Lo nuevo, lo distinto y lo exitoso, rara vez encaja en un Excel
Estaba leyendo el reciente libro de memorias de Enrique Murillo (Personaje secundario, Trama editorial), en el que cuenta las reiteradas experiencias de errores editoriales cometidos por directivos que no entienden qué es la edición, y recordé que, cuando llegué a la dirección del grupo Planeta en Argentina, me encontré con dos personajes singulares: Juan Forn, un editor brillante, y Ricardo Sabanes, un publisher de gran intuición, que tenía una mirada distinta sobre los argies —él utilizaba mucho ese apócope originado en Malvinas—, como si observara el país desde afuera, desde un centro cultural superior. Estaba suscripto a una docena de revistas extranjeras de tendencias y diseño, de las que sacaba ideas para portadas, ilustraciones y nuevos libros. No era un gran lector, pero tenía un talento especial para pensar el producto editorial.
Los dos se encerraban durante horas, y de esas sesiones nació la Biblioteca del Sur, una colección de nombre magnífico, que publicó a escritores nuevos o poco conocidos de Argentina, Chile y Uruguay, y pronto se convirtió en un trampolín literario: quien entraba en ella quedaba consagrado, y quienes ya tenían prestigio querían sumarse. Lo mismo se hizo en Argentina, en Chile y en Uruguay, en los tres países con el mismo éxito.
Esto no pasó desapercibido en la central de Barcelona, donde alguien vio la oportunidad de resolver un viejo conflicto que tensionaba las relaciones con los autores españoles que vendían un millón de ejemplares en el país, y presionaban para repetir el éxito en América (un clásico de los grandes grupos). Ni las extensas giras promocionales ni las poco motivadas entrevistas en los medios conseguían que sus libros prendieran en los lectores latinoamericanos. El “no éxito” (la palabra fracaso no se podía pronunciar) generaba muchos reclamos de estos autores, que eran esenciales para la editorial.
Entonces, alguien tomó una decisión insólita: incluir a esos autores en la Biblioteca del Sur. Los escritores no tenían la culpa de esta decisión, y algunos de ellos merecían ser leídos, pero fue un tremendo error. Los escritores españoles pasaron desapercibidos, y la colección, que había nacido para dar voz a lo nuevo del Cono Sur, perdió sentido, se difuminó y se autodestruyó.
La decisión la tomó el responsable de controlar la gestión de las filiales americanas, una especie de auditor con poder, pero sin la menor idea de lo que era llevar una editorial. En una reunión en las que convocaba a los responsables de las casas del continente, nos explicó con la autoridad que su puesto -y estilo- le otorgaba, que había analizado a fondo las ventas, y descubrió que solo el 20% de los títulos representaba el 80% de los ingresos. Entonces, mirándonos con cierta arrogancia, nos dijo: “pues he decidido que de ahora en adelante solo publicaremos ese 20%”.
Nos quedamos mudos, pero yo no pude evitar sonreír y exclamar: “¡Ja!, cuál es ese 20% solo se sabe después”. Mi reacción fue irrespetuosa, porque al jefe no se le discutía, y aunque terminó costándome la pérdida de un trabajo bien remunerado, me ayudó a dejar el mundo corporativo transnacional.
Epílogo
Esta historia muestra con claridad el choque entre dos lógicas que en la edición deben ir juntas: la cultural y la empresarial. Lo dijo muy claro Gaston Gallimard, el patriarca fundador: “hay que tener un ojo en la literatura y el otro en los negocios”.
Cuando las editoriales caen en la tentación de gestionar los libros con otros criterios, terminan destruyendo aquello que las distingue. El gran error es creer que las decisiones pueden tomarse son con porcentajes y proyecciones contables, cuando en realidad se alimenta de creación, riesgo, intuición y coherencia.
En el mundo de los libros, lo nuevo y lo distinto rara vez encaja en planillas de Excel.
La Biblioteca del Sur nació de una mirada creativa y terminó arrasada por una lógica gerencial que confundió eficiencia con visión. No fue solo el final de una colección, fue la prueba de que la edición, cuando se subordina por completo a la lógica de las finanzas y el mercado, se vuelve incapaz de sostener lo que más necesita para sobrevivir a largo plazo: la diversidad, la innovación y la fe en los autores, lo que no quiere decir descuidar la rentabilidad.
Triste destino de una colección que pudo haber tenido una vida larga y feliz. Ahora, me pregunto si muchos lectores se fijan en si el título que van a comprar pertenece o no a una colección en particular (por ejemplo, a mí me gusta mucho Andanzas, de Tusquets). O si simplemente compran guiándose por lo que han leído sobre la obra. Por lo demás, me encanta su respuesta al jefe y la anécdota. Saludos desde Nuevo México.
Excelente texto y comentario …¡GRACIAS! No hay duda que la experiencia y la innovación con conocimiento siempre generaran buenos resultados por eso en http://www.clublectores.com acercamos autores con los lectores y promovemos la lectura con compromiso social. Apoyo el comentario que hay que tener las dos lógicas como el campesino siempre sabiendo bien donde se siembra ¡GRACIAS!
Hola, hoy te sugiero observar ese análisis mirando también los equipos de marketing. En las corporaciones toman decisiones a la par de los editores basándose en métricas, algoritmos etc. y eso va en detrimento de un catálogo pensado en contenidos, en propuestas y que no por eso deja de ser comercial pero cuyos valores son otros . Así se alimenta de forma interminable la publicación de, uno tras otro, fenómenos que no necesariamente funcionan en la literatura o para el ensayo, pero que el análisis desde marketing incide en que así se haga. Y, dejan a un lado de la promoción o el impulso voces que hacen a un catálogo porque no suenan en las redes o no tienen buenas métricas.
Interesante reflejo del mundo editorial. Algo que sucede a menudo. Me quedo con su frase; La diversidad, la innovación y la fe en los autores, lo que no quiere decir descuidar la rentabilidad.
Algo similar pasa en el mundo corporativo de las empresas de salud. Les es fácil perder el foco ante los números, y ver a los pacientes como un número, en lugar de entenderlos y centrarse en ellos, lo que igualmente es lucrativo. Y no falta la frase absurda de reducir las ambulancias a la mitad, y que esperen un poco más para mejorar la ocupación… pero bueno.
Como siempre, un placer leerlo.
Adel.