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[Escribir bien es imprescindible, pero ya no suficiente]

El éxito para un escritor es siempre algo complejo. Se suele decir éxito refiriéndose solo a la venta, aunque en la edición tradicional el solo hecho de publicar y tener un cierto número de lectores ya lo es.

Éxito es seguir publicando a lo largo del tiempo, haciéndose un lugar como autor. Si con cada nuevo libro los lectores van aumentado, mejor. Los escritores van construyendo esto que llamamos éxito con varias obras y mucha paciencia, es un trabajo que lleva unos tiempos difíciles de acelerar.

El éxito es algo subjetivo, depende de la percepción y no de cotas precisas. No es un éxito un libro publicado en una gran editorial del que se vendieron mil doscientos ejemplares, aunque el mismo libro y la misma cantidad se vive como un éxito en una editorial independiente. La editorial grande perdió dinero con este libro, en cambio la independiente ganó.

Esta percepción que, aunque no se quiera, se traslada a los libreros y a los lectores es determinante para el futuro del autor.

El éxito tiene que ver comparaciones y profesiones, hace mucho daño perder esta perspectiva. Lo dice mejor Martín Kohan en el blog de Eterna Cadencia: “El éxito de un escritor es diminuto comparado con el de un futbolista o un cantante”.

El éxito de un libro no se consigue con cualquier cosa, incluso aquellos que se proponen escribir para vender, tienen que ser capaces de contar bien una historia y también tener “algo más”, aquello que no está escrito pero el lector percibe. A veces lectores exigentes al leer un best seller se sorprenden por lo bien escrito que está. Es cierto que algunos conductores populares de la televisión publican libros horribles que se venden mucho, pero estoy convencido de que son libros que se compran, pero no se leen, como si fuera un acto de adhesión al ídolo.

Mi experiencia personal es así, el mayor “éxito” de mi carrera como agente literario fue con el libro de memorias de Diego Armando Maradona (muy bien escrito por Daniel Arcucci), estoy seguro de que pocos compradores lo leyeron. En cambio, mis mayores satisfacciones provinieron de libros que muy rara vez fueron éxitos de venta.

Las “fórmulas ganadoras” que tanto se ofrecen en las redes a precios variables, o la copia de modelos que han sido exitosos, suelen terminar en libros anodinos que no funcionan. Incluso los lectores que solo buscan entretenimiento (como el Romantasy, el género que más se vende en todo el mundo) exigen de un libro bastante más de lo que se suele creer.

Algunas veces, muy pocas, hay éxitos que no tienen explicación, pero son una docena en los 150.000 libros que se publican cada año en español. Todos los grandes editores coinciden en que “los best sellers no se pueden fabricar”. Gastón Gallimard, el fundador de la dinastía dijo que “después de 40 años sigo sin saber por qué un libro funciona y otro no”.

A veces la estrategia del escritor es no tener estrategia, aunque quizás eso ya sea una, como dijo Ricardo Piglia: “no existe ninguna relación entre calidad literaria y consagración crítica o éxito de público. Mi estrategia de mercado es no tenerla: publico una novela cada diez años”.

Es cierto que no hay que confundir literatura con mercado, pero en cualquiera de los dos lados en que estés, no se puede prescindir del otro.

Samuel Becket declaró “no tiene ninguna importancia no publicar”. No dudo de que así pensaba, aunque lo dijo cuando ya había recibido el Nobel. “Si no escribo, me muero” sostiene Agustina Bazterrica, pero atención, habla de escribir, no de publicar.

Hasta finales del siglo veinte quien escribía un buen libro sabía que no tendría dificultades para publicar, pero hoy ya no es así, es un gran trabajo encontrar editorial. Hay un porqué.

