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Siempre me pareció muy triste que los editores españoles y latinoamericanos no fueran más generosos, dejando unas memorias para quienes les siguen, ofreciéndoles un punto de partida para retomar desde ahí, en lugar de tener que comenzar de cero. Así lo hicieron los más importantes editores estadounidenses, británicos, franceses, alemanes, que ahora son países con una industria editorial muy avanzada, y con muchos más lectores.
¿Cómo trabajar seriamente en el mundo del libro sin haber leído a Unseld, Einaudi, Carlo Feltrinelli, Gottlieb, Korda, Maxwell Perkins y tantos otros? En nuestra lengua, los pocos que escribieron prefirieron centrarse en contar sus éxitos, cuando es en los fracasos donde más se aprende. Solo Jaime Salinas lo hizo con esta sinceridad. También Juan Cruz, en sus libros de entrevistas y memorias, y en los que rescató entrevistas a editores que, seguramente, al leerse se arrepintieron de haber hablado. Grandes editores latinoamericanos del siglo veinte como Arnaldo Orfila Reynal, Paco Porrúa, Joaquín Mortíz, Juan Mejía Baca… no dejaron nada. Pensaban que su legado era su catálogo, creyendo que este sobreviviría y podría leerse. No, lo que sobreviven son los libros publicados.
El mundo de la edición necesita testimonios escritos sin preocupaciones por quedar bien, libros que aporten algo, como sucede con la revista Tramas & Texturas, que debería ser una herramienta de todos los profesionales, como lectores y como autores, y a veces dudo que la lean y la sostengan suscribiéndose.
Toda esta reflexión viene por el anuncio de la publicación de “Personaje Secundario”, las memorias de Enrique Murillo, un editor que ha estado en todas. y promete contarlo.