Jun 16, 2024
“El rechazo [de manuscritos] es una amarga realidad de la profesión de escritor” (Enrique Vila Matas)
Para una escritora o escritor, nada es tan desesperante como haber terminado un libro después de un enorme esfuerzo, para después tener que encontrar una editorial para publicarlo.
Hasta hace veinte años era diferente, como dice Ricardo Piglia en Crítica y ficción: “Si uno compara ese período con el actual, no podemos menos que recordarlo con nostalgia: se podía publicar con relativa facilidad, lo cual, si bien no mejora la literatura, ayuda a difundirla”.
Hoy sería inconcebible que un escritor toque a la puerta de una editorial con un manuscrito en la mano, y si lo hiciera, se encontraría con que no hay quien le atienda. Entre editores, se suele decir que son más los que escriben que los que leen, pero no es así.
Lo que sucede es que el mundo de la edición ha cambiado mucho, y la digitalización ha facilitado enviar manuscritos por mail sin pensarlo demasiado. Con la facilitad del clic se actúa sin una reflexión previa, y las editoriales reciben miles al año, tantos, que ni siquiera pueden responder. La jefa de manuscritos de la tan literaria Gallimard, explica en la revista Lire qué decepción siente cuando alguien le envía un manuscrito de jardinería.
Las redes están llenas de comentarios sobre las dificultades para publicar, sobre los rechazos de las editoriales o la falta de respuesta, que es la peor manera de decir que no.
Las y los escritores viven esta situación con dolor, y con gran frustración. He escuchado a escritores que incluso llegan a dudar de lo que han escrito.
“La carta de rechazo es un rito de pasaje para todos los debutantes” (Dominique Galtier, directora de Le Dilettante)
Hay centenares de historias de rechazos en la web, hay blogs y páginas especializadas en recopilar historias al respecto. Traté ya este tema hace cinco años, y como sigue siendo una de las entradas más leídas de este blog, me pareció interesante volver sobre la cuestión.
Todos quieren ver su libro en las librerías
Por más que avanza la edición digital, todavía la mayoría de los escritores quieren ver su libro publicado por una editorial tradicional, que se comprometa con ella o él y con su obra, que lo publique en papel, de la forma tradicional, y que esté en las librerías, no solamente en formato digital. Una editorial que le pague al autor, no que le quiera cobrar.
Las librerías de los campus universitarios de Estados Unidos, hace varios años que vienen advirtiendo cómo los estudiantes -ya todos nacidos en la era digital-, prefieren comprar y estudiar con libros impresos, de papel.
En una profesión -la de escritor- que no tiene un título habilitante, publicar un libro impreso, que esté en librerías, otorga ese valor de consagración. La edición digital, que hace quince años se presentaba como el final del libro de papel, hoy es UN soporte más, que ayuda a la difusión, pero no tiene ese efecto de consagración.
“Para que el acto literario pueda realizarse de manera completa es imprescindible la publicación del texto escrito” (Constantino Bértolo, Una poética editorial, Trama)
Cuando un escritor es reconocido como tal, surgen posibilidades de trabajo que, aunque no sean de escritura, tienen que ver con la literatura. A eso le llamo profesionalización. Los escritores no ven la hora de poder dejar otros trabajos que mantienen por razones económicas, en tareas casi siempre ajenas a sus intereses.
Encontrar la editorial en la que publicar no es fácil, hay que buscarla, lo que representa un trabajo más para quien, después de mucho trabajo, tiempo y sacrificios, terminó de escribir un libro. Es un trabajo extra que requiere un poco de tiempo y dedicación, pero nada comparable al esfuerzo de haber escrito un libro.
May 20, 2024
Escribir es fácil y no requiere dinero si se hace con lápiz y papel. Muchísima gente escribe, sin pretensiones literarias ni intenciones de divulgación. Hay gente que escribe para sí mismo, para transitar momentos difíciles o placenteros, porque escribir es dialogar con uno mismo, elaborar situaciones complejas. Sería raro ver a alguien en una mesa de un café hablando frente a un espejo, pero ver gente escribiendo es habitual, y no llama la atención. El efecto es similar.
Todo el mundo tiene derecho a escribir, y todo el mundo debería saber leer y escribir, aunque todavía hay muchas partes del mundo donde no es así.
