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Escritores: cómo tener una presencia digna y productiva en las redes

Un autor no puede dejar toda la comunicación en manos de la editorial, que tiene demasiados libros para promocionar. El autor tiene mucho que hacer, y hoy la comunicación pasa —nos guste o no— por las redes sociales. Conocer o hablar de los efectos nocivos no alcanza, necesitamos una forma coherente de estar en ellas sin traicionar los principios, y construyendo lectores

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Cómo el algoritmo va modificando la literatura

«Lentamente los valores del marketing son interiorizados por escritores, críticos, lectores y editores. El marketing se introduce en la escala de valores de lo literario», escribió hace cinco años el editor Constantino Bértolo en Una poética editorial (Trama). Hoy esa observación nos permite una nueva lectura: ya no es solo el marketing el que se ha incorporado a la escala de valores de la literatura y de la autoría, es el algoritmo.

Ningún escritor permanece indemne a lo que sucede a su alrededor. Todo termina influyendo en lo que escribe. Conozco autores que trabajan en un ordenador sin conexión a internet para aislarse de las redes sociales, de los buscadores, de los mensajes y del ruido exterior. Pero ni siquiera así se puede. Ninguno puede desconectarse de sus editores, de las conversaciones con otros escritores, de las ventas de sus libros, de las listas de más vendidos o de las novedades que aparecen en las librerías. Toda esa información acaba modelando, de una forma u otra, la percepción de la literatura. La escritura no parece posible en una isla desierta. (más…)

¿Qué leen los estadounidenses?

El “gran mercado mundial” del libro se sostiene en libros prácticos

“Antes, quien quería perder peso, mejorar su productividad o aprender una habilidad, debía leer cientos de páginas para obtener respuestas. Ahora puede plantear una pregunta a una Inteligencia Artificial y recibir una respuesta inmediata, personalizada y adaptada a sus circunstancias particulares.” Lo dice Tim Ferriss, el autor de libros prácticos que más vende en Estados Unidos, en una reflexión publicada en su blog en la que analiza algo que parecía impensable: la caída sostenida de sus propias ventas, después de años de estabilidad (https://tim.blog/, 12 de junio de 2026).

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Los escritores y la Inteligencia Artificial (Debatir el futuro pero no reclamar el presente)

 La IA ha sabido generar una sensación intimidante, de amenaza, que utiliza para distraer la atención de lo que más le importa: el negocio. Logró que se hable y se discuta mucho sobre qué sucederá en el futuro con la escritura y la traducción, como distracción de la deuda que debería pagar a los autores, traductores y editores por el uso sin permiso, absolutamente ilegal, de los textos de todo origen y soporte con que entrena su modelo. Los escritores deben agruparse en asociaciones dispuestas a enfrentar estos problemas y los que vendrán, que serán muchos más.

A principios de mayo circuló la noticia de que una empresa canadiense estaba comprando, en librerías de segunda mano, libros descatalogados (se dijo que 600.000 títulos), para alimentar más los recursos de algún chat de IA.

Para utilizarlos hay que escanearlos, lo que requiere destruir los libros, guillotinándolos por el lomo, de manera de convertirlos en hojas sueltas que luego serán restos de papel a descartar. No solo desaparece esa enorme cantidad de libros difíciles de conseguir, sino que alimentan más -sin permiso de los autores ni los editores-, sus modelos de trabajo.

¿Qué libros compraron y por qué? ¿Cómo se construyó ese listado de necesidades? No lo sabemos.

¿Qué decir de la IA después de la Encíclica del Papa? Nunca me hubiera imaginado citando al Santo Padre, ni que él fuera capaz de hacer una denuncia tan fuerte y clara: “La IA puede convertirse en una herramienta de dominación, exclusión y control si queda en manos del poder económico, militar o político”.

La diferencia entre las noticias y cómo se las titula

Por leer solo los titulares, que se redactan para lograr clics, aunque contradigan la noticia que titulan, la escritora y premio Nobel Olga Tokarczuk quedó en el centro de una discusión sobre literatura e inteligencia artificial.

Lo que circuló era la idea (falsa) de que una Nobel de literatura estaba incorporando inteligencia artificial para escribir sus obras, algo que generó reacciones inmediatas dentro del medio cultural.

