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“La historia de las herencias literarias suele ser accidentada” (Santiago Llach, www.seul.ar, 9 de abril de 2023).

Hay herederos de obras literarias que las modifican para adecuarlas a las sensibilidades actuales, o que encargan a otros escritores la continuación de una trilogía policial exitosa, o venden los derechos para continuar utilizando a Hércules Poirot, el personaje de Agatha Christie.

Aunque legalmente puedan hacerlo, es una falta ética grave, más cerca de la censura o de la reescritura ideológica, que de los derechos de un albacea que debería cuidar esa obra. Milan Kundera publicó un libro excelente, Los testamentos traicionados (Tusquets), cuyo título lo dice todo.

La polémica se renueva cada vez que se anuncia la publicación de textos inéditos que el autor había descartado, o cuando se deciden cambios de editorial sin tener en cuenta el historial o la participación determinante del editor o la editora,  o cambian de agente literaria dejando a quien a lo largo de muchos años trabajó con el autor para construir su lugar y que pudiera cobrar por su trabajo.

Una sucesión termina con la declaratoria del juez, pero superar el duelo pareciera que requiere poder apropiarse de la obra, cortar con una historia, aunque esto implique traicionar los deseos de quien se heredó. El duelo es un proceso tan difícil y personal, que todo puede suceder.

Hay viudas de escritores que no tocaron jamás una línea de la obra heredada, aunque hicieron de ella una causa para el resto de su vida: Marie-Jo Paz ejerció, durante los 25 años que sobrevivió al poeta mexicano, una dictadura férrea sobre su editores, Silvia Lemus participó en todos los homenajes que se hicieron a Carlos Fuentes, yendo a donde fuera necesario.

Pero también hay viudas y herederos que -de manera consciente o no-, solo pueden superar el duelo apropiándose de esa propiedad, a veces como una manera de resolver ofensas históricas, engaños afectivos, malos tratos o la mala vida y los sacrificios que implica vivir con un escritor.

“El sufrimiento silenciado y oculto sale a la luz y resulta imposible de esconder” (Lázló Földenyi, en Dostoievky lee a Hegel en Siberia y rompe a llorar).  Los herederos que leen la obra, a veces se encuentran con cosas que no esperaban. “La novela descubre lo que está oculto en cada uno… Cualquier novelista echa mano, quiéralo o no, de su vida” (Milan Kundera), y eso es algo que no a todos les gusta desvelar. Por eso en Los testamentos traicionados señala “Qué fácil es desobedecer a un muerto”.

Mirta Arlt no permitía la publicación de obras de su padre si ella no escribía el prólogo y eliminaba palabras groseras o disonantes, esenciales en la obra de Roberto Arlt. Tuvo la delicadeza de morir un año después de que la obra pasara al dominio público en 2013, con lo que se evitó ver publicados los libros tal como el autor los escribió.

Últimamente, ante la magnitud económica de las propuestas de las grandes plataformas audiovisuales, los herederos también deciden cuántas concesiones harán para que se pueda producir una serie de televisión, aunque el autor en vida ya se hubiera negado a hacerlo. La falta de respeto o incluso la traición, suelen asumirse con la total convicción de que es lo más conveniente, como quien tiene un saber sobrenatural para decir “es lo que el autor hubiera querido”.

Hay mucha diferencia entre recibir en herencia una casa, que se puede reformar o vender y desentenderse de ella, o recibir una obra producto de la creación, donde cualquier “reforma” altera el legado. Quizás sea una molestia que una obra literaria requiera dedicación constante, seguimiento de contratos, reediciones, traducciones, promoción. Pero para eso hay profesionales, y sobre todo hay que tener en cuenta que, recibir una herencia otorgada, no es obligatorio, se puede no aceptar.

El derecho a publicar textos inéditos o correspondencia que el autor había descartado es tan cuestionable como eliminar dedicatorias, algo que sucedió en algunos libros de Borges, donde la viuda no quería seguir viendo el nombre de otras en las primeras páginas de “sus libros”. Algún jurista debería explicarnos bien hasta dónde el derecho de propiedad incluye el de autoría.

“La veneración absoluta es, al mismo tiempo y fatalmente, la negación absoluta de la voluntad estética del autor. Porque la voluntad estética se manifiesta tanto en lo que el autor escribió como en lo que suprimió. Suprimir un párrafo exige por su parte todavía más talento, cultura, fuerza creadora que el haberlo escrito. Publicar lo que el autor suprimió es, pues, el mismo acto de violación que censurar lo que decidió conservar” (Milan Kundera, Los testamentos traicionados).

Permanentemente se reactiva esta polémica, como acaba de suceder con el escritor británico de libros infantiles Roald Dahl, cuando 35 años después de su muerte sus herederos decidieron reescribir algunos libros y hacer desaparecer varios cuentos, para que todo sea “políticamente correcto”, evitando el riesgo de perder la condición de lectura obligatoria en las escuelas del Reino Unido. Modificaron, a pedido de la editorial, todas las referencias al género y a la apariencia física de sus personajes, al canibalismo y al colonialismo.

Modificar los textos en lugar de confiar en los profesores, facilitándoles guías de lectura para trabajar en el aula, como hacen las editoriales de libros escolares, o -si el miedo de los herederos es tan grande- incluir un prólogo contextualizándolo, sería el camino más ético. La forma de cuidar de verdad al escritor del que viven dos o tres generaciones desde hace tantos años.

