de prueba y error.
Hay varias cosas atroces en esta cuestión
La primera es que el lector, al comprar un libro tiene que pagar también el ejemplar que no se venderá. Lo que implica que, al precio que podría venderse un libro, se le agregan los costes del otro, más los gastos de distribución, devolución, almacenaje y finalmente destrucción, que suman más que el coste de fabricación. Todo lo paga el lector, y eso es debe a una estrategia comercial de la que desde hace décadas no se ha podido salir.
“La sobre producción en especial es en sí un instrumento de ocupación del terreno” (Thierry Discepolo, La traición de los editores, Trama editorial).
La otra cuestión es ¿por qué, pese a que terminan sobrando tantos libros, cada año aumenta el número de títulos publicados?: porque cada vez se venden menos ejemplares de cada título.
“En los últimos años el número de títulos publicados cada año se ha duplicado, compensado por tiradas dos veces menores y dos veces menos ventas”. (Héléne Ling, Inès Sol, El fetiche y la pluma. Literatura y edición en el capitalismo tardío. Trama editorial).
La última atrocidad es la destrucción de los ejemplares invendidos. Habiendo tanta necesidad de libros en colegios de zonas aisladas, en países pobres, y tanta gente que querría leer, pero no puede comprar, parece perverso que tantos libros se convierten en pasta de papel. Se destruyen por una razón: porque cuesta mucho menos que enviarlos como donativo a quienes los necesitan. ¿Deberían los estados -me refiero en especial a los pudientes- hacerse cargo de esto? Difícil, en tiempos en que la tendencia es reducir el estado a su mínima expresión. Si las editoriales tuvieran que hacerlo, se encarecería más aún el precio de venta. Todos los costes y los gastos de una editorial, siempre los paga el lector al comprar un libro.
Algo pareciera no estar bien.
Dic 10, 2024
Las grandes editoriales -con apoyo del algoritmo- clasifican las novelas en «literarias» o «comerciales», una decisión que afectará a todo el proceso del libro, desde la edición y el diseño hasta la promoción y la distribución. Como el éxito no es previsible, cualquier fracaso será un problema futuro para el autor.
Los riesgos de etiquetar
En las editoriales grandes las novelas se dividen en dos categorías: «literaria» o «comercial». Esta clasificación se hace para trabajar cada libro dentro de un determinado protocolo, diseñado en función del lector previsto (o “Público Objetivo”), lo que implica edición del texto (dificultad del lenguaje estructura, protagonistas, etc.), el diseño gráfico y la comercialización. Hasta la tipografía de la portada es especial. El protocolo que se aplique también determinará la distribución. No todos los libros se envían a las mismas librerías, ni a otros puntos de venta.
Decidir si una novela es literaria o comercial no es algo trivial, ya que al hacerlo se está decidiendo también la inversión a realizar: tiraje, promoción y publicidad, todo lo que lleva directamente a la cantidad de ejemplares que habrá que vender para que el proyecto sea económicamente exitoso.
Si la novela se considera “comercial”, se pagará a influencers y booktubers para promoverla, se contratarán buenos espacios de exhibición en las grandes librerías y cabeceras de góndola en los supermercados, para lo que se necesitará varios miles de ejemplares.
Un lanzamiento comercial genera una expectativa de ventas que, aunque parezca garantizada, muchas veces no se cumple, en cuyo caso el libro en pocas semanas desaparecerá, reemplazado por la apuesta siguiente, y los ejemplares invendidos serán convertidos en pulpa de papel. Una novela comercial que no funcionó, no tiene segunda oportunidad.
Si una novela “literaria”, por ejemplo, vende 2.000 ejemplares, se considerará un gran éxito, pero si una novela “comercial” vende 5.000 será un fracaso, y eso se trasmite sin necesidad de decirlo: el libro desaparece de los lugares privilegiados de exhibición y ya no hay ninguna promoción. Para el autor, quedar marcado tan arbitrariamente -solo por la venta- como un éxito o un fracaso será determinante para su futuro. Si ha sido un éxito, tendrá una enorme presión para que siga con lo mismo que le hizo triunfar, y si fue un fracaso, no le será fácil encontrar otra editorial.
La rebelión de los lectores
Aunque estas decisiones se toman en base a mucha información algorítmica, las expectativas no siempre se cumplen porque los lectores son gente un poco rara, que no responden a las pautas indicadas por los algoritmos, y a veces tienen reacciones imprevistas que pueden sorprender. Por eso de vez en cuando una novela que se suponía destinada a ser un gran éxito comercial no se vende, y otra que se consideraba dirigida a un público restringido, de manera inexplicable tienen un éxito arrollador. Se los llama “best sellers imprevistos”, y resulta que son casi la mitad de los libros que aparecen en las listas de más vendidos. La dificultad para predeterminar qué querrán los lectores es algo habitual cuando se trabaja con un producto cultural.