Aquí me refiero a los que escriben porque son -o quieren ser- escritores. No se necesitan razones para dedicarse a escribir, a veces ni siquiera hay razones, solo una necesidad, no poder estar sin escribir.
A quienes escriben porque son o quieren ser escritores, es a quienes yo llamo escritores profesionales, un término que a algunos no les gusta, porque confunden la idea de profesional con la de escritor comercial.
Profesional es quien toma la escritura como un trabajo, y tiene en el horizonte publicar, encontrar lectores que lo lean, y poder cobrar unos derechos de autor.
Escritor comercial es aquel que también encara la escritura como trabajo, pero escribe únicamente aquello que se va a vender. Solo lo que está de moda, lo que marca la tendencia del momento. Lo que importa, sobre todo, es vender.
El escritor profesional también quiere que su libro se venda, pero no es esa su principal motivación. Tiene un proyecto, una idea, una intuición o un saber, y trabaja en ello sin pensar -o tratando de no hacerlo- en si se venderá o no. Sabe que, si piensa en ello, será algo que lo condicionará, afectando a su libertad y creatividad. Por eso el escritor es un profesional tan especial, siempre a contracorriente.
Es muy difícil definir el proceso de la creación, lo que no quiere decir que no se pueda reconocer. Para un escritor es la manera de entender el mundo, de poder explicárselo y de sobrevivir en él.
Las condiciones laborales del escritor
Escribir es un trabajo muy duro, requiere años de lectura e investigación, escribir y reescribir cientos de veces una misma página. Es un trabajo aunque haya países que todavía no reconocen legal ni fiscalmente al escritor como trabajador. No tiene asistencia sanitaria, ni jubilación, ni ninguno de los derechos de cualquier otro trabajador. En Francia, por ejemplo, además de sanidad pública gratuita y jubilación, el estado compensa lo que le falta cada mes, si no llegó a alcanzar el salario mínimo. Noruega tiene un excelente programa para nuevos escritores, becas, seguridad social, y compra asegurada para abastecer bibliotecas, de una cantidad considerable de ejemplares del libro que publique (entre 750 y 1.500) , lo que estimula a las editoriales a contratar nuevos autores.
Pero entre nosotros lo habitual es que el escritor trabaje sin cobrar, y ni siquiera sepa si algún día cobrará. Por eso tiene que trabajar en los tiempos que le deja otro trabajo, que es el que le permite pagar el alquiler. Lo hace por la noche, los fines de semana, en el tiempo que otros dedican a las vacaciones, lo que tiene consecuencias individuales, sociales y familiares que deberían considerarse un problema de salud pública.
En estos aspectos escribir es un trabajo ingrato, solitario, aislado, encerrado en sí mismo, a contra horario. Hay que tener una vocación muy fuerte para dedicarse a escribir.
Publicar
Cuando el escritor termina su obra, el siguiente paso es querer publicar. Ninguna obra literaria está completa hasta que no llega a los lectores, algo necesario para cerrar este circuito de creación. Publicar es intrínseco a escribir. Entonces, lo que hasta ahora había sido una tarea individualísima, aislada, asocial, se tiene que convertir en otra cosa muy diferente. Buscar y encontrar editorial, es tener que vincularse a un mundo de relación con otros, acercarse a algo más cercano a una industria o a un negocio que a una labor de creación. El escritor tendrá que ingresar a una galaxia desconocida.
Publicar es el equivalente al título habilitante de otras profesiones. Como para el escritor no lo hay, es el libro tradicional, de papel, presente en las librerías, lo que produce esa consagración. Pese a los grandes avances de la edición digital, no tienen el efecto de consagración que ofrece el libro tradicional.
Publicar tiene que ver con el mercado, concepto que solo por mencionarlo pone mal a muchos escritores, aunque es mejor saberlo y conocerlo, porque tendrá que moverse en él.
Abundan en las redes, los blogs y las webs, los comentarios de los escritores que quieren publicar y no lo consiguen. Encontrar una editorial que se entusiasme con lo escrito, y se interese por publicarlo pagando al autor, no cobrándole, es una ardua tarea, un trabajo más, pero que conviene hacer de manera de facilitar a quien lo va a recibir -agobiado con miles de propuestas-, la informacion esencial para que se pueda considerar.
Los rechazos
El anecdotario de los rechazos de las editoriales es enorme, lo que me gusta de estas historias es que ayudan a entender que cuando una editorial dice que no, muchas veces solo quiere decir que a esa editorial no le interesó, o que ya tiene tomados otros compromisos, o quizás ni siquiera lo miró. No necesariamente que lo enviado no tiene calidad u originalidad.