Me recuerda a los cuentos de terror que escribía Elsa Bornemann en los años 70 que, aunque encantaban a los niños, la dictadura militar de la época decidió prohibirlos por decreto. Y no hablemos de los cientos de títulos que se están eliminando de las bibliotecas de “la gran nación del Norte”. Inevitablemente remite a esa idea del “arte corrupto” y las hogueras de libros que nadie quiere recordar.

Reescribir un texto para hacerlo políticamente correcto, permite también acceder al cine comercial y a la televisión, sector en el que sigue habiendo criterios y normas, como hace ochenta años sucedía en el Hollywood del senador McCarthy. Lo explicaron bien los herederos de Roald Dahl “las novelas se han actualizado para adecuarse más al público moderno”. No se habla de los 500 millones de dólares que llevan cobrados, solo por Charlie y la fábrica de chocolate. El dinero no parece ser lo importante.

En la tercera generación, ya los herederos son tantos, que constituyeron un trust, la Roald Dahl Story Company (RDSC), que gestiona los derechos para películas, obras teatrales, editoriales y merchandising de todo tipo. En septiembre de 2021 trascendió que Netflix había pagado 586 millones de euros por todo el catálogo de Roald Dahl, con el que pretende realizar un sinfín de contenidos en los próximos años.

“Los cuatro hijos de Roald Dahl se hicieron millonarios con los libros que han sido reescritos”, tituló el diario El Mundo el 20 de febrero de 2023. Salman Rushdie declaró; «Roald Dahl no era un ángel, pero esto es una censura absurda… Puffin Books y los encargados del legado de Dahl deberían estar avergonzados».

La editorial Alfaguara, aunque pertenece al mismo grupo que la editorial británica de Dahl, anunció que en español está “publicando los Cuentos Completos tal y como ya lo hizo en el año 2013, sin adaptar ni cambiar el texto original”.

 De Viudas a Viudos

“Se dice viudas, aunque el apelativo femenino hoy suena tan incorrecto porque, como dijo Ida Vitale “antes los escritores eran los maridos” (Feria del libro de Buenos Aires, 29 de abril de 2023).

Ahora que publican más las mujeres, tendrán que pasar unos años más para ver cómo actúan los viudos. Como anticipó Martín Caparrós en el diario mexicano Milenio, “La emancipación de las mujeres terminará de completarse el día en que el viudo de una gran escritora circule por las ferias”. Escribió esto viendo cómo la viuda de Borges asistía a las ferias del libro y se sentaba en la mesa de los autores, a firmar los libros del escritor, algo que muestra hasta dónde la obra era suya, aunque parece que ni siquiera la conocía bien: “De las entrevistas a Kodama no se deduce en ningún momento que entienda realmente la poética de Borges” (Jorge Carrión, en The New York Times en español, 7 de enero de 2016).

“Kodama –dijo Beatriz Sarlo— es la rústica exageración de la figura del heredero que cree que sus derechos se extienden no sólo a los resultados dinerarios, sino que son soberanos sobre qué se hace o se deja de hacer con la obra, cuya propiedad la ley les garantiza” (eternacadencia.com.ar, 24 de junio de 2015).

Es curioso cómo la historia insiste en repetirse en la segunda sucesión. “Que la obra de Borges haya terminado en manos de cinco sobrinos de Kodama que declararon desconocerlo todo sobre el escritor, es de una crueldad que ni James hubiese imaginado” (Alberto Manguel). Henry James, en Los papeles de Aspern, hace que la heredera destruya los papeles del gran escritor difunto, porque en el fondo de su corazón lo odia, aunque se justifica diciendo que lo hace para proteger su memoria.

Parafraseando una reflexión de Kundera sobre Kafka y Brod, me pregunto: cuando Borges decidió dejar todo a Kodama, a quien conocía muy bien ¿podría ignorar lo que estaba decidiendo? Es difícil pensar que no lo tuvo en cuenta, por lo que quizás fue la última decisión de su poética.

“Hay autores que siguen amando su obra, pero no les gusta el mundo en el que queda” (Kundera).

No siempre todo es por dinero, estas cosas también suceden con autores y obras de una venta minoritaria, que tienen un rendimiento económico reducido. Pareciera que el duelo requiere apropiarse totalmente de la creación del otro, hasta el punto de sentirse autorizado a modificarla.

La cantidad de obras intervenidas, modificadas o actualizadas por sus herederos es grande, y de la mayoría probablemente ni nos enteremos. Sucede lo contrario con la promoción que acompaña la compulsión por publicar obras que el autor en vida había descartado. o manuscritos encontrados en un cajón. Todos los escritores escriben mucho más de lo que deciden publicar. ¡Qué bien que hizo Juan Rulfo, en esa época predigital, quemando todo lo que no quería que se publicara! Evitó todos los riesgos.

Hay muchos casos donde nada de esto sucede, y los herederos son fieles albaceas de la obra que recibieron. Un testimonio ejemplar es el de una de las dos herederas del escritor uruguayo Felisberto Hernández que además de plantear el tema de los desacuerdos entre herederos, muestra la lucidez de su posición:

«Las herederas… somos simples administradoras de una obra que no nos pertenece. Pertenece a su autor. Es decir que debemos velar por la difusión de la obra de nuestro padre y cuidar que las condiciones de publicación sean decentes y adecuadas: ésta es mi posición y no ha variado nunca. Durante veintiún años he esperado que mi hermana dejara de plantear restricciones que no comparto, y que, lejos de aminorarse, últimamente se han acrecentado». “Las Hortensias no es el único cuento prohibido. Según la agencia de Carmen Balcells, uno de los herederos también vetó por razones personales los cuentos El árbol de mamá y Úrsula.” (Diego Erlan, Revista Ñ, 15 de agosto de 2009).