“¿Cómo prever un éxito? es imposible”
(Pilar Alvarez, editora de Alianza, en Letra Global, 8.12.2024).
El editor ¿curador o algoritmo?
En el sigo veinte los editores eran llamados los gatekeepers (guardabarreras) de la literatura, porque decidían qué obras merecían ser publicadas y cuáles no. Los lectores, obviamente, solo podían leer lo que se publicaba. No hay forma de saber qué maravillas literarias (o comerciales) podría haber en todo lo que no se publicó.
Las editoriales, conscientes de la importancia de estas decisiones, tenían un importante “comité editorial”, integrado por gente muy calificada, que decidía qué se publicaba y qué no. Las que tienen (o han tenido) un catálogo sólido y coherente, construyeron así la confianza y lealtad de sus lectores, un valor fundamental que, sin embargo, no se refleja en la contabilidad.
Cuando en una de estas editoriales cambia la propiedad, suele suceder que se pierde rápidamente ese valor, no porque sea intencional, sino porque esa “curaduría” se despersonaliza y tiende a desaparecer. El traspaso de la decisión editorial del editor o del comité editorial a uno de marketing, pese a que este decide en base a la información generada por datos de millones de lectores (el bendito algoritmo) no siempre sale bien. Pareciera que las decisiones tomadas con algoritmos no tienen más porcentaje de éxitos que el antiguo olfato del editor.
“El verdadero editor -dado que esos seres extraños todavía existen- no razona nunca en términos de literario o comercial. En todo caso, en los viejos términos de bueno y malo”. (Roberto Calasso, La marca del editor. Anagrama).
El surgimiento y el éxito de tantas pequeñas editoriales independientes en todo el mundo parece ser una respuestaa la automatización. Las decisiones se toman de forma muy personal, los editores no “consultan al mercado” ni les interesa saber qué dice el algoritmo. Quieren ofrecer a los lectores algo diferente, no lo que ya funcionó.
Lo mismo sucede con las librerías independientes, gestionadas por libreros y libreras vocacionales, que leen y mantienen un diálogo directo con los lectores. Son librerías que -a diferencia de las grandes cadenas- no venden los espacios de exhibición, y eso les permite decidir qué libros ofrecer, convirtiéndose así en prescriptores con mucha más influencia que los influencers.
Nov 30, 2024
En el mundo de los negocios invertir en el desarrollo futuro es esencial. En el de la cultura también. Es demasiado elemental confundir gasto con inversión.
Así como una petrolera que quiere mantener su producción debe invertir en explorar nuevos yacimientos, y los laboratorios farmacéuticos deben investigar para desarrollar nuevos medicamentos, las industrias culturales también necesitan hacerlo. En los festivales de cine, más allá del brillo de la alfombra roja, se forjan acuerdos esenciales de coproducción y distribución para la circulación internacional de películas o series, generando un ingreso de divisas significativo para el país productor. Así se compensa con creces las inversiones previas recibidas de organismos oficiales que facilitaron la producción.
De manera análoga, las editoriales y los escritores que participan en ferias del libro gracias al apoyo del estado no solo asisten a un evento festivo, que es lo que los medios suelen mostrar, sino que es dónde se negocia lo que vendrá después: exportación de libros, ingreso de divisas, y compraventa de derechos de autor.
Estas ferias permiten que editoriales de otros países e idiomas contraten para publicar obras de todo tipo de autores, anticipándose a la publicación. Ningún tipo de producción cultural local puede prescindir de referentes, ni es independiente de las tendencias universales. Algunos libros serán grandes descubrimientos literarios, otros best seller de venta excepcional, todos los países necesitan las dos cosas. Con unos la sociedad crece culturalmente, con otros se gana dinero, algo que necesitan todos los autores para que las editoriales les paguen mejor, y los libreros para pagar el alquiler.
Si no se hacen los acuerdos que se concretan en este tipo de eventos (una parte esencial de los mismos, que nunca aparece en los medios), se pierden posibilidades futuras para las editoriales, librerías, escritores y toda la cadena de profesionales que garantizan la calidad de un libro.
El Costo de la Ausencia
Cuando un estado retira los apoyos a la participación (que suele ser costosa), de su país, está dejando el terreno libre a la competencia, que capitaliza las mejores oportunidades. No es un verdadero ahorro, ya que esto se convierte así en un boomerang que repercutirá negativamente a corto plazo. La ausencia en estos eventos debilita no solo el año siguiente, compromete la sostenibilidad cultural y económica a largo plazo. Lo que se construyó con una participación durante veinte o treinta años consecutivos, se puede destruir en uno solo.