El ecosistema industrial de la edición, basado en decisiones tomadas según algoritmos que indican “lo que la gente quiere leer”, y todas las nuevas formas de publicar y vender de la era digital, generaron un desequilibrio que no se termina de ordenar. El sistema comercial tradicional, que no ha variado en cien años, nos llevó a la sobreproducción generando una gran velocidad de rotación. No se sobreproduce para construir catálogo, sino por razones financieras, las editoriales tienen que facturar un poco más que lo que las librerías les devuelven sin vender.

Hay una contradicción peculiar entre la velocidad con que los libros se publican, y desaparecen reemplazados por nuevos. Es que el tiempo que requiere la lectura no se aceleró con la digitalización. Lo que se dificultó es dedicar tiempo a leer, cuando todo a tu alrededor funciona a gran velocidad. Por ahora, esto ha beneficiado más a TikTok que a la edición.

Nadie parece conforme en el mundo de la edición, los escritores ganan poco, los traductores y los editores también, las buenas librerías no se pueden consolidar, y las grandes editoriales están perdiendo rentabilidad, una combinación de dificultades que no tiene buen pronóstico.

Si los accionistas de las grandes editoriales derivan sus inversiones a actividades más rentables, como está sucediendo, ¿ayudará eso a los buenos libros? ¿Abrirá más posibilidades a las editoriales independientes, que no publican siguiendo las tendencias del mercado? No lo sabemos, pero toda la cadena necesita algunos libros de gran venta.  Hasta las librerías con una oferta muy seleccionada los necesita para ayudar a pagar el alquiler.

Los espacios que las grandes editoriales van dejando por falta de rentabilidad, son rápidamente ocupados por otras más chicas, que tienen otro modelo económico y cultural, y miden las cosas desde otra proporción.

Las nuevas formas de edición y difusión no tradicionales, como la autopublicación, la lectura en streaming, el tener a GoodReads como principal prescriptor, dieron oportunidad a un gran negocio. Hasta los grandes grupos tienen su editorial de autoedición. En 2025 en inglés se autopublicaron cuatro millones de títulos online. ¡cuatro millones, todos pagados por sus autores! En español tres millones, pero la media de ventas ha sido de cinco ejemplares por título.

[datos de la plataforma OpenEdition.com y de los informes de la Facultad de Periodismo y Comunicación de la Universidad Nacional de La Plata, Argentina]

La legitimación que desean los escritores, sin embargo, sigue otorgándola la edición tradicional. “El libro sigue firmemente ligado a su soporte impreso” (Ling y Sol en El fetiche y la pluma. Trama editorial). En Europa los libros físicos representan (2024) el 84% de los libros vendidos.

Los nuevos trabajos del escritor

Que para tener éxito ya no es suficiente con escribir bien, es un tema al que siempre vuelvo. (Ver en este blog “El autor a la intemperie”). Que los autores tengan que trabajar en la promoción, ser hiperactivos en redes, asistir a ferias y festivales literarios y otras tareas más para que su libro se venda, se ha incorporado con normalidad, aunque no se les pague por hacerlo. Vender -se supone- es el trabajo de la editorial.

Conclusión

Todas estas cuestiones que se consideraban ajenas a la escritura hoy forman parte del bagaje que necesita una escritora o escritor. No funciona más aquella metáfora del autor en su torre de marfil. Ya no hay marfil, ni torres donde refugiarse. Los escritores están expuestos a todas las inclemencias externas.

Los escritores ignoran demasiado cómo funciona el negocio de la edición, por eso se descuida las otras opciones de difusión (y remuneración), que no terminan con el libro publicado, sino que recién podrían comenzar.

El modelo económico de la edición tradicional y la venta de libros (sobreproducción, saturación de novedades, uniformidad de las grandes librerías), tiene casi un siglo, pero está dejando de funcionar. Las plataformas serias de autoedición ofrecen ya todas las herramientas que antes aportaba solo la edición tradicional, incluyendo la comercialización. La edición tradicional tendrá que ofrecer algo más.

No sé si lo que viene ayudará a los escritores o solo les hará trabajar más en cosas que quizás ni sepan hacer. Pero hay que hablar más de todo esto.