Leyendo completas sus declaraciones no eran eso: la escritora hablaba de un escenario bastante más complejo e interesante: que la IA no debía pensarse únicamente como una innovación técnica, sino como un fenómeno capaz de transformar profundamente la manera en que circulan el conocimiento, el lenguaje y la imaginación, y “cómo cambia nuestra idea de creatividad cuando los sistemas generativos empiezan a incorporarse, incluso parcialmente, en el trabajo de autores consagrados” (en Proyecto451, 25.2.2026)

Para los escritores que se interesen en el uso de la IA en la escritura, vale la pena leer el documento emitido por The Authors Guild of America (Sindicato de escritores de Estados Unidos, 17.000 miembros) sobre “Buenas prácticas en materia de IA para escritores” (AI Best Practices for Authors, authorsguild.org, May 11, 2026).

Frente a estas preocupaciones, no puedo evitar recordar el miedo que las editoriales pasaron hace 19 años, cuando apareció el libro electrónico. Participé en media docena de reuniones en Barcelona, con altos directivos de la edición, algunos independientes y agentes literarios: la amenaza era atemorizadora.

Los gurús de la edición hablaban del “fin del libro como lo hemos vendido conociendo hasta ahora”, y un grupo importante de editoriales en España, decidió crear una empresa que se llamó Libranda, con el objetivo de generar y ofrecer sus propios e-books (y controlar que la reducción de precios no fuera exagerada). Duró solo unos años, luego la vendieron a De Marque, un grupo canadiense que ofrece tecnología para libros electrónicos.

Pasados casi 20 años de lo que parecía el fin del mundo, el libro electrónico hoy tiene una participación del 15 al 20% del total de libros vendidos, crece lentamente, y no se considera competencia. El e-book, como en su momento el libro de bolsillo se ha normalizado como un formato más de difusión de la producción editorial y autoral.

Ray Bradbury (el autor de Farenhei451) ya en los años 50 dijo que “Las máquinas no pueden disparar el proceso de la imaginación” (entrevista con Verónica Abdala, Clarín 30 de agosto de 2020). Muchos años después, lo confirma Nuria Cabutí, CEO de Penguin Random House, compañía que algo sabe sobre el tema: “La IA no supera a la creatividad humana porque no está haciendo nada nuevo”. (Olga Merino, en La Vanguardia, 6 de junio 2926)

Recientemente Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, declaró que en los desarrollos a cinco años del Chat GPT 6 y 7 no tienen previsto intentar un desarrollo de escritura creativa: “el chat podrá escribir textos, pero chatos, sin una creatividad como la humana”. ¿No es una declaración interesante?

El más perjudicado

Quien sufre por los desarrollo de IA es el planeta. El consumo de energía y de agua que requieren los grandes centros de datos es tan enorme como depredador, por lo que buscan sitios lejanos y poco regulados donde instalarse, porque en Estados Unidos les ponen cada vez más restricciones. Peter Thiel, principal proveedor de IA para la guerra, se ha trasladado a vivir a la Argentina, atraído por el ofrecimiento del presidente Milei, que publicó en el Financial Times (Junio 4, 2026) un artículo (“Argentina invites AI to free itself”) ofreciendo la instalación de empresas de Inteligencia Artificial sin ningún tipo de regulación ni control. El fundador de Palantir ya se había instalado en Buenos Aires, y compró miles de hectáreas en la Patagonia.

“Los centros de datos emitirán en 5 años tanto CO2 como todo Gran Bretaña hoy” (Antonio Cerrillo, La Vanguardia 4 de junio 2026, citado por Valordecambio.com)

Efecto distracción

El debate y la preocupación de escritores, traductores y editores es intenso, pero está distrayéndolos de la atención a cuestiones urgentes, como exigir el pago que les corresponde por el uso del contenido de millones de libros y textos de toda índole, en toda clase de soporte.

Quienes reclamaron, cobraron

Asó lo hizo The Authors Guild of America, el sindicato de escritores y guionistas de los Estados Unidos, que en 2025 ganó juicios a Google y a OpenAI por 1.700 millones de dólares ¡mil setecientos millones! También lo logró la SGDL, Société des gens de lettres de Francia,  que no reveló cuánto cobró.

Las empresas de IA fueron obligadas por los tribunales a entregar listados completos de las obras y textos que utilizaron sin permiso, lo que permitió descubrir que un porcentaje eran manuscritos inéditos, que en algún momento el autor o alguna editorial, habían subido a un chat de IA para corregirlo o evaluarlo.

Plegarias atendidas

Tuve la ocurrencia de preguntarle a los chats estadounidenses GPT4 y Claude y al chino DeepSeek qué podrían hacer los escritores para cobrarles por el uso no autorizado de sus textos. La respuesta de los tres fue similar y sorprendente: “Los desarrolladores de IA solo pagan a quienes reclaman”

Sintetizo unas respuestas, que fueron más amplias:

“La vía más directa ha sido demandar a las empresas. Autores y organizaciones están llevando acciones legales alegando violación de derechos de autor, argumentando que las IA están utilizando y explotando enormes cantidades de datos normalmente sin autorización, y que esas obras tienen un valor por el cual los creadores deben poder otorgar o negar permiso y ser compensados.