La política de austeridad en la cultura parece un tango de Discépolo. Las decisiones, sin duda tomadas por funcionarios que creen que una feria o un festival solo es la imagen glamorosa que se ofrece a los medios, ignoran la trama compleja y vital que sustenta estos eventos, aunque no se ven. No asistir hoy significa debilitar mañana, y no en un sentido figurado o distante, sino en un futuro inmediato y tangible.
Cuando las consecuencias de tales decisiones se manifiesten, el único recurso será importar libros y películas de países que no interrumpieron su producción, lo que no solo debilitará la identidad nacional, sino que deteriora la educación y aumenta la ignorancia de la población, lo que incluye a las élites que en el futuro deberán gobernar. Además, para importar hay que tener divisas para pagar, y estamos recortando las posibilidades de obtenerlas.
Ignorar las grandes ferias y festivales es sabotear cualquier proyecto de nación, llevando a un país hacia una crisis cultural y económica de difícil reversión.
Nov 15, 2024
La cuestión sobre si es posible predecir el éxito de un libro se vuelve especialmente relevante en una era donde el algoritmo y la Inteligencia Artificial parecen capaces de todo. En el mundo editorial, siempre se ha defendido que el éxito es impredecible, un concepto respaldado tanto por los ejecutivos de las editoriales más grandes como por los editores literarios más prestigiosos.
Esta imprevisibilidad parece inquietar a los neurocientíficos que trabajan para el consumo, y a los nuevos especialistas en “neuropublishing” que buscan aplicar modelos masivos de consumo a la literatura. Sin embargo, al igual que otros esfuerzos, es probable que este enfoque también enfrente la realidad de que los productos culturales dependen de su singularidad. Predeterminar el éxito de un libro es complicado: los intereses genuinos de los lectores suelen ser impredecibles y las reacciones de los medios y las redes sociales, igualmente cambiantes.
A menudo, ocurre que un libro del que se esperaba poco termina vendiendo millones de ejemplares en múltiples idiomas. Los analistas que lo habían descartado lo considerarían un “error”, mientras que los editores seguramente lo ven como un acierto emocionante.
Para ilustrar la imprevisibilidad del éxito, basta observar el modelo de las grandes editoriales, que publican hasta 50 novedades mensuales en cada país donde operan. Aplican el primitivo método del acierto y error. La realidad es que solo uno de cada diez títulos tiene éxito comercial, mientras los demás tienden a desaparecer rápidamente. Si el éxito fuera predecible, estas editoriales reducirían su producción a uno dos libros al mes, ahorrando costos y aumentando sus ganancias, haciendo realidad el sueño de los accionistas. Hasta el momento, ninguna herramienta ha logrado predecir el éxito con precisión.
Esto no significa que la Inteligencia Artificial no tenga su utilidad, pero prever los gustos de los lectores sigue siendo una tarea muy difícil.
El periodista Antonio Martínez Ron publicó en eldiario.es el 7 de septiembre de 2024 un artículo titulado «¿Qué determina el éxito de una novela, una película o una serie?», donde menciona a un grupo de investigadores de la Universidad de Toronto que analizaron narrativas de 30.000 películas, programas de televisión, novelas y campañas de recaudación de fondos en internet. Los resultados, curiosamente, terminan confirmando las intuiciones del escritor Kurt Vonnegut, quien hace treinta años, en sus cursos de escritura, expuso con humor una teoría del éxito basada en el análisis de 1,700 novelas. Vonnegut bromeaba al decir que no había razón para que las computadoras no pudieran analizar estas formas tan «preciosas»; sin embargo, él mismo advertía a sus alumnos que no aplicaba estos criterios al escribir sus novelas.
¿Será este el secreto de la literatura? ¿La singularidad e imprevisibilidad que ninguna herramienta ha logrado reemplazar?
El estudio de la Universidad de Toronto, publicado en Science Advances, concluye de manera reveladora: “A pesar de milenios de teorías, ha sido difícil predecir empíricamente qué hace que una historia tenga éxito”. El análisis omite un detalle crucial: del otro lado de la página, o del dispositivo, siempre hay un lector humano, con reacciones que escapan a cualquier predicción.
Nov 1, 2024
Latinoamericanos y españoles tenemos a Francia como modelo cultural y editorial. Sin embargo es impresionante leer qué opinan los escritores franceses. Existe allí un barómetro que lleva la SGDL (Société des Gens de Lettres), la asociación gremial a la que pertenece la mayoría de los escritores.
