«Lentamente los valores del marketing son interiorizados por escritores, críticos, lectores y editores. El marketing se introduce en la escala de valores de lo literario», escribió hace cinco años el editor Constantino Bértolo en Una poética editorial (Trama). Hoy esa observación nos permite una nueva lectura: ya no es solo el marketing el que se ha incorporado a la escala de valores de la literatura y de la autoría, es el algoritmo.
Ningún escritor permanece indemne a lo que sucede a su alrededor. Todo termina influyendo en lo que escribe. Conozco autores que trabajan en un ordenador sin conexión a internet para aislarse de las redes sociales, de los buscadores, de los mensajes y del ruido exterior. Pero ni siquiera así se puede. Ninguno puede desconectarse de sus editores, de las conversaciones con otros escritores, de las ventas de sus libros, de las listas de más vendidos o de las novedades que aparecen en las librerías. Toda esa información acaba modelando, de una forma u otra, la percepción de la literatura. La escritura no parece posible en una isla desierta.
Hasta ahora esas influencias eran múltiples y dispersas. Hoy, sin embargo, una de ellas adquiere un peso extraordinario: el algoritmo que organiza el descubrimiento, la autoedición, la recomendación y la venta de libros.
Esta es la tesis que desarrolla Mark McGurl en La novela en la era de Amazon. Un libro que, al leerlo, tuve la sensación de reconocer algo que llevaba tiempo ocurriendo sin que termináramos de nombrarlo: Amazon no solo ha transformado la manera de comprar y vender libros, está modificando las condiciones en las que se escriben, se publican y llegan a los lectores.
McGurl sitúa este cambio en una perspectiva histórica. Si la imprenta hizo posible la novela moderna, el periódico dio origen al folletín del siglo XIX y las grandes editoriales del siglo XX consolidaron el fenómeno del best seller, Amazon inaugura una etapa distinta. Por primera vez una sola empresa reúne funciones que antes estaban repartidas entre muchos actores: editor, librero, distribuidor, sistema de recomendación, plataforma de autopublicación y dispositivo de lectura. Esa concentración le otorga un poder inédito para influir sobre el ecosistema del libro.
La transformación no afecta únicamente a la circulación de las obras. También modifica la manera en que los lectores las descubren y las eligen. Tener un libro entre las manos permitía reconocerlo por su tamaño, su diseño, su papel o su ubicación en una librería. Reducido a una miniatura en una pantalla, esas referencias desaparecen y son sustituidas por recomendaciones automáticas, clasificaciones, reseñas y puntajes generados por algoritmos. Si una parte creciente de los libros se compra de ese modo (casi el 50% del total), resulta difícil pensar que esa nueva lógica no termine influyendo también sobre quienes los escriben.
No todos los escritores responden igual a estas fuerzas. Tampoco se trata de una decisión consciente. Precisamente ahí reside la eficacia del algoritmo: actúa como una forma de condicionamiento silencioso. No obliga a nadie a escribir de una determinada manera. modifica, poco a poco, el entorno en el que cada escritor imagina qué merece ser escrito.
Durante siglos el principal problema de un escritor consistía en conseguir que un editor aceptara publicar su obra. Hoy ocurre lo contrario, publicar nunca fue tan fácil, lo difícil es conseguir visibilidad en medio de una producción prácticamente infinita. La competencia ya no consiste solo en escribir un buen libro, sino en lograr que ese libro aparezca ante los ojos de un lector.
El cambio decisivo consiste en que el algoritmo empieza a ocupar el lugar que durante buena parte del siglo XX desempeñaban los críticos, los suplementos culturales, los libreros, los profesores y, en cierta medida, los propios editores. Todos ellos ejercían un juicio. El algoritmo no juzga: calcula. Sustituye la mediación cultural por una mediación estadística.
McGurl no sostiene que los escritores escriben obedeciendo al algoritmo. Su tesis es más sutil y, por eso mismo, más inquietante. Los libros que mejor funcionan dentro del ecosistema digital acaban convirtiéndose en modelos visibles de éxito y, poco a poco, ciertas características tienden a reproducirse. No porque produzcan mejor literatura, sino porque obtienen mejores resultados.
