(Víctor Malumián, en El destino de una caja; Gris tormenta, 2024, tomado de Lasai Blog)
Por cada ejemplar de un libro que se vende, hay otro que no se venderá. Las librerías o las grandes superficies lo devuelven a la editorial, y en poco tiempo se destruyen los sobrantes y el libro ya no se podrá conseguir. Por lo menos es así en nueve de cada diez títulos publicados, y muy especialmente en los libros más comerciales. Quien quiera leer alguno de estos nueve un tiempo después, tendrá que hacerlo en la edición electrónica.
La sobreproducción es una estrategia que toda la información que del algoritmo no ha podido modificar, y la mejor prueba de ello es que se sigue acudiendo al viejo método de prueba y error.
Hay varias cosas atroces en esta cuestión
La primera es que el lector, al comprar un libro tiene que pagar también el ejemplar que no se venderá. Lo que implica que, al precio que podría venderse un libro, se le agregan los costes del otro, más los gastos de distribución, devolución, almacenaje y finalmente destrucción, que suman más que el coste de fabricación. Todo lo paga el lector, y eso es debe a una estrategia comercial de la que desde hace décadas no se ha podido salir.
“La sobre producción en especial es en sí un instrumento de ocupación del terreno” (Thierry Discepolo, La traición de los editores, Trama editorial).
La otra cuestión es ¿por qué, pese a que terminan sobrando tantos libros, cada año aumenta el número de títulos publicados?: porque cada vez se venden menos ejemplares de cada título.
“En los últimos años el número de títulos publicados cada año se ha duplicado, compensado por tiradas dos veces menores y dos veces menos ventas”. (Héléne Ling, Inès Sol, El fetiche y la pluma. Literatura y edición en el capitalismo tardío. Trama editorial).
La última atrocidad es la destrucción de los ejemplares invendidos. Habiendo tanta necesidad de libros en colegios de zonas aisladas, en países pobres, y tanta gente que querría leer, pero no puede comprar, parece perverso que tantos libros se convierten en pasta de papel. Se destruyen por una razón: porque cuesta mucho menos que enviarlos como donativo a quienes los necesitan. ¿Deberían los estados -me refiero en especial a los pudientes- hacerse cargo de esto? Difícil, en tiempos en que la tendencia es reducir el estado a su mínima expresión. Si las editoriales tuvieran que hacerlo, se encarecería más aún el precio de venta. Todos los costes y los gastos de una editorial, siempre los paga el lector al comprar un libro.
Algo pareciera no estar bien.
Con un amigo y colega intentamos llevar adelante una editorial. En ese intento, publicamos hace poco un libro de poemas. Al acercarnos a la imprenta (reconocida imprenta de CABA, en Argentina, con la que imprimen buenas editoriales de las llamadas «independientes») y conversar sobre el tiraje que pretendíamos, es decir, un tiraje mínimo, de no más de 150 ejemplares, ellos nos contaron que de un tiempo a esta parte la mayoría de las editoriales con las que vienen trabajando hace años optaron por la misma dinámica de tiradas cortas y, de ser necesario, reimpresiones.
Como es lógico, el precio por unidad del libro se encarece en alguna medida. Sin embargo, parece una solución potable al problema planteado en el artículo, al menos idealmente. No me veo en condiciones de hacer números, por falta de acceso a las variables, pero, quizá, en una de esas, existe una equivalencia entre el encarecimiento de los ejemplares al imprimir en tiradas cortas y los costos de envío (entrega y posterior devolución), pérdida y destrucción, sumándose un factor clave en toda la ecuación: el encarecimiento del papel y las consecuencias medioambientales del desperdicio de papel.