Los escritores no tienen que actuar solos, sino sumarse a demandas colecticas. Figuras como John Grisham, George R.R. Martin y Jodi Picoult acusaron a OpenAI de realizar un ‘robo sistemático a gran escala’ por entrenar modelos con sus obras sin consentimiento: ganaron. Unirse a este tipo de acciones colectivas multiplica la fuerza negociadora.

A diferencia de sus colegas estadounidenses y franceses, los escritores de España y Latinoamérica (publicados o no) tienen una pasividad asombrosa: no se agrupan ni reclaman lo que les corresponde cobrar. Entienden los peligros de la nueva herramienta, pero no actúan donde es posible hacerlo, reclamando el robo de su propiedad intelectual de la misma manera que reaccionarían ante cualquier atraco callejero. Descuidan así la posibilidad de una remuneración que, sin duda, será mucho mayor que lo que ingresan por regalías de libros vendidos. Al mismo tiempo que no se preparan para defenderse de una herramienta tan inescrupulosa como arroladora.

 

Argentina: la encrucijada de la edición

Sobrevivir en un modelo insostenible

Una tradición silenciosa

La política y la economía argentina desafían cualquier intento de explicación fuera de sus fronteras. Dentro del país, en cambio, el debate económico está en boca de todo el mundo: cualquier taxista habla de ‘la macro’ y ‘la micro’ economía con la misma naturalidad con que otros hablamos del tiempo. Eso no evita el sufrimiento —que se vive en carne propia—, pero revela una familiaridad con la crisis que se ha vuelto casi normal. Nada lo ilustra mejor que la carne, el alimento nacional: en el país ganadero por excelencia, los supermercados ofrecen carne importada de Brasil y Uruguay.

Llevada esta paradoja al campo editorial, la imagen no es menos inquietante. En los años setenta, las editoriales argentinas tenían una tirada media de diez mil ejemplares, y exportaba la mitad. Hoy apenas llega a mil setecientos, y una buena parte de los libros se imprimen en China o en la India.

En aquel período de esplendor, editoriales como Sudamericana, Paidós, Emecé, Losada, Eudeba y muchas más pequeñas abastecían a toda Latinoamérica. El 80% de los libros que se importaban en España, provenía de Argentina.  Allí se tradujo y publicó por primera vez en castellano a Joyce, Proust, Hegel, Kant, Rusell, Kirkegaard, D.H. Lawrence, Simone de Beauvoir, Sartre, Pavese, Henry Miller, Italo Calvino, Saint Exupery, Italo Svevo, Raymond Chandler, Dashell Hammet y muchos más. La Argentina -como México- se benefició con la llegada de editores y traductores republicanos que se vieron forzados al exilio.

Las escritoras argentinas tenían un lugar excepcional: en los años 60, una novela de Beatriz Guido, Silvina Bullrich o Marta Lynch, salían con una primera edición de cien mil ejemplares, algo que sucedía en pocos países del mundo.

La exportación no era solo un dato económico: fortalecía a las editoriales y les daba peso en el mercado internacional de los derechos de autor. Eso alimentaba una rueda de generación de valor que beneficiaba a toda la cadena del libro: editoriales, agentes, escritores, traductores, lectores y sociedad. Las editoriales eran sólidas en catálogo y en economía —dos aspectos que no pueden disociarse—, y eso permitía que un escritor con un buen libro supiera que no tendría dificultades para publicar.

Esa solidez permitía también algo que hoy suena casi heroico: asumir riesgos, buscar nuevas voces. Sudamericana, contó Gloria Rodrigué, ex directora y nieta del fundador (un republicano español exiliado en Buenos Aires), permitió la publicación de escritores desconocidos como Juan Carlos Onetti, William Faulkner, Julio Cortázar o Gabriel García Márquez, gracias a los millones de ejemplares vendidos de Cómo ganar amigos e influir sobre las personas de Dale Carnegie y La importancia de vivir, de Lin Yutang.

Emecé, una editorial comercial, vendió un millón de libros de Papillon, de Henri Charièrre, y publicó y sostuvo a un joven desconocido llamado Jorge Luis Borges, de cuyo primer libro se vendieron treinta y ocho ejemplares.

Esa función social de la edición —publicar lo que no vende para sostener lo que vale— está en riesgo.

