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Muchos escritores no asisten el día de estreno para no tener que decir lo que piensan de la adaptación de su obra al cine o a la televisión.

Dos tercios de los autores aborrecen el resultado final, pero han firmado contratos en los que en la letra pequeña se comprometen a no hacer declaraciones negativas. Los que están más tranquilos -y asisten al estreno o a los festivales de cine- son los que tienen claro que lo que verán no es su obra, sino una la versión de un guionista o un productor, pocas veces de un director. Hemingway era así, lo tenía muy claro y podía disfrutar de lo que había cobrado. En el lado opuesto estaba García Márquez, que exigía controlarlo todo, por eso su gran novela Cien años de soledad recién se pudo transformar en una serie después de que murieran él y luego su mujer. Cuando intenté ver la serie -no pude terminar el primer episodio- quise imaginar qué habría dicho el maestro si hubiera podido verla.

Pese a esto, ninguna escritora o escritor se resiste a una propuesta de adaptación, y bien que hacen, no porque luego el libro se vaya a vender más como dicen los productores para pagar menos, sino porque es una oportunidad económica excepcional de la que nadie se tiene que avergonzar.

“Pues si Joseph Roth detesta el cine, aunque no deja de insistir a Stefan Zweig para que intervenga ante su agente americano a fin de que lleven sus libros a la pantalla. Necesita dinero, y nadie paga tanto y tan rápido como Hollywood. Ya han rodado Job. Roth no la ha visto, pero Zweig le ha contado que la adaptación es para partirse de risa. Han convertido la historia en un melodrama americano. “¡Tiene usted que verla, Roth! ¡No la reconocerá!”      (Volker Weidermann en Ostende. 1936, el verano de la amistad. Alianza, 2015)