Hay mucho por hacer
En una época de cambios muy veloces, me sorprende cómo algunas cuestiones del mundo del libro y la edición que se han ido oxidando, no se puedan modificar ni actualizar. Hay dos cosas que la digitalización podría resolver con facilidad: la primera es la penosa situación del autor dentro de la cadena de valor del libro, y la segunda es el sistema de comercialización mayorista, responsable de que ni las editoriales ni los autores sepan con precisión cuántos ejemplares se han vendido de cada libro.
Desde hace cien años, esta cadena se representa siguiendo el orden cronológico en que interviene cada eslabón, comenzando por el autor y terminando por el lector. El libro electrónico, la última gran novedad en la edición, en veinte años no modificó el esquema.

(Gráfico publicado en: Magadán-Díaz, M.; Rivas-García, J. I. (2020). El impacto disruptivo del libro electrónico sobre la cadena de valor editorial española: un estudio de casos. Revista Española de Documentación Científica, 43 (1), e258. https://doi.org/10.3989/redc.2020.1.1650)
Este modelo tiene origen en una lógica cronológica: lo primero es escribir, y lo último leer (que implica comprar). Pero en la economía del capital, esta cadena no es así, en lugar del orden cronológico, lo que se debe considerar es el orden de aporte de valor.
Si modificáramos el orden de esta cadena, no disminuiría el rol primordial del autor, pero podría permitirnos una nueva consideración de su lugar, para poder ver una cuestión esencial: cómo y cuándo le llega al autor la remuneración que le corresponde por su aporte de valor.
Cambiar el punto de mira permite ver las cosas de otra manera.
Si leyéramos este gráfico como lo hacen los orientales, de derecha a izquierda, la cadena se armaría de otra manera, y comenzando por el lector, lo cual sería correcto, porque es el único eslabón que remunera a todos los demás. En términos económicos es el lector, al comprar por un libro, quien aporta el dinero que luego se repartirá entre los demás. Esto nos permite preguntarnos porque desde hace cien años, la cadena no cambió.
El dinero que el lector aporta al comprar, se repartirá entre toda la cadena de valor, en diferentes proporciones: una parte para la librería, otra para la distribuidora, otra para la editorial (que a su vez la divide entre varios proveedores industriales y colaboradores externos), y una parte para el autor. La editorial actúa como gestora, administra todos estos pagos, y recupera lo que ta invirtió. Mientras esto no se modifique, el rol de gestión financiera seguirá siendo su función, y por hacerlo tiene una retribución.
Sin embargo, esta función de administradora no es el aporte esencial de una editorial, por un lado porque es un trabajo fácilmente automatizable mediante una buena aplicación. Pero además, porque lo fundamental de una editorial -y lo que la diferencia de las demás-, es elegir lo que quiere publicar, encontrar escritores, ayudarlos a publicar el mejor libro posible, acompañarlos, promoverlos, generar nuevos lectores, desarrollar un sello de prestigio (cultural o comercial), y saber sostenerlo a lo largo del tiempo.
El lento viaje del dinero hasta que le llega al autor
Del dinero que aporta el lector, al autor le corresponde un porcentaje (el tradicional 10%), que demora en llegarle entre seis meses y un año, y a veces más. Un tiempo de viaje incomprensible en esta época de velocidad digital, que genera pérdida del valor adquisitivo original (inflación, devaluación, cambios de moneda, comisiones bancarias) que produce un gran malestar en el autor y es imprescindible modernizar. Hacerlo no es sencillo, porque hay que reconstruir la cadena tradicional, incluyendo el sistema de comercialización del libro. Son cambios que requieren de acuerdos colectivos entre todos los sectores, de los que ni siquiera se escucha hablar.
Para rediseñar esta cadena, darle vuelta, tenemos que ser capaces de ver las cosas de otra manera. Que las cosas se ven y se entienden de forma diferente según desde dónde se miren, es lo que nos viene a decir la magnífica representación del mapa de América del Sur que hace ochenta años hizo el pintor uruguayo Joaquín Torres García, al cambiar el punto de vista:

Recientemente escuché a Enric Juliana, un gran periodista español, a proponer el mismo criterio para entender los recientes cambios geopolíticos. Es muy interesante: en el tradicional planisferio, el extremo derecho (Rusia) es lo más lejano al extremo izquierdo (Alaska, Groenlandia, Canadá).
