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El presidente de la SGDL, Société des Gens de Lettres, que reúne a la mayoría de los escritores de Francia, dice a sus pares sobre los contratos de edición abusivos: “escribir libros es el trabajo de toda una vida, tanto personal como profesional, y cuando firmamos un contrato para la explotación comercial de nuestras obras… perdemos todos los derechos”. “El editor desarrolla una carrera profesional, y por lo tanto solo forma con usted un tándem provisional. Luego está la vida real de una editorial: se liquida, se vende, se fusiona con otra, se integra a un grupo más grande, y puede suceder que su libro no tenga ninguna relación con la política editorial del nuevo propietario” (Christophe Hardy, Carta mensual a los socios, octubre 2025).

El contrato de edición

Hay algunas editoriales que, a la vieja usanza, exigen al autor la cesión de todo tipo de derechos sobre la obra, incluidos los que todavía no existen (algo que en España es ilegal), sin por ello tomar ningún compromiso de ejercerlos, ni siquiera de intentarlo. El más habitual, es exigir derechos para todos los países de lengua española, aunque el libro nunca circulará fuera del país del autor.

La digitalización multiplicó las nuevas formas de difusión de una misma obra, que surge de lo que se llaman “derechos derivados”, los que le permiten a un autor llegar a un público más amplio, y aumentar sus ingresos por la misma obra, algo que cambia totalmente la economía del escritor. Por eso este tipo de derechos son cada vez algo más esencial.

El auge de los derechos derivados

Las posibilidades de difusión de una obra, además de la edición como libro, son cada vez más: ediciones digitales, audiolibros, ediciones para organismos oficiales, libros para uso en la enseñanza, ediciones anotadas, traducciones, adaptaciones para cine, streaming, televisión, teatralizaciones, dramatizaciones sonoras, pódcast, video juegos, libros ilustrados, cómic, un sinfín de otras posibilidades. Entre ellas, la básica de la distribución o edición local en los otros países de la misma lengua.

Toda concesión debe tener reciprocidad

Ceder estos derechos a la editorial que se interesa en un escritor no es en sí algo negativo, siempre que exista una reciprocidad a esa cesión, que se comprometa a gestionarlos de manera activa, que haya un equipo profesional preparado para hacerlo, y que informe periódicamente al autor de lo realizado, haya tenido éxito o no.

Ya no hablamos solo del par de grandes ferias del libro profesionales, hoy existen más de una docena de eventos de venta de derechos (llamados “mercados”) audiovisuales, donde asisten productores de todo el mundo. ¿Participará la editorial? Cuando esto ocurre, y si se obtienen resultados, el aprovechamiento de los derechos derivados se convierte en un excelente negocio para ambas partes: beneficios altos con costos mínimos, sobre un trabajo (la obra) que el autor ya ha realizado.

El problema surge cuando una editorial exige todos los derechos sin comprometerse a nada. Hay editoriales independientes que también los exigen, para luego dárselas a alguna agencia literaria para que los busque, lo que solo implica agregar un intermediario más que no aporta valor, aunque percibe una parte. La agencia que sale a vender con un margen de ganancia muy bajo, y un esfuerzo e inversión alta, podría no darle prioridad.

Durante muchos años, los contratos también incluían una cláusula de apariencia igualitaria que decía: “lo que se obtenga se repartirá por partes iguales”. Esto quiere decir que al autor le cobrarán una comisión del 50%, más del doble de lo habitual. Tampoco se establecía con claridad el tratamiento fiscal, por lo que podría suceder que, si se hace una venta de derechos derivados de 10.000, cuando el autor cobre podría recibir 3.000.

La paradoja de las grandes editoriales

La industrialización de la edición, que llevó a la necesidad de rentabilidades significativas y rápidas, ha hecho que la venta de derechos derivados se concentre en las pocas obras que tienen más posibilidades, porque no hay tiempo que perder. Una gran editorial que publica ciento cincuenta novedades cada año, no puede ir a ningún mercado y ofrecer más de dos o tres a cualquier editor extranjero o productor de cine o televisión. Presentar una oferta de trescientos libros -se hace- es solo una ilusión, la gran mayoría de libros sobre los que la editorial retuvo todos los derechos, no recibirán ninguna atención. Algo que no es nuevo para los autores, que lo sufren con más o menos  intensidad.

El malestar del autor

Las redes han facilitado el acceso directo a cualquier escritor, por lo que es habitual que reciban directamente propuestas que le interesan, pero si son irrelevantes en términos económicos, la editorial no las podrá atender. Lo que podría ser atractivo para el autor, puede no coincidir con los intereses de la editorial, y así comienza el malestar que a ninguna de las dos partes le conviene.

Muchas veces hay autores muy exitosos que dejan una editorial, porque desde el principio (a la firma del contrato) la relación no se estableció bien.

La diferencia de criterios se entiende bien con las traducciones: a criterio de la editorial lo lógico es vender a quien pague más, cuando quizás el autor hubiera priorizado el prestigio del sello o la calidad del traductor. Suele haber propuestas de pequeños editores de países chicos, que quieren hacer una pequeña edición local, algo atractivo para el autor, pero una pérdida de tiempo para la editorial. Si un autor no es un “superventas” (el 95% no lo son), esta diferencia de intereses es tan habitual como irritante, y presagia un mal final, que siempre es mejor evitar.

Las grandes editoriales comerciales y algunas independientes también, exigen mucho cuando negocian con el autor, pero conceden todo cuando lo hacen con una gran plataforma. Por eso vemos ventas de derechos audiovisuales por valores muy inferiores a los usos y costumbres medios del sector. A veces se concentra la venta de este tipo de derechos en la casa central, que puede estar lejos (culturalmente) del autor, tiene una oferta excesiva de títulos, que incluye a los autores de todas las filiales. Quienes ofrecen un libro, no tienen forma de saber más que lo dice la contratapa, y a veces, ni siquiera eso.

El temor a negociar

Firmar un contrato de edición aceptándolo todo, o sin siquiera leer, por temor a perder la oportunidad de publicar, es una mala decisión. Si un editor se interesa de verdad por un autor, no lo querrá perder. Negociar no significa confrontar, sino entender bien y comentar cada cláusula, lograr algunas cosas y ceder en otras, hacerlo con educación y argumentación.

Un acuerdo sin reciprocidad entre las partes no tiene buen futuro. Existen fórmulas sencillas ante una editorial que insiste en tener todos los derechos, como establecer un plazo transcurrido el cual, si no se han obtenido resultados, se liberan esos derechos al autor. Además de la obligación de facilitar información sobre la gestión, porque si esta ha sido bien hecha, quizás haya que esperar un poco más.

Conclusión

Los escritores tienen que saber que, quien propone un contrato, siempre espera una negociación. El respeto se construye cuando ambas partes lo hacen con serenidad, reconociendo la dignidad y los intereses del otro. Solo una relación de mutuo respeto permitirá el éxito del futuro trabajo conjunto que el autor y la editorial tendrán que realizar. También evitará la penosa situación de un autor que termine enfrentándose con su propia editorial.

La firma del contrato de edición es solo el inicio de un largo trabajo a realizar en común. Es difícil que el recorrido salga bien, si comienzó mal.