El derrumbe del modelo

Entre los años setenta y noventa, los grandes grupos editoriales españoles compraron casi todas las editoriales argentinas históricas. Una nueva estrategia comenzó a tomarse desde las casas centrales, y con ella se redefinió no solo la propiedad, sino toda la cadena de valor: catálogos, exportación, política de derechos. Argentina perdió el control de su propia industria cultural. Pero las grandes empresas no son tan disciplinadas como parecen, por lo que algunas decisiones de sus editoras y editores permiten publicar  algunos libros por su valor literario, no por capacidad comercial.

Las consecuencias son cuantificables. Cuando en los años sesenta el país tenía veinticinco millones de habitantes, se publicaban cincuenta millones de libros al año. Hoy, con el doble de población, se publica la misma cantidad. El mercado editorial español, con una población similar a la argentina, es diez veces mayor. La diferencia no es cultural —los argentinos siguen siendo grandes lectores— sino estructural: es el resultado de décadas de inestabilidad, inseguridad jurídica y controles cambiarios, una receta que ahuyenta a los inversores.

A esto se suma la actual retirada del Estado del mundo de la cultura, el arte y la educación (el actual presidente ganó las elecciones diciendo que “venía a destruir el estado por dentro”, cuando en realidad solo cambio a los beneficiarios.  Durante años, y con gobiernos de diferentes tendencias, el estado fue un importante comprador de libros para abastecer colegios públicos y bibliotecas populares. Con la política de ajuste iniciada en 2024, esas compras se suspendieron para “eliminar el déficit fiscal”, que por supuesto no se eliminó, solo se postergó y sigue acechando.

La crisis afecta a todos los eslabones: autores que no encuentran quién los publique, traductores que ven reducidos sus encargos y tarifas, editores que no pueden sostener catálogos, libreros al borde de cerrar. La Cámara Argentina del Libro lo resumió con un dato brutal: en 2025 se publicó un 17% más de títulos que el año anterior, pero la tirada total cayó un 34%. Más libros con menor tirada, un tiro directo a la rentabilidad.

La sobreproducción como trampa

El modelo que domina hoy la industria editorial, en Argentina y en España, pese a las grandes diferencias entre ambas, está basado en la sobreproducción. Las grandes editoriales generan una vorágine de novedades que rota a gran velocidad en las librerías: ningún libro dura más de un mes, la mayoría ni siquiera tiene el tiempo que necesita para despegar. La lógica no es editorial sino financiera: publicar más para mantener la facturación, aunque se sepa que la mitad de los libros no se podrá vender.

«Lo de las novedades es una burbuja que en algún momento explotará. En un mundo en el que llegan 350 novedades cada semana, estar todo el día sacando y metiendo libros en cajas es una pasada.»  (Librera de Pamplona, España, en Señalador noticias editoriales).

El sistema de distribución agrava el problema. Las librerías reciben todos los libros en consignación —en depósito, se dice en España— y devuelven lo no vendido. Cuanto más novedades reciben, más rápido tienen que devolver las anteriores para hacer lugar. Casi la mitad de esos libros regresa a la editorial sin haberse vendido. Son inversiones frustradas que generan un costo financiero que el negocio del libro no puede absorber, porque en Argentina, la tasa de interés que llegó al 81% anual el año pasado, hoy está en el 30%. Las editoriales más chicas y las librerías independientes no tienen acceso al crédito, lo que por momentos pareciera una suerte. Para sobrevivir, muchos libreros se ven forzados a no declarar todas las ventas y poder así pagar el alquiler. Es la única herramienta financiera que tienen a su alcance.

En los últimos años, el número de títulos publicados se ha duplicado, pero las tiradas son dos veces menores y las ventas dos veces menos. El modelo crea una dependencia permanente de la novedad: la liquidez depende de publicar más, no de vender mejor. Como señala Aranxa Mellado:

«Publicar para sostener la caja en lugar de publicar para construir valor de catálogo no corrige el desequilibrio financiero, lo difiere en el tiempo. El catálogo es cultura, pero el modelo que lo sostiene es economía.»  (Aranxa Mellado, actualidadeditorial.com)

El costo de los libros invendidos y la logística de distribuirlos y luego retirarlos absorbe una parte desproporcionada del margen editorial. Pero, señala Mellado, eso es solo la parte visible del problema. El verdadero impacto es financiero y acumulativo: cada novedad que fracasa no solo pierde dinero, sino que financia —con deuda— la siguiente.