Pero si en lugar del planisferio miramos un globo terráqueo (Juliana recomienda que todos tengamos uno) y lo miramos desde arriba, veremos que, en el Ártico, Rusia está muy cerca de Alaska, Groenlandia y Canadá, territorios que, sumados, conforman una superficie mucho mayor que la de Estados Unidos.

Esta vecindad nunca tuvo importancia porque estaba bloqueada por los hielos del Ártico, llamados “hielos eternos”, pero que ahora, con el calentamiento de la tierra comienzan a derretirse, haciendo factible nuevas rutas de navegación y una cercanía que antes no era aprovechable. Pero hay muchas más cosas en juego, como la posibilidad de explotar estas grandes superficies hasta ahora vírgenes, ricas en minerales de todo tipo, en especial los llamados raros, insumo principal de las grandes tecnológicas, que hoy tienen que comprar a China. Por eso el cambio de posición de Estados Unidos frente al cambio climático: ahora lo que le conviene es que se acelere.
¿Qué tiene que ver esto con el mundo del libro?
Tan difícil resulta modificar la posición del autor en la cadena del libro, que apelar a otros modelos de representación ayuda a entenderlo mejor.
Escribir es un trabajo
La necesidad de modificar el sistema actual no solo es porque el autor, proveedor esencial, es el último en cobrar, sino también porque vive otra situación contradictoria: no cobra por su trabajo -que es escribir- sino por los ejemplares que se venden, aunque vender sea el trabajo de la editorial. Por eso los escritores tienen que destinar tanto tiempo a promover y vender los libros de la editorial, trabajo que a algunos les agrada, pero a otros no. Lo mejor para todos -editoriales, librerías y lectores- es que los escritores puedan dedicarse a escribir. No para publicar más libros, sino para que puedan centrarse en su trabajo. Escribir no es teclear, esto solo es el final de un largo y difícil proceso que implica leer, investigar, reescribir. Muchas horas, días, a veces varios años de dedicación y todo tipo de sacrificios personales, familiares y sociales.
Hay quienes aceptan las reglas de juego tradicionales y ven con naturalidad que el autor cobre según cuántos ejemplares se venden, y también que trabajen en la promoción sin cobrar, pero hay otros que no. En el fondo esta idea se sostiene en que escribir no es un trabajo, sino una especie de afición. Por eso la remuneración ocupa el último lugar y demora tanto tiempo en llegar.
¿Sería factible pagarle al impresor según los ejemplares que se vendan? A nadie se le ocurriría proponerlo, porque nadie duda que imprimir es un trabajo, y por lo tanto se debe pagar.
La idea de que escribir no es un trabajo sino “un arte” que alguien debe sostener, viene del romano Cayo Mecenas, y tiene ya… 22 siglos. Resulta absurda en el actual sistema de economía de mercado.
Que la remuneración al autor demore un año en llegarle, así como la imprecisión y poca claridad de la información de ventas que la acompaña, se origina en otra cuestión que se arrastra desde hace muchos años, que perjudica por igual al autor y a la editorial, y es el complejo y arcaico sistema comercial mayorista del libro. No se sabe con precisión cuánto se vendió un libro, porque sin importar el tiempo que haya transcurrido, las librerías pueden devolver los no vendidos a la editorial.
La economía de las librerías es inestable, con lo cual una cuestión comercial se convierte en un recurso financiero, ya que la velocidad y la cantidad de las devoluciones dependen de las posibilidades de pago de cada librería. Cuando falta dinero, las devoluciones aumentan, para reducir los pagos. Es algo que no funciona, pero que tampoco se puede cambiar, porque pondría en riesgo de quiebra a la mayor parte de las librerías.
Las librerías, debilitadas, trabajan sin querer para el crecimiento de las que venden online, una ventaja que no conviene ofrecer.
Si no funciona, pero tampoco se puede cambiar ¿qué hacer? En palabras de Nuria Cabutí, CEO de Penguin Random House “la clave del éxito reside en preguntarse constantemente qué se debe cambiar e innovar». (www.valordecambio.com)
El sistema comercial -y las posibilidades de modernizarlo sin hundir a las librerías-, es responsable de la estrategia de sobre producción. La editoriales publican -sabiéndolo- el doble de los libros que se pueden vender, generando otro de los grandes problemas de hoy: “ni siquiera tienen tempo de hacerse visibles antes de ser sustituidos por las siguientes novedades” (Alba Mármol, Europa Press, 22 de abril 2025).
