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Se aprende mucho de Netflix. Hay algo que me pareció especialmente relevante para ilustrar, con un ejemplo práctico y muy «de negocios» —lejos de lo académico—, qué poco sentido tiene el temor de los escritores a la Inteligencia Artificial (aunque Netflix invierta sumas mil millonarias en IA).

Netflix descubrió, mediante el análisis de datos tomados de los resultados, que las series basadas en novelas permiten una adaptación más efectiva, potenciando la conexión visual y sonora (actuación, música, ambientación), lo que suele generar mayor impacto que una historia original creada específicamente para televisión.

Los productores señalan que las novelas ofrecen tramas más complejas pero mejor resueltas, y personajes más ricos que las ideas originales para series. Al contar con una base narrativa sólida y personajes bien desarrollados, adaptarlas «reduce el riesgo creativo» —se refiern al riesgo de perder dinero por culpa de quienes escribieron—. Una buena novela permite que los guionistas construyan temporadas con historias detalladas y arcos largos que mantienen al público mucho más enganchado.

La conclusión es contundente: las series basadas en novelas son más exitosas y los costos de producción son menores cuando existe un contenido potente. que hace innecesario invertir en otros recursos que complejizan la producción y aumentan los gastos.

El valor de la literatura escrita por seres humanos es reconocido por Netflix —aunque no lo expresen en esos términos— sin consideraciones morales, neuronales o ideológicas: simplemente porque es mejor negocio. Y por eso me parece un ejemplo tan atractivo.

Quienes estamos más cerca del trabajo de los escritores y los lectores, sabemos de qué hablan. Es del «sustrato creativo» o «sedimento literario», toda esa acumulación de lecturas, reflexiones, investigaciones y decisiones (incluyendo lo que se descarta) que no aparece explícitamente en el texto pero que le da peso, autenticidad y resonancia. Es el capital intelectual y experiencial que sostiene cada frase sin necesidad de manifestarse directamente.

Hemingway, ese genial escritor que Ricardo Piglia admiraba oponiéndose a la tendencia a considerarlo comercial, lo llamó “la teoría del iceberg«: la idea de que lo que se escribe es solo la punta visible, mientras que la mayor parte del conocimiento y trabajo del autor permanece sumergido, invisible, pero sosteniéndolo todo.

Netflix, una de las grandes empresas del mundo, modelo de éxito, con millones de suscriptores que pagan por adelantado, con beneficios y excedentes financieros superiores a los de un gran banco, expresa en su lenguaje de business school el valor del trabajo humano, eso que difícilmente pueda ser reemplazado por una inteligencia artificial.