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Sobrevivir en un modelo insostenible

Una tradición silenciosa

La política y la economía argentina desafían cualquier intento de explicación fuera de sus fronteras. Dentro del país, en cambio, el debate económico está en boca de todo el mundo: cualquier taxista habla de ‘la macro’ y ‘la micro’ economía con la misma naturalidad con que otros hablamos del tiempo. Eso no evita el sufrimiento —que se vive en carne propia—, pero revela una familiaridad con la crisis que se ha vuelto casi normal. Nada lo ilustra mejor que la carne, el alimento nacional: en el país ganadero por excelencia, los supermercados ofrecen carne importada de Brasil y Uruguay.

Llevada esta paradoja al campo editorial, la imagen no es menos inquietante. En los años setenta, las editoriales argentinas tenían una tirada media de diez mil ejemplares, y exportaba la mitad. Hoy apenas llega a mil setecientos, y una buena parte de los libros se imprimen en China o en la India.

En aquel período de esplendor, editoriales como Sudamericana, Paidós, Emecé, Losada, Eudeba y muchas más pequeñas abastecían a toda Latinoamérica. El 80% de los libros que se importaban en España, provenía de Argentina.  Allí se tradujo y publicó por primera vez en castellano a Joyce, Proust, Hegel, Kant, Rusell, Kirkegaard, D.H. Lawrence, Simone de Beauvoir, Sartre, Pavese, Henry Miller, Italo Calvino, Saint Exupery, Italo Svevo, Raymond Chandler, Dashell Hammet y muchos más. La Argentina -como México- se benefició con la llegada de editores y traductores republicanos que se vieron forzados al exilio.

Las escritoras argentinas tenían un lugar excepcional: en los años 60, una novela de Beatriz Guido, Silvina Bullrich o Marta Lynch, salían con una primera edición de cien mil ejemplares, algo que sucedía en pocos países del mundo.

La exportación no era solo un dato económico: fortalecía a las editoriales y les daba peso en el mercado internacional de los derechos de autor. Eso alimentaba una rueda de generación de valor que beneficiaba a toda la cadena del libro: editoriales, agentes, escritores, traductores, lectores y sociedad. Las editoriales eran sólidas en catálogo y en economía —dos aspectos que no pueden disociarse—, y eso permitía que un escritor con un buen libro supiera que no tendría dificultades para publicar.

Esa solidez permitía también algo que hoy suena casi heroico: asumir riesgos, buscar nuevas voces. Sudamericana, contó Gloria Rodrigué, ex directora y nieta del fundador (un republicano español exiliado en Buenos Aires), permitió la publicación de escritores desconocidos como Juan Carlos Onetti, William Faulkner, Julio Cortázar o Gabriel García Márquez, gracias a los millones de ejemplares vendidos de Cómo ganar amigos e influir sobre las personas de Dale Carnegie y La importancia de vivir, de Lin Yutang.

Emecé, una editorial comercial, vendió un millón de libros de Papillon, de Henri Charièrre, y publicó y sostuvo a un joven desconocido llamado Jorge Luis Borges, de cuyo primer libro se vendieron treinta y ocho ejemplares.

Esa función social de la edición —publicar lo que no vende para sostener lo que vale— está en riesgo.

El derrumbe del modelo

Entre los años setenta y noventa, los grandes grupos editoriales españoles compraron casi todas las editoriales argentinas históricas. Una nueva estrategia comenzó a tomarse desde las casas centrales, y con ella se redefinió no solo la propiedad, sino toda la cadena de valor: catálogos, exportación, política de derechos. Argentina perdió el control de su propia industria cultural. Pero las grandes empresas no son tan disciplinadas como parecen, por lo que algunas decisiones de sus editoras y editores permiten publicar  algunos libros por su valor literario, no por capacidad comercial.

Las consecuencias son cuantificables. Cuando en los años sesenta el país tenía veinticinco millones de habitantes, se publicaban cincuenta millones de libros al año. Hoy, con el doble de población, se publica la misma cantidad. El mercado editorial español, con una población similar a la argentina, es diez veces mayor. La diferencia no es cultural —los argentinos siguen siendo grandes lectores— sino estructural: es el resultado de décadas de inestabilidad, inseguridad jurídica y controles cambiarios, una receta que ahuyenta a los inversores.

A esto se suma la actual retirada del Estado del mundo de la cultura, el arte y la educación (el actual presidente ganó las elecciones diciendo que “venía a destruir el estado por dentro”, cuando en realidad solo cambio a los beneficiarios.  Durante años, y con gobiernos de diferentes tendencias, el estado fue un importante comprador de libros para abastecer colegios públicos y bibliotecas populares. Con la política de ajuste iniciada en 2024, esas compras se suspendieron para “eliminar el déficit fiscal”, que por supuesto no se eliminó, solo se postergó y sigue acechando.

La crisis afecta a todos los eslabones: autores que no encuentran quién los publique, traductores que ven reducidos sus encargos y tarifas, editores que no pueden sostener catálogos, libreros al borde de cerrar. La Cámara Argentina del Libro lo resumió con un dato brutal: en 2025 se publicó un 17% más de títulos que el año anterior, pero la tirada total cayó un 34%. Más libros con menor tirada, un tiro directo a la rentabilidad.