Gran cantidad de autores quedan desconcertados porque su libro no tiene casi ninguna posibilidad, y los lectores porque en el precio de cada libro se debe incluir los costes del otro que no se venderá. Será el tema de una próxima publicación en este blog.
Hay mucho por hacer.
Estimado Guillermo:
He leído con interés tu artículo sobre el lugar del autor en la cadena de valor del libro. Comparto plenamente la necesidad de repensar esa cadena y de situar al autor en el centro del debate, especialmente en lo que respecta a su remuneración y al reconocimiento de su trabajo.
Precisamente por la importancia del tema, me ha llamado la atención que algunos de los gráficos que utilizas coinciden con los publicados en el artículo El impacto disruptivo del libro electrónico sobre la cadena de valor editorial española, de Marta Magadán-Díaz y Jesús I. Rivas-García, publicado en la Revista Española de Documentación Científica del CSIC.
Creo que habría sido conveniente indicar expresamente la fuente de esos gráficos. No se trata solo de una cuestión de cortesía académica, sino también de reconocer el trabajo intelectual ajeno y facilitar que los lectores puedan acudir al estudio original.
Estoy segura de que una simple referencia al artículo resolvería esta cuestión y reforzaría aún más la solidez de tu excelente reflexión.
Recibe un cordial saludo.
Solo puedo disculparme, tomé este gráfico de una NewsLetter sin dar los créditos correspondientes. No conocía el trbajo original, que ahora leeré. Muchas gracias por el reclamo y por el tomo amable del mismo. Perdón nuevamente, y gracias también
Terminé una novela/ensayo quiero publicarla. Qué me sugiere?
Excelente artículo y con una realidad estampada delante de nuestras narices. No te conocía, no sabía lo que me perdía.
Gracias, esto es un tema del que habría que hablar más a menudo. Solo añadir que tengo dos libros recién terminados, estoy estos días mirando editoriales y me da pánico lo que veo en mi penosa búsqueda en España: en los últimos años con las editoriales ha ocurrido lo mismo que con los bancos. Fusión tras fusión. Se elimina la competencia, se le quita le libre elección al escritor. Ya no existen aquellas editoriales en las que era fácil tener una charla con un editor… ¿Hay hoy día auténticos editores en las editoriales? ¿O los han echado a patadas y han puesto comerciales en su lugar? Da auténtico asco lo que se ve en el mercado editorial. Y pánico. Da pánico este salvaje capitalismo.
Poco que añadir a un artículo tan completo. Eso sí, me recuerda que incluso el gran Borges dijo más de una vez que no podía vivir de lo que escribía. Han pasado muchos años ya, así que una nueva perspectiva es imprescindible.
Guillermo,
¿Los contratos de impresión por demanda no sería un caso donde la propuesta es que la imprenta cobre por lo que se venda?
Hola Germán, yo creo que no, porque el impresor a demanda cobra por lo que le encargan. Aunque para el editor sí sería pagar después de haber vendido. Modelo de trabajo de la autopublicación digital, pero no irá a librerías. Un saludo cordial
El domingo 20 de abril, Rosa Montero publicó en el País un artículo sobre el maltrato a los autores por parte de las editoriales. Hace poco, Pérez Reverte publicó otro en el que no habla de maltrato, pero sí indica lo que todo lector con un poco de criterio sabe, que la literatura hace mucho que dejó de interesar y que son los supuestos comerciales, el capitalismo, los que mueven el mundo editorial, que no el literario, porque eso ya casi ni existe.
De ideología o estética no se habla jamás e incluso se critica si un libro tiene un sesgo concreto, cuando la literatura a menudo llevaba implícita una crítica al poder, a la sociedad o al vecino. Además, se ha generalizado la opinión de «no existe la literatura buena y mala», porque el lector confunde la crítica a un mal libro con la crítica a él mismo. Y somos tan individualistas que no soportamos que nos digan que lo que leemos es malo. Trasladamos la crítica literaria a la crítica al lector.