Entre esos rasgos aparecen comienzos que capturan al lector desde la primera página, capítulos breves, un ritmo narrativo constante, personajes fácilmente reconocibles, finales satisfactorios y series que prolongan una misma historia durante varios volúmenes. Son recursos que aumentan la previsibilidad y favorecen la continuidad de la lectura. El propio KDP (Kindle Direct Publishing) incentiva las series porque cada libro ayuda a vender el siguiente.
El sistema de remuneración a los autores también empuja en esa dirección. En los modelos de suscripción de Kindle, que ofrecen acceso libre a un millón de libros en español por 9.99 dólares al mes, los derechos para el autor se pagan según el tiempo efectivamente leído, de modo que mantener la atención del lector deja de ser únicamente una aspiración literaria para convertirse también en una condición económica. Solo en enero de 2026, KDP pagó 60 millones de dólares por derechos al autor o a su editorial.
Nada de esto obliga a escribir de una determinada manera. Pero va desplazando, casi imperceptiblemente, la idea de qué significa escribir una novela que tenga éxito. La adaptación no suele ser consciente. Como ocurre con cualquier transformación cultural profunda, acaba interiorizándose.
A ello se añade una ventaja de la que nunca dispuso ningún editor, conocer con enorme precisión el comportamiento de los lectores. El Kindle nos lee mientras leemos, sabe qué elegimos, que descartamos, qué compramos, cuánto tardamos en leer libro, en qué momento abandonamos la lectura o qué obras conducen a otras. Esa información alimenta algoritmos capaces de anticipar preferencias y orientar recomendaciones con una eficacia imposible hasta hace pocos años, información que, procesada, luego venden muy bien.
La consecuencia es que, por primera vez, una misma empresa controla simultáneamente la publicación, la distribución, la recomendación, la venta y buena parte de la experiencia de lectura.
El caso de Kindle Direct Publishing merece una reflexión especial. Nunca tantos escritores habían podido publicar sin depender de la aprobación previa de un editor. Sin embargo, no creo que -como se suele escuchar- esto represente una democratización de la edición. Más bien supone una nueva dependencia. El filtro editorial desaparece, pero su lugar lo ocupa otro filtro, menos visible y mucho más poderoso: el algoritmo que decide la visibilidad de cada obra.
Tampoco me convence que muchos autores se definan como «independientes» únicamente porque ya no necesitan un editor tradicional. La independencia no consiste solo en publicar sin intermediarios. También depende de quién determina que un libro pueda ser encontrado por sus lectores.
Todo esto excede el caso de Amazon. Lo que está en juego es una transformación cultural más amplia. Si los algoritmos son capaces de influir en nuestras decisiones de consumo, en nuestras opiniones políticas o en nuestros hábitos cotidianos, ¿por qué no habrían de influir también en el proceso creativo?
La cuestión, entonces, es hasta qué punto el ecosistema digital está modificando, lentamente y casi sin que lo advirtamos, la idea misma de lo que una novela debe ser.
¿Hasta dónde estamos siendo modelados —escritores y lectores— por este sistema?
¿Cuánto de lo que creemos elegir libremente responde, en realidad, a decisiones que otros han tomado por nosotros? Y, sobre todo, ¿es posible escribir al margen de ese nuevo horizonte? ¿o el algoritmo ha pasado a formar parte, silenciosamente, de la propia imaginación literaria?
Solo puedo disculparme, tomé este gráfico de una NewsLetter sin dar los créditos correspondientes. No conocía el trbajo original, que…
Estimado Guillermo: He leído con interés tu artículo sobre el lugar del autor en la cadena de valor del libro.…
muchas gracias por tan valioso aporte!
Guillermo, Gracias siempre por tus textos, muy interesantes como siempre. Trato de sumar algo: Tim Ferriss publicó su libro más…
Análisis brillante, muchas gracias.