En castellano se utiliza la misma palabra para designar dos funciones distintas, que en inglés se diferencian bien: el editor y el publisher. El editor (pronunciado acentuando la e) es aquel que tiene la profesión de editar, el publisher es quien se ocupa del negocio de publicar.
Lo que importa es diferenciar entre la profesión de editar y el negocio de publicar, porque los medios, y a veces los escritores, hacen un uso confuso, diciendo que se acaba de editar un libro, cuando en realidad se acaba de publicar.
Leer más: Todo autor necesita un editorAquí hablo del editor en el sentido del profesional que trabaja con el autor en su manuscrito, ya seapara revisarlo, corregirlo, reordenarlo o sugerirle cambios. Un trabajo que la mayoría de los escritores valoran, pero algunos detestan.
El editor no reescribe, ni tiene ningún poder de decisión sobre el autor, que es el único que acepta o no las sugerencias que recibe. “Nuestro trabajo consistía en hacer las cosas lo más claras y accesibles para el lector… El editor tiene que mirar hacia afuera de la editorial, es el publisher quien mira hacia dentro”, explica Michael Korda, director editorial durante treinta años de Simon & Schuster, en su libro Another Life: A Memoir of Other People, traducido al español con el penoso título de Editar la vida.
El editor colabora con el autor pensando en el lector, y también es quien lo defiende dentro de la editorial, ante el publisher, el equipo de marketing y el comercial.
Todo autor se beneficia si tiene un profesional que trabaje con él , porque “hay innumerables cuestiones que uno deja de ver cuando escribe” como dice Ana Bustelo, en su blog.
En la tradición editorial estadounidense la función del editor está muy generalizada, es deseada y hasta exigida por el autor. Hasta hace unos años, un editor se ocupaba de cinco o seis manuscritos al año, hoy en las grandes editoriales llevan muchísimos más, por lo que el trabajo no es igual.
Los editores que escribieron sobre su práctica cuentan que asumían su trabajo con un compromiso tan absoluto con el autor, que terminaban enfrentados o haciéndose amigos para siempre, al punto de que si un editor cambiaba de editorial, muchos autores se iban con él.
La periodista y escritora Leila Guerriero, dijo que en su trabajo como editora “a veces terminamos con el autor como primos hermanos”. (Feria del libro de Buenos Aires, abril 2024)
Saxe Commings, editor en los años 40 de Random House en Nueva York, tenía en su casa un cuarto de huéspedes para alojar a sus autores cuando veía que una novela no avanzaba. Autor y editor trabajaban juntos, conviviendo los siete días de la semana, hasta que del trabajo en conjunto surgía la obra deseada.
El escritor argentino Juan Carlos Kreimer, reflexiona en su libro Prosa Caníbal: “Mi editor, ex corrector de estilo, alguien que nunca publicó un solo cuento, suele salirme con: Si eliminaras tal oración ese tramo ganaría, si lo contaras desde el lugar del que no sabe… hay registros mezclados… Al aplicar sus indicaciones, admito que lo que deseo trasmitir mejora. ¿Cómo no me di cuenta, y él sí?”
También hay opiniones opuestas, con especial preocupación por la función del editor en las grandes editoriales, por el sesgo comercial que podría tener su intervención.
Jaime Salinas, uno de los grandes editores españoles (Seix Barral, Alianza, Alfaguara), pone condiciones para esta colaboración. El diferencia el trabajo del editor de la casa, al del editor profesional independiente. “A mí me inquieta mucho, pues esa en una labor que, naturalmente, tendría que hacer el escritor con una persona particular, conocida, en la que confíe. Esta figura [cuando el editor pertenece al staff de la editorial] está absolutamente condicionada por los criterios o la política de la empresa para la que trabaja y, por lo tanto, se convierte en un transformador para que el producto encaje” (en El oficio de editor, una conversación con Juan Cruz, Alfaguara).
Tener editor en casa es lo que hizo siempre Paul Auster: cuando terminaba una novela se la leía a Siri Husvet, su mujer y escritora ella también, que iba tomando nota de todas las sugerencias. “Son siempre inteligentes y mejoran mi novela”.
“Sigue habiendo muchos autores que no solo no entienden la labor del editor, sino que lo consideran una ofensa personal” (Ana Bustelo), como es el caso de Milán Kundera, muy estricto con “los límites del editing” como lo llama él en Los testamentos traicionados, donde escribió: “la idea misma de ejercer de árbitro entre la versión de un creador y la de su corrector (censor, adaptador) es perversa. Sin duda alguna, se podría escribir mejor una u otra frase de En busca del tiempo perdido. Pero ¿dónde encontrar al loco que quisiera leer a un Proust mejorado?” Seguramente Kundera no sabía que Beatriz de Moura. su editora en España, que también era su traductora, cumplía con gran acierto la función de editor, al traducir.
