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Las librerías McDonald’s

La famosa cadena de hamburgueserías tiene tanto éxito porque siempre ha sido fiel a sus clientes, gente que sabe lo que quiere, y tiene la seguridad de qué allí lo va a encontrar. Unos clientes que saben lo que quieren, y unas hamburgueserías que se lo garantiza, son una fórmula perfecta.

Algo así, aunque en menor tamaño, sucede con las grandes librerías de cadena, ubicadas en los centros comerciales y en las principales avenidas: todas ofrecen lo mismo, al mismo tiempo, y de manera similar. Esto las define, no las descalifica.

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Publicar a cualquier precio: el costo oculto de ceder todos los derechos

El presidente de la SGDL, Société des Gens de Lettres, que reúne a la mayoría de los escritores de Francia, dice a sus pares sobre los contratos de edición abusivos: “escribir libros es el trabajo de toda una vida, tanto personal como profesional, y cuando firmamos un contrato para la explotación comercial de nuestras obras… perdemos todos los derechos”. “El editor desarrolla una carrera profesional, y por lo tanto solo forma con usted un tándem provisional. Luego está la vida real de una editorial: se liquida, se vende, se fusiona con otra, se integra a un grupo más grande, y puede suceder que su libro no tenga ninguna relación con la política editorial del nuevo propietario” (Christophe Hardy, Carta mensual a los socios, octubre 2025).

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Las malas decisiones

Lo nuevo, lo distinto y lo exitoso, rara vez encaja en un Excel

Estaba leyendo el reciente libro de memorias de Enrique Murillo (Personaje secundario, Trama editorial), en el que cuenta las reiteradas experiencias de errores editoriales cometidos por directivos que no entienden qué es la edición, y recordé que, cuando llegué a la dirección del grupo Planeta en Argentina, me encontré con dos personajes singulares: Juan Forn, un editor brillante, y Ricardo Sabanes, un publisher de gran intuición, que tenía una mirada distinta sobre los argies —él utilizaba mucho ese apócope originado en Malvinas—, como si observara el país desde afuera, desde un centro cultural superior. Estaba suscripto a una docena de revistas extranjeras de tendencias y diseño, de las que sacaba ideas para portadas, ilustraciones y nuevos libros. No era un gran lector, pero tenía un talento especial para pensar el producto editorial.

Los dos se encerraban durante horas, y de esas sesiones nació la Biblioteca del Sur, una colección de nombre magnífico, que publicó a escritores nuevos o poco conocidos de Argentina, Chile y Uruguay, y pronto se convirtió en un trampolín literario: quien entraba en ella quedaba consagrado, y quienes ya tenían prestigio querían sumarse. Lo mismo se hizo en Argentina, en Chile y en Uruguay, en los tres países con el mismo éxito.

Esto no pasó desapercibido en la central de Barcelona, donde alguien vio la oportunidad de resolver un viejo conflicto que tensionaba las relaciones con los autores españoles que vendían un millón de ejemplares en el país, y presionaban para repetir el éxito en América (un clásico de los grandes grupos). Ni las extensas giras promocionales ni las poco motivadas entrevistas en los medios conseguían que sus libros prendieran en los lectores latinoamericanos. El “no éxito” (la palabra fracaso no se podía pronunciar) generaba muchos reclamos de estos autores, que eran esenciales para la editorial.

Entonces, alguien tomó una decisión insólita: incluir a esos autores en la Biblioteca del Sur. Los escritores no tenían la culpa de esta decisión, y algunos de ellos merecían ser leídos, pero fue un tremendo error. Los escritores españoles pasaron desapercibidos, y la colección, que había nacido para dar voz a lo nuevo del Cono Sur, perdió sentido, se difuminó y se autodestruyó.

La decisión la tomó el responsable de controlar la gestión de las filiales americanas, una especie de auditor con poder, pero sin la menor idea de lo que era llevar una editorial. En una reunión en las que convocaba a los responsables de las casas del continente, nos explicó con la autoridad que su puesto -y estilo- le otorgaba, que había analizado a fondo las ventas, y descubrió que solo el 20% de los títulos representaba el 80% de los ingresos. Entonces, mirándonos con cierta arrogancia, nos dijo: “pues he decidido que de ahora en adelante solo publicaremos ese 20%”.

Nos quedamos mudos, pero yo no pude evitar sonreír y exclamar: “¡Ja!, cuál es ese 20% solo se sabe después”. Mi reacción fue irrespetuosa, porque al jefe no se le discutía, y aunque terminó costándome la pérdida de un trabajo bien remunerado, me ayudó a dejar el mundo corporativo transnacional.

Epílogo

Esta historia muestra con claridad el choque entre dos lógicas que en la edición deben ir juntas: la cultural y la empresarial. Lo dijo muy claro Gaston Gallimard, el patriarca fundador: “hay que tener un ojo en la literatura y el otro en los negocios”.

Cuando las editoriales caen en la tentación de gestionar los libros con otros criterios, terminan destruyendo aquello que las distingue. El gran error es creer que las decisiones pueden tomarse son con porcentajes y proyecciones contables, cuando en realidad se alimenta de creación, riesgo, intuición y coherencia.

En el mundo de los libros, lo nuevo y lo distinto rara vez encaja en planillas de Excel.

La Biblioteca del Sur nació de una mirada creativa y terminó arrasada por una lógica gerencial que confundió eficiencia con visión. No fue solo el final de una colección, fue la prueba de que la edición, cuando se subordina por completo a la lógica de las finanzas y el mercado, se vuelve incapaz de sostener lo que más necesita para sobrevivir a largo plazo: la diversidad, la innovación y la fe en los autores, lo que no quiere decir descuidar la rentabilidad.

