El auge del thriller y la novela policial convive con un lector cada vez más ansioso por llegar al final. ¿Qué sucede cuando la narrativa se adapta a la tendencia del resultado inmediato?
El lector ya no quiere esperar
La novela negra y el thriller viven un gran momento editorial. La cantidad de lectores aficionados al género crece año tras año. Pero lo que ha cambiado no es el interés por las historias, sino la forma de leerlas.
Hoy lo urgente es llegar al final. Imposición de la velocidad digital.
Hasta hace poco tiempo, el lector disfrutaba del recorrido: seguía el desarrollo de la historia, se dejaba llevar por la trama, descubría personajes, escenarios, giros, intentaba deducir. El placer estaba en el proceso, no solo el desenlace.
Pero la exposición constante a pantallas ha modificado esa relación con la lectura. La ansiedad lo domina todo. Se lee, pero con el celular cerca, atentos a cada notificación. La lectura perdió parte de su magia, su concentración, su pausa, su oferta de tranquilidad.
El asesino es la impaciencia
En la novela policial, el final siempre estuvo ahí. Bastaba con ir a las últimas páginas. Pero casi nadie lo hacía: ¿quién querría arruinarse el suspenso? Hoy resistirse a ese impulso se ha vuelto difícil, hay una pulsión por llegar. Hasta los mensajes de voz se escuchan a velocidad x 2.
Es la misma diferencia que hay entre usar un diccionario impreso o consultar una enciclopedia, o tener una respuesta inmediata, solo con un click. Ganamos en velocidad, pero perdemos en aprendizaje y comprensión.
Los buscadores y la inteligencia artificial nos ofrecen un saber instantáneo, que se impone como “ilimitado”. Pero no es un saber, es solo una información, que además varía según quién haga la consulta. No es un conocimiento real, es homogéneo, no creativo, que oculta su poder de manipulación.
Series y novelas bajo control
Donde más rápido se impusieron estas nuevas pautas fue en las series de televisión. Analizando millones de películas, libros y guiones, los algoritmos identificaron qué estructuras “funcionan mejor”. Y a partir de ahí, trabajaron para formar guionistas para reproducirlas.
El resultado: historias que casi todas comienzan mostrando alguna escena del final, lo que llaman “estructura cronológica invertida”. Antes de que el algoritmo mandara, eso se llamaba flashback o racconto. La diferencia principal es que era una decisión del autor o del director, no una pauta de consumo.
¿Y el efecto? Las narraciones se parecen cada vez más. Las diferencias se diluyen. La sorpresa se desvanece. ¿Qué es entonces lo que tanto gusta al consumidor?
¿Quién escribe cuando escribe un escritor?
La pregunta de fondo es: ¿hasta qué punto el mercado —o el algoritmo— define o influye en lo que escribe un autor?
Para el escritor, escapar de esa lógica es más difícil de lo que parece. Aun quienes creen que “escriben lo que quieren”, a veces repiten fórmulas dictadas por el éxito ajeno, por recomendaciones editoriales, algunas escuelas de escritura o por lo que se supone que “funciona”.
Lo más paradójico es que, incluso siguiendo todas esas recetas, los fracasos siguen siendo mucho más que los éxitos. ¿No sería mejor que los autores escribieran lo que realmente quieran escribir?
Contra la tendencia del mercado: una forma de resistencia
Rebelarse contra las tendencias del mercado quizás sea la única forma de preservar la autenticidad de la escritura. Con que algunos pocos se atrevan a ser rebeldes, es suficiente.
Es difícil abstraerse de lo que más se vende. Unos leen lo que está de moda por curiosidad, otros por ver si les da alguna idea y la mayoría por como usted dice, el estilo en el que la novela está escrita, directo, sin muchas florituras y que no dé pie a que el lector se escape.
Hay clásicos que siguen siendo muy leídos, pero si voy a ser sincera, algunos resultan demasiado largos y aburridos, creo que tanto la escritura como la lectura deben adaptarse a la época en la que vivimos. Y no me refiero simplemente a la extensión per sé. Ken Follet escribe novelas de mil páginas y no son aburridas, me refiero al estilo. Vende millares de libros a pesar de la extensión y creo que muy pocos de sus lectores van directamente hacia la última página.
Creo que el arte de escribir consiste en hacerlo de tal manera que no aburra con datos que no aportan a la trama, o que se pierdan en digresiones. Un enfoque que lleve desde el comienzo hasta el final, con sus respectivos flashback de ser necesarios para aclarar el panorama. Eso de escribir lo que a uno le gusta sin pensar en los lectores está bien, pero creo en algunos casos es una excusa que dan algunos escritores para justificar el poco éxito de sus libros.
Me parece que en el mundo de la publicación a nadie le gusta ser ignorado.
La lectura tomará el curso que deba, como lo tomaron la plástica, el cine, el Jazz, el Tango.
¿Quién podría decir el nombre del artista plástico más importante del mundo? ¿O el del mejor violinista?