Tampoco es justo echarle siempre la culpa a la editorial, que a veces dice que no porque el texto enviado no tiene el nivel que se espera, o está mal escrito, o no es atractivo para el lector, o -como sucede cada vez más- porque no tiene posibilidades de vender la cantidad de ejemplares suficiente para que sea negocio. Una editorial, cuánto más grande es, más piensa y actúa como lo hace cualquier inversor.
Algunas veces -pocas- hay rechazos que explican por qué dicen que no, o que adjuntan un informe de lectura. Esta es una oportunidad excepcional para el escritor, una ocasión para aprender algo más. Quizás la obra no esté totalmente terminada, quizás necesita una revisión, o encararla de otra manera. O no es suficientemente buena u original, o la consideran demasiado lejos de la tendencia del momento.
Hay muchísimas historias de manuscritos rechazados que, cuando finalmente se publican se reconocen como una gran obra literaria o una de gran capacidad comercial, que antes nadie supo ver.
Virginia Wolf -nadie más literaria que ella-, tenía una editorial con su marido Leonard, en la que rechazó Ulises de Joyce diciendo que parecía “una escritura de clase obrera”. Carrie, la primera novela de Stephen King fue rechazada por veintiocho editoriales hasta que una la publicó, y desde entonces lleva vendidos 400 millones de ejemplares.
Tanto Onetti como Benedetti, Octavio Paz y García Márquez, tuvieron que pagar de su bolsillo la edición de sus primeros libros.
Son anécdotas, pero funcionan como ejemplos tranquilizadores para el escritor al que le dicen que no. Hay que aprender a gestionar la frustración, y no dejar de insistir. “El rechazo es una amarga realidad de la profesión de escritor” (Enrique Vila-Matas)
Muchos de los rechazos -o los silencios, que son rechazos con mala educación-, se deben a que los escritores no saben presentar su obra bien, aunque hay millares de consejos en Internet. ¿Por qué alguien que ha dedicado meses o años a investigar, imaginar y pasarse noches enteras escribiendo un libro, no se toma unas horas para investigar la mejor manera de buscar editorial?
Aunque lo que se publica es solo una pequeña parte de lo que se escribe (y este proceso de selección da valor al efecto de consagración), no es tan poca como se suele decir. Cada año en español se publican 14.000 primeras novelas.
Para acceder a publicar, se requiere una obra de calidad, originalidad y bien escrita, y también ofrecerla de la manera adecuada, eligiendo con cuidado a qué editoriales se va a presentar. Todas cosas poco complicadas de saber en la época de Internet.
La jefa de manuscritos de Gallimard, declaró a la revista Lire que, cuando recibe un libro de jardinería, se llena de irritación porque el autor ni siquiera se tomó el trabajo de mirar qué publica la editorial.
May 12, 2024
En castellano se utiliza la misma palabra para designar dos funciones distintas, que en inglés se diferencian bien: el editor y el publisher. El editor (pronunciado acentuando la e) es aquel que tiene la profesión de editar, el publisher es quien se ocupa del negocio de publicar.
Lo que importa es diferenciar entre la profesión de editar y el negocio de publicar, porque los medios, y a veces los escritores, hacen un uso confuso, diciendo que se acaba de editar un libro, cuando en realidad se acaba de publicar.
Leer más: Todo autor necesita un editor
Aquí hablo del editor en el sentido del profesional que trabaja con el autor en su manuscrito, ya seapara revisarlo, corregirlo, reordenarlo o sugerirle cambios. Un trabajo que la mayoría de los escritores valoran, pero algunos detestan.
El editor no reescribe, ni tiene ningún poder de decisión sobre el autor, que es el único que acepta o no las sugerencias que recibe. “Nuestro trabajo consistía en hacer las cosas lo más claras y accesibles para el lector… El editor tiene que mirar hacia afuera de la editorial, es el publisher quien mira hacia dentro”, explica Michael Korda, director editorial durante treinta años de Simon & Schuster, en su libro Another Life: A Memoir of Other People, traducido al español con el penoso título de Editar la vida.
El editor colabora con el autor pensando en el lector, y también es quien lo defiende dentro de la editorial, ante el publisher, el equipo de marketing y el comercial.