El traductor es necesariamente un editor, porque tiene que poder trasladar, en el idioma y la cultura de llegada, lo que el autor escribió en su lengua original. Esto es lo que diferencia a un buen traductor de Google translate.
En la edición estadounidense abundan los testimonios, no porque sean mejores sino porque muchos editores lo han contado. El mundo hispanoamericano también tiene historias destacadas, pero pesa poco la tradición de escribir sobre ellas.
Fui testigo del trabajo intenso que Tomás Eloy Martínez, un escritor y periodista de irrefutable profesionalidad, hizo durante meses con Juan Forn, su editor en Santa Evita, el mayor éxito entre todas sus novelas. En los “reconocimientos” de la novela, Martínez escribió: “… y en especial a Juan Forn, que leyeron [incluye a Tununa Mercado y a Noé Jitrik] más de una vez el manuscrito y lo salvaron de oscuridades y caídas que yo no había advertido”.
Francisco (Paco) Porrúa, de Sudamericana, fue el primer editor de los entonces desconocidos Julio Cortázar y Gabriel García Márquez, pero nunca quiso hablar sobre su trabajo, Cuando ya retirado se instaló en Barcelona, muchos esperábamos que escribiera, pero no lo hizo. En una entrevista de Rodrigo Fresán dijo que su trabajo no tenía mayor importancia, aunque yo lo veo como un acto de falsa modestia y bastante egoísmo de su parte. Tampoco quiso escribir Arnaldo Orfila Reynal, gran publisher del progresismo del siglo veinte, director del Fondo de Cultura Económica y fundador de Siglo XXI en México, que vivió hasta los 100 y no escribió nada. Uno de sus discípulos, Alberto Díaz, acaba de publicar un trabajo magnífico, “Un editor para Saer”, que es un testimonio a la vez que un manual de lo que puede llegar a ser un buen editor.
No sabemos cuánto trabajo conjunto tuvieron Porrúa y García Márquez antes de publicar Cien años de soledad. En el caso de Rayuela, Porrúa trabajó meses con Cortázar, y si lo sabemos es por el escritor, gracias a la publicación de su correspondencia. Además del reconocimiento abierto que el autor hizo a su editor, al dedicarle Final de juego.
Alejandro Zambra, el poeta y escritor chileno, escribió: “Ahora sé que un editor es una especie de hermano mayor, que nos educa, protege y reprime, o quizás, directamente, un segundo padre, al que nunca dejamos de querer, respetar y temer, aunque luego lo desafiemos, y tarde o temprano, para crecer, o simplemente para sobrevivir, lo neguemos todas las veces que sea necesario, y hasta terminemos apuñalándolo por la espalda, en sentido psicoanalítico, por supuesto” (en Un cuento de Navidad, Gris Tormenta). Zambra se refiere a su editor periodístico, lo que no quita valor a la reflexión.
Ya terminado este texto, leo el reciente libro de Alberto Díaz Un editor para Juan José Saer, en el que el trabajo de décadas entre editor y autor sirve para una reflexión poco habitual acerca de hasta dónde puede llegar la función de un buen editor, y como esto es compatible y complementario con una gran amistad. Díaz destaca también el enorme beneficio intelectual que tiene para el editor, ser principal interlocutor de un gran escritor. Será tema de otro post.
Interesante y claro. Me siento desconcertada en el tema y me gustaría contactar con algún editor pero si bien es fácil encontrar catálogos y publicidades de editoriales no así contactos con editores.
Querido Willie,
Me encantó este blog. Al igual que Auster, el editor de Steinbeck era su mujer. Ella leía su manuscrito, pero a condición que no le dijera más que: «Esto es maravilloso, querido.»
Abrazos,
Alberto
Más que celebrar a los editores en el Día de las madres, me parece que les queda mejor en el Día del maestro, que hoy se celebra en México. Como librero que soy de unos años para acá se me ha dado por leer los libros que publican los editores acerca de su actividad y así he leído algunos que ellos como editores han publicado, o les han publicado. He leído muy pocos, por cierto. Pero esos pocos los he disfrutado mucho. A Herralde, por supuesto. Epstein, Schiffrin, Muchnick, etc. Las colecciones, del FCE Libros sobre Libros; de la UNAM Biblioteca del editor; La Fundación Germán Sánches Ruipérez, y algunas otras que se me escapan han hecho una gran labor dando a los lectores interesados en estos menesteres material para saciar un poco su curiosidad. Un día de estos tengo que leer ese que recomeindas de Alberto Díaz Un editor para Juan José Saer. De quien por cierto tengo que leer sus libros pues solo he leído de él algunos ensayos sueltos.
Saludos desde Libros Monicongo, por el momento en la clandestinidad, o librería ambulante, como le gusta decirle mi pareja y socia Clara Zamora.
Silvestre Barrios/Libros Monicongo
¡Magnífico texto sobre los editores! Y muy apropiado en el Día de las Madres pues muchos editores son madres (y padres) de los libros que editan. ¡Gracias, Don Guillermo!