Nosotros, los que participamos de un ‘Blog’, seguiremos leyendo cierta literatura; otros, Instagram.
Si algo valoro de publicar en forma independiente, es la total libertad al escribir. Aunque también use flashbacks: por gusto, por decisión propia.
Cada libro después encuentra su lector.
Saludos!
Muy de acuerdo con que vivimos cada vez con màs intensidad, en el campo de la ficción artística, la tiranía del algoritmo, de lo comercial algoritmizado.
No obstante, la ilustración de esta idea me resulta un tanto confusa. Anticipar el final al principio de una narración no me parece reflejar la impaciencia y la superficialidad del consumidor sino al contrario, el interés por el suspense, por llegar a entender ese final. Si no, después de haberlo conocido, el público dejaría de ver la serie o película en cuestión.
A mí lo que más me preocupa no es la literatura “abiertamente” de género, sino la literatura cultural (culturaloide) de consumo, una literatura digest, que pasa por ser gran literatura y es kitsch. Me refiero a libros como “El infinito en un junco”, una historia melodramática y poeticoide del libro, u “Ordesa”, una explotación sentimentaloide de la memoria y la autoficción, llena de frases para imprimir en las tazas que se venden mucho en las librerías chic.
La formula funciona, pero lo que atrae al lector o televidente es al mundo en el que la historia sucede, sobre todo las particularidades de los personajes principales. En esas series se forma una convivencia, una especie de cotidianidad a la cual el vidente se integra. Si los personajes son humanos, verdaderos emocionalmente, se forma un vinculo de identidad afectiva entre ellos y quien sigue la trama. Si aquellos son bien logrados, las series pueden dar cinco, seis o más temporadas.
¿Y si pensamos otro sentido de la palabra Tendencia?
«(…) Escribir ha estado al principio integrado a un Deseo del Objeto (escribir determinada cosa), pero en cierto momento hubo una ruptura, una separación; el Objeto se ha convertido en secundario en beneficio de la Tendencia: escribir algo → escribir, y punto, con el intermediario de escribir cosas. Voy a volver en un instante a esta forma breve del verbo Escribir, pero primero señalaré que, como Tendencia, Escribir coincide fácilmente con la imagen de una Necesidad natural, fisiológica, independiente de deliberación, de la intención del sujeto.”
Luego dice que Flaubert fue el testigo más explícito de ese estado visceral del Escribir, y cita una carta escrita por Flaubert a los 26 años, el 23 de octubre de 1847, a su amiga Louis Colette: “Escribo para mí mismo, como fumo, como duermo. Y más adelante: Es una función casi animal, por íntima y personal.”
Y unas líneas más abajo, otra cita de Flaubert de la misma época:
“Y no entiendo el hábito para procurarme el éxito, ni el genio para conquistar la gloria, me he condenado a escribir para mí mismo, para mi propia distracción personal, como se fuma o como se monta a caballo. Es casi seguro que no haré imprimir una línea…
Aristóteles: leer y escribir, lo propio del hombre; pero aquí, escribir está separado de leer, separado de la función manual y, por una especie de “perversión” histórica, se convierte en una función autónoma: función orgánica para algunos seres (del tipo Flaubert).”
«Tendencias». R. Barthes, La preparación de la novela, p. 202
Creo, al igual que muchos aquí, que la falta de publicación hace que se desconozcan nuevos talentos y, por ende, voces que rompan el molde y despabilen el arte. En nuestro país me animo a decir que solo una pequeñisima parte de las voces consagradas tienen algún valor literario, pero venden y son buscadas (es fácil detectar a quienes me refiero). Así las cosas.
Excelente análisis de la realidad. Por suerte, como una no vive de la escritura —hasta ahora, y ni falta que me hace, con perdón— pues he escrito en español, y mandado a un concurso, una noveleta con mucha segunda persona, con elementos de misterio pero tirando a literaria. Nada que ver con lo que está de moda y pasándome los algoritmos y el mercado por el arco de triunfo. Veremos qué pasa. Por lo demás, me divertí mucho escribiéndola que al fin es lo que importa. Besitos desde Nuevo México.
Lo malo de la rebeldía contra las tendencias, que es algo en lo que estoy de acuerdo, no es que algunos pocos se atrevan a ser rebeldes, sino que sólo unos pocos pueden darse el lujo de serlo, porque ya están consagrados en una línea y en un grupo editorial. ¿Cuántos manuscritos excelentes son rechazados sólo por no encajar en la moda o la tendencia? El informe comercial se ha vuelto más importante que el dictamen del manuscrito. Hoy, Cien años de soledad y Rayuela serían rechazados por no ajustarse a lo que mejor se vende, en el supuesto caso que no se hubieran escrito y no tuviéramos un García Márquez y un Julio Cortázar. Y esto es muy triste, porque mucho de lo publicado que es bestseller hoy, mañana será olvidado.
ok, a ver quien es la maja que vende un libraco tipo la biblia o el quijote, infumable pues
¿Está bromeando, señor?