Todo autor se beneficia si tiene un profesional que trabaje con él , porque “hay innumerables cuestiones que uno deja de ver cuando escribe” como dice Ana Bustelo, en su blog.
En la tradición editorial estadounidense la función del editor está muy generalizada, es deseada y hasta exigida por el autor. Hasta hace unos años, un editor se ocupaba de cinco o seis manuscritos al año, hoy en las grandes editoriales llevan muchísimos más, por lo que el trabajo no es igual.
Los editores que escribieron sobre su práctica cuentan que asumían su trabajo con un compromiso tan absoluto con el autor, que terminaban enfrentados o haciéndose amigos para siempre, al punto de que si un editor cambiaba de editorial, muchos autores se iban con él.
La periodista y escritora Leila Guerriero, dijo que en su trabajo como editora “a veces terminamos con el autor como primos hermanos”. (Feria del libro de Buenos Aires, abril 2024)
Saxe Commings, editor en los años 40 de Random House en Nueva York, tenía en su casa un cuarto de huéspedes para alojar a sus autores cuando veía que una novela no avanzaba. Autor y editor trabajaban juntos, conviviendo los siete días de la semana, hasta que del trabajo en conjunto surgía la obra deseada.
El escritor argentino Juan Carlos Kreimer, reflexiona en su libro Prosa Caníbal: “Mi editor, ex corrector de estilo, alguien que nunca publicó un solo cuento, suele salirme con: Si eliminaras tal oración ese tramo ganaría, si lo contaras desde el lugar del que no sabe… hay registros mezclados… Al aplicar sus indicaciones, admito que lo que deseo trasmitir mejora. ¿Cómo no me di cuenta, y él sí?”
También hay opiniones opuestas, con especial preocupación por la función del editor en las grandes editoriales, por el sesgo comercial que podría tener su intervención.
Jaime Salinas, uno de los grandes editores españoles (Seix Barral, Alianza, Alfaguara), pone condiciones para esta colaboración. El diferencia el trabajo del editor de la casa, al del editor profesional independiente. “A mí me inquieta mucho, pues esa en una labor que, naturalmente, tendría que hacer el escritor con una persona particular, conocida, en la que confíe. Esta figura [cuando el editor pertenece al staff de la editorial] está absolutamente condicionada por los criterios o la política de la empresa para la que trabaja y, por lo tanto, se convierte en un transformador para que el producto encaje” (en El oficio de editor, una conversación con Juan Cruz, Alfaguara).
Tener editor en casa es lo que hizo siempre Paul Auster: cuando terminaba una novela se la leía a Siri Husvet, su mujer y escritora ella también, que iba tomando nota de todas las sugerencias. “Son siempre inteligentes y mejoran mi novela”.
“Sigue habiendo muchos autores que no solo no entienden la labor del editor, sino que lo consideran una ofensa personal” (Ana Bustelo), como es el caso de Milán Kundera, muy estricto con “los límites del editing” como lo llama él en Los testamentos traicionados, donde escribió: “la idea misma de ejercer de árbitro entre la versión de un creador y la de su corrector (censor, adaptador) es perversa. Sin duda alguna, se podría escribir mejor una u otra frase de En busca del tiempo perdido. Pero ¿dónde encontrar al loco que quisiera leer a un Proust mejorado?” Seguramente Kundera no sabía que Beatriz de Moura. su editora en España, que también era su traductora, cumplía con gran acierto la función de editor, al traducir.
El traductor es necesariamente un editor, porque tiene que poder trasladar, en el idioma y la cultura de llegada, lo que el autor escribió en su lengua original. Esto es lo que diferencia a un buen traductor de Google translate.
En la edición estadounidense abundan los testimonios, no porque sean mejores sino porque muchos editores lo han contado. El mundo hispanoamericano también tiene historias destacadas, pero pesa poco la tradición de escribir sobre ellas.
Fui testigo del trabajo intenso que Tomás Eloy Martínez, un escritor y periodista de irrefutable profesionalidad, hizo durante meses con Juan Forn, su editor en Santa Evita, el mayor éxito entre todas sus novelas. En los “reconocimientos” de la novela, Martínez escribió: “… y en especial a Juan Forn, que leyeron [incluye a Tununa Mercado y a Noé Jitrik] más de una vez el manuscrito y lo salvaron de oscuridades y caídas que yo no había advertido”.