La sobreproducción como trampa

El modelo que domina hoy la industria editorial, en Argentina y en España, pese a las grandes diferencias entre ambas, está basado en la sobreproducción. Las grandes editoriales generan una vorágine de novedades que rota a gran velocidad en las librerías: ningún libro dura más de un mes, la mayoría ni siquiera tiene el tiempo que necesita para despegar. La lógica no es editorial sino financiera: publicar más para mantener la facturación, aunque se sepa que la mitad de los libros no se podrá vender.

«Lo de las novedades es una burbuja que en algún momento explotará. En un mundo en el que llegan 350 novedades cada semana, estar todo el día sacando y metiendo libros en cajas es una pasada.»  (Librera de Pamplona, España, en Señalador noticias editoriales).

El sistema de distribución agrava el problema. Las librerías reciben todos los libros en consignación —en depósito, se dice en España— y devuelven lo no vendido. Cuanto más novedades reciben, más rápido tienen que devolver las anteriores para hacer lugar. Casi la mitad de esos libros regresa a la editorial sin haberse vendido. Son inversiones frustradas que generan un costo financiero que el negocio del libro no puede absorber, porque en Argentina, la tasa de interés que llegó al 81% anual el año pasado, hoy está en el 30%. Las editoriales más chicas y las librerías independientes no tienen acceso al crédito, lo que por momentos pareciera una suerte. Para sobrevivir, muchos libreros se ven forzados a no declarar todas las ventas y poder así pagar el alquiler. Es la única herramienta financiera que tienen a su alcance.

En los últimos años, el número de títulos publicados se ha duplicado, pero las tiradas son dos veces menores y las ventas dos veces menos. El modelo crea una dependencia permanente de la novedad: la liquidez depende de publicar más, no de vender mejor. Como señala Aranxa Mellado:

«Publicar para sostener la caja en lugar de publicar para construir valor de catálogo no corrige el desequilibrio financiero, lo difiere en el tiempo. El catálogo es cultura, pero el modelo que lo sostiene es economía.»  (Aranxa Mellado, actualidadeditorial.com)

El costo de los libros invendidos y la logística de distribuirlos y luego retirarlos absorbe una parte desproporcionada del margen editorial. Pero, señala Mellado, eso es solo la parte visible del problema. El verdadero impacto es financiero y acumulativo: cada novedad que fracasa no solo pierde dinero, sino que financia —con deuda— la siguiente.

La contradicción del sistema

En el corazón del modelo vigente hay una contradicción que ningún ajuste financiero puede resolver por sí solo: se aplica una velocidad industrial a un producto cuyo consumo —la lectura— no se ha acelerado con la digitalización. Los libros se producen más rápido, desaparecen de la venta más rápido, pero se lee a la misma velocidad de siempre.

El resultado es absurdo y perjudicial para todos. Los lectores pagan un sobreprecio por los libros, aunque no tengan ninguna responsabilidad: al comprar un ejemplar, tienen que pagar también el costo de otro que no se venderá. Los autores publican en condiciones cada vez más precarias. Los libreros operan al límite. Y las editoriales, atrapadas en una lógica que ellos mismos no controlan del todo, reproducen un ciclo insostenible.

La solución no es un misterio, aunque sí un desafío: publicar menos títulos con tiradas mayores, apostando por el catálogo y no por la rotación. Detener la bola de nieve requiere del acuerdo y el trabajo conjunto de todos los eslabones de la cadena —editoriales, librerías, autores— para redefinir un modelo que ya no sirve. No es un imposible. Pero exige voluntad colectiva y visión a largo plazo, y eso solo se puede hacer en los momentos de crisis, no cuando todo está bien.

Cada vez es menos sostenible en términos económicos, financieros, ecológicos y sociales. El modelo actual no es una etapa de transición: es un callejón sin salida del que solo se sale cambiando de dirección.

Una herencia que opera en silencio

Sin embargo, en abril de 2026 la Feria del Libro de Buenos Aires celebró su cincuenta aniversario con un millón y medio de visitantes. Los pasillos eran muchas veces intransitables (yo estuve allí). Los actos culturales llenaban salas y las filas superaban el aforo. Las escritoras y los escritores convocaban multitudes. Mucha gente quería saber más, y los libros se vendían. En ejemplares —no en pesos, donde la inflación distorsiona cualquier cifra—, se batieron récords de venta.

“El dato más llamativo no es la longevidad, sino su vitalidad” dijo José Calafell, alto directivo internacional del grupo Planeta (en Infobae, 10 de mayo de 2026). En la misma entrevista dijo también que “los inventos de marketing venden mil ejemplares”.

La feria es un fenómeno que desafía la lógica de la pésima situación económica actual, y que solo se explica por algo más profundo: el peso de una tradición cultural que, aunque muchos no la conozcan conscientemente, sostiene el hábito de la lectura, el respeto por el libro impreso, el deseo de escuchar a gente que piensa, la confianza en que eso vale la pena. Una herencia que no aparece en los balances, pero que está ahí.

«Una herencia que opera en silencio»  (Ricardo Piglia).

Esa tradición es el activo más valioso que tiene la edición argentina. Y también su mayor paradoja: es lo que permite que el sistema siga funcionando a pesar de todo, pero también lo que impide ver con claridad la magnitud de lo que se está perdiendo. Mientras los lectores llenen ferias y las salas se abarroten de público, será tentador creer que todo está bien. No lo está, pero hay materia prima suficiente para construir algo mejor.

La industria editorial argentina es argentina, aunque los accionistas estén en otros países.