Estimado Marcos, hay otras consideraciones a tener en cuenta, el problema de los costes de imprenta se resuelve con la tecnología digital de bajos tirajes, pero luego tendrás que resolver la comercialización, ninguna distribuidora tomará un libro de poesía, y ninguna librería te lo aceptará directamente porque no pueden tener un proveedor de un solo libro. Una editorial de poesía tienen otras reglas de juego, otras formas de llegar a los lectores, y todo eso permite vender primero, e imporimir después, solo los ejemplares vendidos, o a medida que te vayan pidiendo, más los que quiera el autor. De otra manera chocarás con la parte comercial, terminarás un tiempo después destruyendo ejemplares con las consecuencias medioambientales que mencionas y la frustracion que representa como editor. Cualquier cosa que quisieras que comentemos escribeme a guillermo@schavelzon.com. Un saludo cordial
Soy librero desde el 92 ( Arrecifes, Buenos Aires), soy técnico en bibliotecología. He colaborado muchas veces con donaciones a bibliotecas públicas y escolares.
¿No sería mejor que, en lugar de picarlos y venderlos para pasta los salden y que cuando los salden no lo hagan sólo para los grandes salderos (que podrían comprar con un precio menor) sino que permitan que los compren los autores, los libreros y bibliotecas haciéndose cargo del retiro de los ejemplares, sólo tendrían el costo de la la gestión de la venta, control de pedidos, y embalaje por el personal del depósito, pero este es su trabajo habitual, y el pago anticipado o de contado, no a plazo, electrónico o efectivo?
Ricardo, tu idea es excelente, tendrían que organizarse algunos libreros y proponerlo. UN saludo cordial,
Tal vez suene ingenuo lo que voy a decir, pero sería ideal generar grupos de voluntarios que recojan ese excedente y lo trasladen a ferias, escuelas y bibliotecas, con el fin de fomentar la lectura. Pero, Claro, vivimos tan ocupados y apurados.. Es una lástima
tu idea es excelente. Hay organizaciones que se ocupan de recoger y distrubuir ropa, alimentos y hacer envios a quienes lo necesitan. Sería muy bueno pensar algún camino. Un saludo cordial,
Qué barbaridad, eso de destruir los libros parte el corazón. Quizá en ese sentido la edición por demanda tenga algo bueno que aportar. Al menos no se gasta tanto, recargándole el precio a los lectores. Aunque lo ideal sería, como usted dice, donar los no vendidos.
Interesante, para mí el análisis del entrecruzamiento entre la mirada sobre la gente de los países pobres que no accede al libro por falta de dinero ( y de inquietud porque nadie los motivó en su casa o en la escuela) y la mirada del fabricante de libros, que aspira a ganar dinero con su producción por sobre todas las cosas. GRACIAS!
Me preguntó quién gana con esto. El lector pierde y a quién beneficia esta sobreproducción.
Juana, no hay una respuesta sencilla. Se trata de una perversion del sistema, que fue llevando a las editoriales a sobreproducir para no perder espacio en los puntos de venta, y como los libros se venden con derecho a devolución, poder mantener una cifra de facturación elevada. «Efecto bola de nieva». Al venderse menos unidades de cada título, se publican más titulos. Lo sostienen las editoriales que tienen suficiente espalda financiera para poder hacerlo. Se va modificando lentamente con el aumento de las librerías independientes que solo aceptan los libros que solicitan, y no se dejan inundar de novedades. Pero la realidad es que las grandes cadenas tienen un porcentaje elevado de las ventas. Es algo que hay que resolver, pero yo no sabría cómo hacerlo. Pese a eso confío en la capacidad de los lectores de elegir dónde comprar los libros y cómo. Tu preocupación es muy auténtica, y compartida.
Intuyo que la solución es no consignar más libros, vender en firme al librero como cualquier otro producto. El título y la cantidad que el librero pida (aunque sea un ejemplar), y al precio real de ese ejemplar que se está vendiendo. Sin devolución ni producción exagerada, sin destrucción. Claro que es más fácil decirlo que cambiar todo un sistema que ya funciona así.
Abrazo!