Francisco (Paco) Porrúa, de Sudamericana, fue el primer editor de los entonces desconocidos Julio Cortázar y Gabriel García Márquez, pero nunca quiso hablar sobre su trabajo, Cuando ya retirado se instaló en Barcelona, muchos esperábamos que escribiera, pero no lo hizo. En una entrevista de Rodrigo Fresán dijo que su trabajo no tenía mayor importancia, aunque yo lo veo como un acto de falsa modestia y bastante egoísmo de su parte. Tampoco quiso escribir Arnaldo Orfila Reynal, gran publisher del progresismo del siglo veinte, director del Fondo de Cultura Económica y fundador de Siglo XXI en México, que vivió hasta los 100 y no escribió nada. Uno de sus discípulos, Alberto Díaz, acaba de publicar un trabajo magnífico, “Un editor para Saer”, que es un testimonio a la vez que un manual de lo que puede llegar a ser un buen editor.
No sabemos cuánto trabajo conjunto tuvieron Porrúa y García Márquez antes de publicar Cien años de soledad. En el caso de Rayuela, Porrúa trabajó meses con Cortázar, y si lo sabemos es por el escritor, gracias a la publicación de su correspondencia. Además del reconocimiento abierto que el autor hizo a su editor, al dedicarle Final de juego.
Alejandro Zambra, el poeta y escritor chileno, escribió: “Ahora sé que un editor es una especie de hermano mayor, que nos educa, protege y reprime, o quizás, directamente, un segundo padre, al que nunca dejamos de querer, respetar y temer, aunque luego lo desafiemos, y tarde o temprano, para crecer, o simplemente para sobrevivir, lo neguemos todas las veces que sea necesario, y hasta terminemos apuñalándolo por la espalda, en sentido psicoanalítico, por supuesto” (en Un cuento de Navidad, Gris Tormenta). Zambra se refiere a su editor periodístico, lo que no quita valor a la reflexión.
Ya terminado este texto, leo el reciente libro de Alberto Díaz Un editor para Juan José Saer, en el que el trabajo de décadas entre editor y autor sirve para una reflexión poco habitual acerca de hasta dónde puede llegar la función de un buen editor, y como esto es compatible y complementario con una gran amistad. Díaz destaca también el enorme beneficio intelectual que tiene para el editor, ser principal interlocutor de un gran escritor. Será tema de otro post.
Abr 29, 2024
El desastre al que llevó una política aplicada seis años, y que ahora comienza en Argentina
México, un país con una industria editorial poderosa, el que más planes de difusión de la lectura y más bibliotecas escolares tiene entre todos los países de lengua española, se encuentra en una situación de desgaste y al borde del colapso, debido a la eliminación de apoyos y regulaciones gubernamentales que ha llevado a editores, libreros y promotores de lectura a ejercer en un estado de precarización nunca visto en los últimos cien años.
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Abr 9, 2024
Muchas escritoras y escritores, inéditos y publicados, en algún momento se preguntan si vale la pena y si les conviene o no presentarse a algún premio literario.
Aunque se llama premio literario a eventos muy diversos, las dudas surgen con los premios que ofrecen mucho dinero y una gran promoción. Como no son premios como la lotería, que tienen que ver con el azar o con la suerte, sino con el reconocimiento de una capacidad, la respetabilidad del premio depende de su trayectoria (el palmarés), y del prestigio e independencia del jurado. La cantidad de dinero asignada siempre es un indicador de la promoción que tendrá. Muchas veces ese palmarés es bastante irregular -en términos literarios o de transparencia- como para decidir, y ese es el disparador de las dudas.
Estas surgen porque los premios literarios están muy estigmatizados en el ámbito intelectual, en especial los que convocan las editoriales, que tienen un claro objetivo comercial. Una editora de Madrid, en la primera reunión con el jurado les dio la pauta de la convocatoria: “lo que queremos es vender muchos libros”. Esto es lo que hay que tener claro, que estos premios son acciones promocionales, muy útiles para llamar la atención mediática y la circulación en redes, gnerando éxitos de venta.
A una escritora o escritor de verdad, un premio no le cambia la valoración de lo que ha escrito. Si una novela o un ensayo es bueno, no necesita el aval de ningún premio. Y si el libro premiado es malo, aunque se venda, seguirá siendo malo.