Esta es una síntesis de la encuesta del año 2023:
El trabajo de la editorial:
77% declara tener relaciones no satisfactorias con su editorial
33% no está satisfecho con los contratos que les proponen
44% no está satisfecho con la distribución de sus libros
58% no está satisfecho con la promoción
44% no está satisfecho con las liquidaciones y el pago de los derechos
Promoción y Redes Sociales
62% de los autores son presentados al público solo a través de las Redes
87% a través de Facebook, 55% a través de Instagram
34% lo gestiona completamente el autor
La situación financiera
49% de los autores sufren un deterioro de sus ingresos año con año
Los derechos de autor representan menos del 25% de su ingreso anual
Los contratos
49% de los autores necesitan un asesoramiento profesional externo para entender los contratos que les proponen.
Los anticipos y las liquidaciones
30% de los autores no perciben anticipos
55% de los autores deben reclamar a las editoriales para que les envíen las liquidaciones
48% de los autores estiman que las rendiciones de cuentas no son claras
93% de los autores no tienen información sobre la venta de sus libros hasta recibir la liquidación.
56% de los autores tienen que reclamar el pago a la editorial
Los derechos derivados gestionados por la editorial
60% de los autores cuya obra se ha traducido y publicado en otros idiomas, no cobran nunca los derechos que les corresponden
20% de los autores no son informados de que su libro fue publicado en otro idioma
Fuente: https://www.sgdl.org
Oct 27, 2024
Si has escrito un libro o estás en proceso de hacerlo, lo natural es querer publicarlo. Los lectores completan y retroalimentan el trabajo del escritor. Sin embargo, si deseas publicar en una editorial tradicional, con un catálogo de prestigio, deberás superar algunas dificultades. Publicar en una editorial tradicional, con un catálogo de calidad, es un trabajo más, aunque incomparable con el de haber escrito un libro.
(más…)
Oct 9, 2024
Las traducciones literarias realizadas por chats de Inteligencia Artificial deberían llevar una etiqueta frontal de advertencia al lector.
Algunas editoriales, en realidad unos emprendimientos comerciales que nada tienen que ver con el mundo del libro, están aprovechando los avances tecnológicos para ofrecer a los autores publicar sus libros traducidos a otros idiomas, gracias al ínfimo costo y la velocidad que posibilita la IA. Ofrecen así a los eventuales lectores un texto empobrecido y estandarizado, publicado en libro electrónico o impreso de uno en uno gracias a la tecnología del bajo tiraje (POD, Print on Demand). Una combinación de dos tecnologías, para un uso espurio. Para un escritor que se ha pasado años trabajando sin cobrar en un libro, tener nuevos lectores, en países que nunca hubiera pensado en alcanzar, es comprensiblemente atractivo.
Estos libros no advierten en ninguna parte visible que se trata de una traducción automatizada, con lo cual se está engañando al autor y al lector. Son un buen negocio, porque se aprovechan de los apoyos económicos a la traducción que otorga el país del autor, a quien también le piden algún aporte económico, y luego venden ejemplares para las bibliotecas del país donde está la editorial, con fondos públicos creados en algunos países del norte de Europa, para difundir la bibliodiversidad. Tres fuentes de recursos que, cuando no hay costos que asumir son todo ganancia.
Los libros se ofrecerán en la web de la editorial y en otras plataformas, ya sea como libro electrónico o impresos de uno en uno, además de algunos ejemplares justificativos de la edición, que se enviarán al autor.
Las traducciones automatizadas -alimentadas por millones de libros de gran venta, notas de prensa y subtítulos de series, lo que hacen sin permiso ni remuneración- solo traducen palabras, estandarizando y empobreciendo lo mejor de cualquier obra literaria. Los autores, engañados en su deseo de difusión, perderán dinero y posibles lectores, que al encontrarse con textos mediocres, creerán que lo malo es el autor.
Organizaciones de escritores y traductores, junto a la Unión Europea, están tratando de que se esto se regule, y sea obligatorio un etiquetado frontal diciendo que el libro está traducido de forma automatizada.
Por momentos pienso ¿cómo será leer a Proust en sueco, escrito con el lenguaje y el estilo de Stephen King?
muchas gracias por tan valioso aporte!
Guillermo, Gracias siempre por tus textos, muy interesantes como siempre. Trato de sumar algo: Tim Ferriss publicó su libro más…
Análisis brillante, muchas gracias.
Me interesa
La IA llegó para quedarse, los centros de datos ya eran un tema antes y la IA llama la atención…