 

El egoísmo de los editores que no escriben

Siempre me pareció muy triste que los editores españoles y latinoamericanos no fueran más generosos, dejando unas memorias para quienes les siguen, ofreciéndoles un punto de partida para retomar desde ahí, en lugar de tener que comenzar de cero. Así lo hicieron los más importantes editores estadounidenses, británicos, franceses, alemanes, que ahora son países con una industria editorial muy avanzada, y con muchos más lectores.
¿Cómo trabajar seriamente en el mundo del libro sin haber leído a Unseld, Einaudi, Carlo Feltrinelli, Gottlieb, Korda, Maxwell Perkins y tantos otros? En nuestra lengua, los pocos que escribieron prefirieron centrarse en contar sus éxitos, cuando es en los fracasos donde más se aprende. Solo Jaime Salinas lo hizo con esta sinceridad. También Juan Cruz, en sus libros de entrevistas y memorias, y en los que rescató entrevistas a editores que, seguramente, al leerse se arrepintieron de haber hablado. Grandes editores latinoamericanos del siglo veinte como Arnaldo Orfila Reynal, Paco Porrúa, Joaquín Mortíz, Juan Mejía Baca… no dejaron nada. Pensaban que su legado era su catálogo, creyendo que este sobreviviría y podría leerse. No, lo que sobreviven son los libros publicados.
El mundo de la edición necesita testimonios escritos sin preocupaciones por quedar bien, libros que aporten algo, como sucede con la revista Tramas & Texturas, que debería ser una herramienta de todos los profesionales, como lectores y como autores, y a veces dudo que la lean y la sostengan suscribiéndose.
Toda esta reflexión viene por el anuncio de la publicación de “Personaje Secundario”, las memorias de Enrique Murillo, un editor que ha estado en todas. y promete contarlo.

Viudas y herederos con licencia para reescribir

“La historia de las herencias literarias suele ser accidentada” (Santiago Llach, www.seul.ar, 9 de abril de 2023).

Hay herederos de obras literarias que las modifican para adecuarlas a las sensibilidades actuales, o que encargan a otros escritores la continuación de una trilogía policial exitosa, o venden los derechos para continuar utilizando a Hércules Poirot, el personaje de Agatha Christie.

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Crimen y consumo. Narrar contra el algoritmo

El auge del thriller y la novela policial convive con un lector cada vez más ansioso por llegar al final. ¿Qué sucede cuando la narrativa se adapta a la tendencia del resultado inmediato?

 El lector ya no quiere esperar

La novela negra y el thriller viven un gran momento editorial. La cantidad de lectores aficionados al género crece año tras año. Pero lo que ha cambiado no es el interés por las historias, sino la forma de leerlas.

Hoy lo urgente es llegar al final. Imposición de la velocidad digital.

Hasta hace poco tiempo, el lector disfrutaba del recorrido: seguía el desarrollo de la historia, se dejaba llevar por la trama, descubría personajes, escenarios, giros, intentaba deducir. El placer estaba en el proceso, no solo el desenlace.

Pero la exposición constante a pantallas ha modificado esa relación con la lectura. La ansiedad lo domina todo. Se lee, pero con el celular cerca, atentos a cada notificación. La lectura perdió parte de su magia, su concentración, su pausa, su oferta de tranquilidad.

El asesino es la impaciencia

En la novela policial, el final siempre estuvo ahí. Bastaba con ir a las últimas páginas. Pero casi nadie lo hacía: ¿quién querría arruinarse el suspenso? Hoy resistirse a ese impulso se ha vuelto difícil, hay una pulsión por llegar. Hasta los mensajes de voz se escuchan a velocidad x 2.

Es la misma diferencia que hay entre usar un diccionario impreso o consultar una enciclopedia, o tener una respuesta inmediata, solo con un click. Ganamos en velocidad, pero perdemos en aprendizaje y comprensión.

Los buscadores y la inteligencia artificial nos ofrecen un saber instantáneo, que se impone como “ilimitado”. Pero no es un saber, es solo una información, que además varía según quién haga la consulta. No es un conocimiento real, es homogéneo, no creativo, que oculta su poder de manipulación.

Series y novelas bajo control

Donde más rápido se impusieron estas nuevas pautas fue en las series de televisión. Analizando millones de películas, libros y guiones, los algoritmos identificaron qué estructuras “funcionan mejor”. Y a partir de ahí, trabajaron para formar guionistas para reproducirlas.

El resultado: historias que casi todas comienzan mostrando alguna escena del final, lo que llaman “estructura cronológica invertida”. Antes de que el algoritmo mandara, eso se llamaba flashback o racconto. La diferencia principal es que era una decisión del autor o del director, no una pauta de consumo.

¿Y el efecto? Las narraciones se parecen cada vez más. Las diferencias se diluyen. La sorpresa se desvanece. ¿Qué es entonces lo que tanto gusta al consumidor?

 ¿Quién escribe cuando escribe un escritor?

La pregunta de fondo es: ¿hasta qué punto el mercado —o el algoritmo— define o influye en lo que escribe un autor?

Para el escritor, escapar de esa lógica es más difícil de lo que parece. Aun quienes creen que “escriben lo que quieren”, a veces repiten fórmulas dictadas por el éxito ajeno, por recomendaciones editoriales, algunas escuelas de escritura o por lo que se supone que “funciona”.

Lo más paradójico es que,  incluso siguiendo todas esas recetas, los fracasos siguen siendo mucho más que los éxitos. ¿No sería mejor que los autores escribieran lo que realmente quieran escribir?

 Contra la tendencia del mercado: una forma de resistencia

Rebelarse contra las tendencias del mercado quizás sea la única forma de preservar la autenticidad de la escritura. Con que algunos pocos se atrevan a ser rebeldes, es suficiente.