Quiero decir que nadie se presenta a un premio para saber si su libro es bueno o no, sino por razones mucho más profanas: cobrar mejor por el trabajo realizado, y conseguir muchos lectores más.
Se suele decir que los premios están arreglados, porque que es la editorial convocante quien elige el ganador. La duda de los escritores está en si la participación, que exige cierta incómoda complicidad, afectará a su imagen pública y hasta dónde. Nadie quiere caer en las garras de X.
Nada de esto sucede con los premios que se otorgan a libros ya publicados, como los nacionales, provinciales, municipales o los de unas pocas organizaciones privadas que mantienen su prestigio en base a la indiscutible jerarquía e independencia del jurado. Son premios que a veces otorgan una remuneración vitalicia, que es una de las mejores cosas que puede recibir un escritor. Otros, como el Goncourt en Francia (que otorga al ganador un euro), han logrado tanto prestigio y capacidad de prescripción, que se venden cientos de miles de ejemplares del libro elegido, por lo que la recompensa económica vendrá como derechos de autor.
Aunque en Francia hubo muchas denuncias sobre cómo las tres grandes editoriales (muy literarias y respetadas) manipulan los premios, el escándalo mediático no afectó a su prestigio, ni al efecto sobre la venta.
Volviendo a los premios que generan dudas, sería injusto sospechar de la complicidad de los jurados, porque ellos mismos, si es que no lo hacen los organizadores, siempre aclaran que eligen al ganador entre un reducido número de obras preseleccionadas por la editorial. Es absurdo pensar que un jurado leerá mil manuscritos, por lo que, en este proceso de preselección, está la posibilidad de manipular la decisión final. Los jurados se hacen las mismas preguntas que el escritor.
El premio Espasa de poesía de 2020 es un buen ejemplo de lo que quiero decir. Un miembro del jurado, el poeta Alberto de Cuenca, dijo al diario El País (20.9.2020) que la editorial les había entregado “cinco manuscritos flojitos”, entre los cuales “solo uno era mejor”. Quizás esta no era la editorial más indicada para convocar un premio de poesía, pero los premios son una de las pocas vías de lograr mayor difusión que tiene un poeta. El premio Loewe, que ya tiene 37 años, siempre ofrece buenas sorpresas, y no hay un negocio editorial detrás.
Los que ofrecen una recompensa económica importante son los que ponen al escritor a pensar. Tengamos en cuenta que un escritor es una rara especie que trabaja durante años sin cobrar, por lo que un premio de estos le puede cambiar de manera importante su futuro económico, y eso a los lectores no les parece mal. El mayor premio del mundo hispano está dotado con un millón de euros. Si el autor trabajó cinco años en la novela, el premio (sobre el que tendrá que pagar la mitad en impuestos) no llega al cincuenta por ciento de lo que gana un diputado.
“Los premios -dice el editor literario Constantino Bértolo-, se mantienen gracias a la complicidad de los medios de comunicación… y la sociedad responde positivamente al amaño. Jamás he visto que se llame corruptos a los ganadores, ni a los jurados, ni a la editorial”.
La sociedad tiene sobre los premios una mirada magnánima, porque tiene claro que es un acto promocional, que parece ser imprescindible para el sector editorial. A veces, los premios cuantiosos se utilizan para quitarle un autor exitoso a la competencia, o la nacionalidad del ganador ayuda a abrir o reforzar un mercado exterior.
El editor de Nórdica, de quien no se puede tener sospechas mercantiles, fue claro: “cuando hay un buen Planeta nos alegramos, porque a todos nos beneficia: cuánto más libros venda el librero, más [nos] podrá comprar” A lo que agregó Lola Larumbe, de la Rafael Alberti de Madrid, una librería mucho más literaria que comercial: “para la librería es un alimento esencial, necesitamos superventas”. (Peio Riaño, El País, 20.9.2020)
Los lectores cultos (llamados “literarios”) no esperan que ningún premio les descubra a un autor de calidad, pero no dudarán en leerlo si saben que el libro es bueno. Una novela de autora o autor muy mediático (suelen ser los preferidos), si no es buena, se puede mejorar antes de publicar, pero no dejará de ser regular. En cambio una novela de gran calidad, de un autor poco conocido, aunque gane un premio será difícil que logre una venta importante.
Los lectores exigentes son cada vez menos, y sus referencias les llegan de otras maneras. Pero la gran cantidad de gente que compra unos pocos best sellers al año es muy sensible a los impactos mediáticos, su principal fuente de información.