La contradicción del sistema

En el corazón del modelo vigente hay una contradicción que ningún ajuste financiero puede resolver por sí solo: se aplica una velocidad industrial a un producto cuyo consumo —la lectura— no se ha acelerado con la digitalización. Los libros se producen más rápido, desaparecen de la venta más rápido, pero se lee a la misma velocidad de siempre.

El resultado es absurdo y perjudicial para todos. Los lectores pagan un sobreprecio por los libros, aunque no tengan ninguna responsabilidad: al comprar un ejemplar, tienen que pagar también el costo de otro que no se venderá. Los autores publican en condiciones cada vez más precarias. Los libreros operan al límite. Y las editoriales, atrapadas en una lógica que ellos mismos no controlan del todo, reproducen un ciclo insostenible.

La solución no es un misterio, aunque sí un desafío: publicar menos títulos con tiradas mayores, apostando por el catálogo y no por la rotación. Detener la bola de nieve requiere del acuerdo y el trabajo conjunto de todos los eslabones de la cadena —editoriales, librerías, autores— para redefinir un modelo que ya no sirve. No es un imposible. Pero exige voluntad colectiva y visión a largo plazo, y eso solo se puede hacer en los momentos de crisis, no cuando todo está bien.

Cada vez es menos sostenible en términos económicos, financieros, ecológicos y sociales. El modelo actual no es una etapa de transición: es un callejón sin salida del que solo se sale cambiando de dirección.

Una herencia que opera en silencio

Sin embargo, en abril de 2026 la Feria del Libro de Buenos Aires celebró su cincuenta aniversario con un millón y medio de visitantes. Los pasillos eran muchas veces intransitables (yo estuve allí). Los actos culturales llenaban salas y las filas superaban el aforo. Las escritoras y los escritores convocaban multitudes. Mucha gente quería saber más, y los libros se vendían. En ejemplares —no en pesos, donde la inflación distorsiona cualquier cifra—, se batieron récords de venta.

“El dato más llamativo no es la longevidad, sino su vitalidad” dijo José Calafell, alto directivo internacional del grupo Planeta (en Infobae, 10 de mayo de 2026). En la misma entrevista dijo también que “los inventos de marketing venden mil ejemplares”.

La feria es un fenómeno que desafía la lógica de la pésima situación económica actual, y que solo se explica por algo más profundo: el peso de una tradición cultural que, aunque muchos no la conozcan conscientemente, sostiene el hábito de la lectura, el respeto por el libro impreso, el deseo de escuchar a gente que piensa, la confianza en que eso vale la pena. Una herencia que no aparece en los balances, pero que está ahí.

«Una herencia que opera en silencio»  (Ricardo Piglia).

Esa tradición es el activo más valioso que tiene la edición argentina. Y también su mayor paradoja: es lo que permite que el sistema siga funcionando a pesar de todo, pero también lo que impide ver con claridad la magnitud de lo que se está perdiendo. Mientras los lectores llenen ferias y las salas se abarroten de público, será tentador creer que todo está bien. No lo está, pero hay materia prima suficiente para construir algo mejor.

La industria editorial argentina es argentina, aunque los accionistas estén en otros países.

 

Lecturas sugeridas para editores que comienzan

En una reunión en la Feria del Libro de Buenos Aires en la que el público era en su mayoría editoras y editores que comienzan, me comprometí a poner en este blog el listado de lecturas que sugiero. Un plan de doce libros, uno al mes durante un año.

Un recorrido a través de 12 libros…

  1. Unseld, Siegfried. El autor y su editor. Taurus
  2. Calasso, Roberto. La marca del editor (L’ impronta dell’editore). Anagrama
  3. López Winne y Malumián. La tirada. Edición y riesgo. Trama editorial y FCE.
  4. Gotlieb, Robert. Lector voraz. Navona
  5. Korda, Michael. Editar la vida. (Another life. A memoir of other people) Debate
  6. Perez, Sylvie. Une couple infernal. L’ecrivain et son editeur. Bartillat
  7. Bernard, Thomas y Unsel, Siegfried. Cómplices editora
  8. Salinas, Jaime. El oficio de editor. (Conversación con Juan Cruz) Alfaguara
  9. Conversaciones con editores. Siruela
  10. Un oficio de locos (editores), Ivory Press
  11. Constantino Bértolo, Una poética editorial, Trama
  12. Héléne Ling, Inès Sol, El fetiche y la pluma. Literatura y edición en el capitalismo tardío. Trama

Siempre hay muy buen material profesional en la revista TRAMAS https://tramaeditorial.es/

(Listado elaborado por G. Schavelzon para una presentación en la Feria del Libro de Buenos Aires, abril 2026)