De modo que lo que usted propone es una maravilla, pero, en este mundo editorial actual, también es una quimera. Tuve la suerte de hablar con usted en una ocasión y mi impresión entonces fue la misma que la que ahora siento al leer este artículo. Es una buena persona y las buenas personas no tienen cabida en el capitalismo salvaje. Solo importa la pasta.
Buen día.
gracias Amelia, por su comentario y su concepto sobre mí. Sin embargo, creo que siempre he sido muy pragmático, al punto que pienso que un cambio que no perjudica a ninguna de las partes es posible incluso dentro del capitalismo salvaje que es como usted describe. Un saludo cordial,
Excepto para los “best sellers”, la solución pasa por un sistema de «Impresión por demanda» que elimine stocks y de claridad e inmediatez a las ventas. A partir de aquí hay distintas soluciones para el resto de elementos del proceso:
El distribuidor: Es un elemento a eliminar. En todo caso solo será el transportista del «impresor por demanda».
La librería: Puede seguir siendo un escaparate de ventas. Además, tiene que ser un prescriptor serio, cosa difícil ya que es parte del proceso y tiene interés en la venta. Sí que tiene que ser un informador: Catalogar el libro por temática; mostrar información de críticos solventes y de otros libros del autor; y allgún tipo de valoración de lectores fiable. Todo esto puede ser con algún libro físico de muestra o solo con una pantalla de información. El beneficio le viene de la comisión que recibe por la venta, ya que el lector compra en esa pantalla y se le entrega en su casa, otro día en la librería o inmediatamente, si es una librería grande con máquina de impresión. En cualquier caso, deja de ser un almacén para todo este tipo de libros y solo tiene libros de muestra y/o pantallas.
El impresor: Grandes impresores por demanda de las grandes editoriales o independientes. Se requiere una mínima estandarización de tamaños. Para los libros que precisan una alta calidad (por ejemplo, de fotos o grabados) quizá hay que pensar en otro tipo de impresión. El impresor hace la distribución, o existe un tercero que solo distribuye. Cobra por su trabajo.
Plataforma de ventas: Se conecta con las pantallas de las librerías o las de venta por internet. Cobra su comisión y transfiere el resto al editor. También puede ser el núcleo del sistema, pero entonces no existe el criterio de selección o calidad del editor
La editorial: Desarrolla sus funciones de selección de obras, prestigio de los sellos editoriales, correcciones de estilo, promoción de obra y autor, etc. Es el núcleo del proceso (salvo que lo sea la plataforma). Cobra el total de la venta. Paga al impresor, al transportista, la comisión de la librería y al autor según contrato.
El autor: Tiene información instantánea de las ventas. Cobra rápidamente sus derechos que deberían ser más del 10% actual. Colabora con la promoción del libro según contrato.
Creo que el futuro tiene que ir hacia ese modelo. El cambio no tiene que ser radical, sino que puede empezar en algunas librerías y editores. Dado que este proceso será mucho más eficiente, el precio de los libros podrá ser más bajo y el beneficio para los participantes mayor, sobre todo para el autor que es el gran perjudicado actual.
gracias por tu comentario en el blog, es bueno tener opiniones. Un saludo cordial
mal que nos guste, la cadena responde al modelo imperante, el capitalismo se cuida a sí mismo más que a sus usuarios. ¿por qué habría de ser diferente con los escritores? ¿Por qué una editorial debería publicar un libro que partió de los deseos de un autor? Entiendo que la única salida para romper esa cadena es la autoedición, salirse del sistema que recurre a casi un 50% del PVP para remunerar a los intermediarios, hacer libros que cuesten la mitad y lleguen directamente del autor al lector y oficializar la realidad: a las grandes editoriales solo les interesan los tanques, los libros de autores que no venden mucho son para «tenerlos en casa», en sus catálogos. A lo sumo, trabajar en cooperativas de autores o con editores independientes que hacen al autor parte de su negocio (no me refiero a los que le fabrican el libro al autor, a su cargo) sino a los que, dentro de un esquema capitalista casero comparten gastos y reparten equiparando un 10% de la ganancia para el autor, un 10% para el editor y reparten el resto. Venden los dos. Directamente o a través de algunos libreros confiables que hacen de punto de entrega y se quedan tambuién con alguito…