El círculo pareciera cerrar bien, y por eso los premios continúan.
A las editoriales grandes, al contrario que a los escritores, no les preocupa el qué dirán. Saben, por experiencia, que cuanto más se hable de un libro más se venderá, con independencia de que se hable bien o mal, y si se desata algún escándalo, todavía se venderá más.
José Manuel Lara Bosch, cuando era presidente de Planeta hizo esta reflexión:
“El premio nunca ha pretendido descubrir autores, ni promocionar autores; un premio puede acelerar el proceso del autor, acelerar el tiempo para que un autor consiga a sus lectores, como cualquier campaña de promoción. Un autor de verdad sale adelante con premio o sin premio, y un autor que no es escritor, después del premio también desaparecerá” (en Conversaciones con editores, editorial Siruela).
Nadie se alarmó, cuarenta años atrás, cuando su padre, el fundador de Planeta, en una entrevista en Televisión Española en la que el conductor le preguntó “señor Lara, se dice que usted decide personalmente a quién se le otorga el premio”, con la frescura y picardía que lo caracterizaba, respondió “¿y pretende usted que no sea yo quien decida a quién le voy a dar cincuenta millones de pesetas?
No se desprecia ni se impugna a quienes reciben un premios Nobel, el galardón de mayor prestigio universal, porque todos preferimos no recordar el origen del dinero que reparte. Si ningún escritor dudara ante la posibilidad de recibir el Nobel, entonces ¿por qué dudar de otros premios, que entregan un dinero de origen mucho menos cuestionable? Por suerte, el Nobel a veces nos da sorpresas, como Wilslawa Szymborska.
Hace muchos años estuve implicado en una impugnación, cuando Ricardo Piglia presentó una novela al premio Planeta de Argentina, cuyas bases decían que se premiaría a “la mejor novela presentada”. Piglia lo ganó, con un jurado del que es difícil sospechar complicidad: Tomás Eloy Martínez, Augusto Roa Bastos, Mario Benedetti y María Esther de Miguel. Sin embargo, un escritor montó un escándalo (atacar a Piglia era escandaloso), diciendo que premiar a un escritor consagrado quitaba posibilidades a quienes comienzan. No había leído bien la convocatoria, y tampoco la leyó el juez le dio la razón tratando la cuestión como si Piglia se hubiera presentado a un premio “para descubrir nuevos valores”.
Héctor Tizón, que además de un gran escritor era presidente del Tribunal Supremo de su provincia, dijo que “los jueces no se interesan por la literatura o la propiedad intelectual, porque son actividades en las que no hay dinero”. Piglia, la única vez que respondió a una entrevista sobre el premio, fue muy claro: se había presentado “porque el techo de su casa se llovía, y no tenía dinero para repararlo”. La novela premiada, treinta años después, se sigue defendiendo sola: es Plata Quemada.
Si sabemos y tenemos claro todas estas cosas, y conocemos la absurda realidad económica del trabajo de escribir, ningún escritor debería dudar en presentarse a los premios que quiera. Sería de iluso proponer que los escritores inéditos se presenten a los grandes premios, pero atención, según la web escritores.org, en España y Latinoamérica hay 3.000 premios literarios cada año.
Cristina Fallarás, una escritora y periodista conocida por no hacer concesiones, escribió en su blog un “Elogio de la trampa”:
“Si necesita que le lean, déjese de gaitas.
Presentarse a un premio literario, aunque esté vendido, tiene una ventaja innegable para usted que quiere publicar: le van a leer y van a escribir un informe sobre su libro.
Si usted es bueno, lo sabrán.
Los informes literarios sobre los libros no suelen ser dulces con los autores, pero si un libro es bueno, realmente bueno, acostumbran a detectarlo”
Mar 10, 2024
Transformar una política de gobierno de turno en una política de estado, es algo muy difícil de lograr en un país joven como Argentina, con una historia democrática inestable y agitada, y una tendencia a cambiar continuamente las reglas de juego de forma sorpresiva.
Sin embargo, hay un gran logro cultural llamado Programa Sur de apoyo a la traducción y edición en otros idiomas de las obras de escritoras y escritores argentinos, que se ha mantenido a lo largo de cuatro legislaturas, aunque estas tuvieran distintas prioridades y diferente color político.
Este programa permitió que, en los últimos quince años, se publicaran en 5o idiomas un total de 1.562 nuevos libros.
No se trata de un invento argentino, sino de la sabia adopción de este tipo de acciones que ofrece la mayoría de los países del mundo que consideran importante la difusión de su cultura, entre ellos varios países latinoamericanos como Uruguay, Colombia, Chile, México y Brasil.
Si estos planes no existieran, los libros de los escritores estadounidenses, que son la gran mayoría de los que se traducen y publican en todo el mundo, serían la única lectura posible.
El nuevo gobierno de Argentina, repitiendo una consigna tan elemental como engañosa, “no hay plata”, pone en evidencia la irracionalidad y lo compulsivo de las decisiones que toma, como si estuviera administrando una tienda de barrio, y no un estado que recauda mucho, para asumir sus obligaciones. En lugar de atacar las macro cifras, lo que afectaría a quienes se pueden defender, recorta los ingresos de los más indefensos, en un país que se supone rico en todo tipo de recursos, pero tiene más de la mitad de la población por debajo de la línea de pobreza.
La cultura, en lugar de ser el eje y la expresión de un país, y una forma efectiva y poco costosa de darse a conocer en el mundo, la consideran algo molesto, peligroso, un elemento de adoctrinamiento que hay que eliminar. Por eso se atacan presupuestos que, aunque sean insignificantes, siempre están en la mira de los gobiernos totalitarios. La frase del título, aunque erróneamente atribuida a Goebbels, representa muy bien esa forma de pensar.
Siguiendo los mismos preceptos, en argentina, a pocas semanas del golpe militar de 1976, el gobierno de facto encabezado por el general Videla quemó un millón de libros del Centro Editor de América Latina, cerró la editorial Siglo Veintiuno, encarceló a sus editores, e hizo desaparecer a muchos de sus autores.
El Programa Sur, que ha tenido un éxito arrollador en todo el mundo a lo largo de quince años, queda desmantelado. Hasta ahora, había servido para que se publicaran obras argentinas en el exterior, mediante el apoyo a la traducción. Las asignaciones las decidía un jurado de prestigio indiscutible, que cada año presentaba una propuesta de obras a traducir, asignando un monto a cada una en función de sus características. Un jurado que no ha tenido una sola impugnación en quince años.
Gracias a este programa se han traducido y publicado 343 títulos en Italia, 173 en Francia, 121 en Alemania, y muchos más en Bulgaria, República Checa, Estados Unidos, Grecia, Reino Unido, Macedonia, Suecia, Israel, Rumania, Egipto, Hungría y así hasta llegar a 50 países. Es algo que en los doscientos años de existencia de la República jamás se había visto. Un programa exitoso, logrado con una inversión insignificante dentro del presupuesto del estado: 300.000 dólares al año.
Se han publicado obras de escritores clásicos y contemporáneos, conocidos o no, de autores y obras elegidas por las editoriales interesadas. Cerca de 150 títulos nuevos cada año, durante 15 años seguidos.
En 2023 el presupuesto fue de 320.000 dólares. En una decisión incomprensible, el nuevo gobierno del presidente Milei lo redujo a 30.000. Es una provocación que minimizan, aunque genera un conjunto de consecuencias incalculable.
Lo que está detrás de esta decisión no es un ajuste presupuestario, sino una demostración de un poder voraz de destrucción. Esto no es un proyecto de país, sino una señal de que no hay ninguno. Esimposible no preguntarse en qué plano de la libertad (el lema con el que ganó Milei) se avanza con estas medidas.
Lo que se señala como un gasto innecesario, en realidad es una inversión básica del estado, muy menor en relación con el retorno que obtiene. Es como pedirle rentabilidad a la salud pública, o a la educación ¿cómo pretender que sea rentable lo que debe ser una prestación garantizada por la constitución?
Tengo más de cincuenta años de frecuentar librerías, y nunca se me ha acercado nadie —librero (independiente o no) o…
Otra vez da en la tecla. Deja una flecha en el aire. Muchas gracias.
Guillermo, estas reflexiones son una luz en la búsqueda de lectorado. Muy interesante y a tener en cuenta. Me viene…
¡Gracias! Como siempre, mucho y bueno por aquí. Buscaré los libros que menciona. Curioso el asunto con los medios sociales…
Muchas gracias, Willie, por tu posteo y la recomendación de artículos y págias web. Creo que pronto voy a tener…