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París, 6 de agosto, 1980

Querido Guillermo:

            Te imagino sumergido en el concurso y sus bemoles. Recibí tu artículo sobre el problema editorial y me apuro a escribirte para darte mi nueva dirección […]

Me gustó el artículo por corajudo y porque es un tema que se toca muy poco: demasiado polémico y demasiado embarullado.

            Creo que una pila de cosas que vos decís ahí son ciertas. Leyéndolo me fueron apareciendo muchos comentarios, pero eso llevaría páginas enteras y mi experiencia no pasa [de] la de víctima o beneficiario de uno u otro sistema (el de los “pobres” y el de los “ricos” editores). En realidad no hay que olvidar, creo, que chicos o grandes, nacionales o multi, los editores son capitalistas y su negocio se inscribe, pues, dentro de las estrictas reglas del sistema (y esto no es peyorativo: mientras vivamos bajo régimen capitalista no es posible hacer otra política económica). Así pues, respecto a los derechos (limitados y subsidiarios) tenés razón en apuntar el beneficio que los escritores sacan (¡al fin!, aun cuando sean pocos) y el quilombo que se crea con tantas ediciones diferentes en librería. No obstante, esto parece responder a una regla de “enganche del cliente” a través del libro como objeto: diferentes tapas, tamaños, papel, etc., lo que no deja de ser patente entre una bella edición de Alianza y una horrible de Plaza: a texto igual… ¿Qué diferencia disfrazar un Citroen en AMI, Diana, 2CV?  El producto vendido es el mismo, varía la presentación. O el Winston de paquete duro y paquete blando… La literatura tiene muy poco que ver con eso, claro; y ahí entra también la historia del agente literario, sobre los que tan bien escribió Chandler en sus “Cartas”.

            Ahora bien, si las múltiples ediciones son perjudiciales, ¿cómo solucionar el problema de la distribución en el complejo mundo de habla castellana? Cualquier escritor sabe (y vos presentás justamente el caso Onetti) que editado en América no tiene gran chance de llegar a España y viceversa.

            Y en América, editado en México, llegará difícilmente a Bolivia o al Paraguay. No queda, pues, sino la solución de coeditar: una editorial en España, una en México y otra en Buenos Aires (y quién sabe si no haría falta otra en Caracas). ¿Cómo llegar a los lectores de Puerto Rico? ¿Cómo a los de Florida y Los Angeles? ¿Cómo a Lima? He aquí un asunto al que casi ningún editor, por sí mismo, puede dar respuesta segura. ¿Cómo podría entonces pretender tomar los derechos de toda una lengua y luego editar tres o cinco mil ejemplares?

En cuanto a los escritores nuevos, siempre tuvieron dificultad para editar. Ni hablar de los poetas y los cuentistas. Un editor chico, salvo un puñado de gente honesta, no aceptará publicarlo por miedo a perder su ya endeble estructura (es más barato y seguro comprar un extranjero a bajo precio) y si lo publica no podrá (o no querrá) pagar porque su plusvalía es insignificante. Un monopolio –Bruguera, Plaza, Planeta, etc.— lo tomará, es cierto, cuando haya rendido examen de ventas o de prensa (los poetas ni así). Pero, alguna vez, deberá tomarlos, porque los “grandes” escritores no pueden producir libros como chorizos, a razón de uno o dos por año a riesgo de producir porquería o de saturar su propio mercado. Es decir, una colección “monopolio” deberá, tare o temprano, apelar a los “nuevos” de calidad que le cuestan menos y salen respaldados por una colección prestigiosa amparada en los “grandes” (caso Narradores de Hoy o Seix Barral). Por lo tanto, si un editor ya grande debe asociarse a bancos para “comprar” los derechos de un García Márquez en cientos de miles de dólares, él sabe que no compra sólo un “texto”, sino un nombre capaz de vender cientos de miles y, a la vez, la cobertura del prestigio editorial que le permitirá luego presentar a Juan Pérez como el más grande narrador de los últimos veinte años. ¿Qué problema si el contrato se limita a dos años? Si un libro no se vende suficientemente en dos años no se venderá más (hablo del best seller, claro) y nadie tendrá ganas de renovar contratos. Si se vende, como es previsible, el editor no debería tener problema en volver a “ponerse” con un anticipo por otros dos años una vez consultada la computadora que calcula mercados y posibles ventas. En ese punto, pues, no estamos de acuerdo; tampoco en el que intenta demostrar que una editorial de 2.500 empleados  es más capitalista que una de 20; las reglas son las mismas, y las de 2.500 (ej. Einaudi, Mondadori) empezaron con cuatro o cinco empleados a medio tiempo, y claro, mal pagados. Cierto: el poder del monopolio está en destruir al pequeño y luego comprarlo una vez que este se ha hecho un nombre, pero allí de nada vale protestar o alarmarse: el capitalismo es salvaje o no es; cuando vos decís que el objetivo de estas empresas (los monstruos) es la rentabilidad, parecerías decir que el de las chicas no lo es. Guillermo, todos sabemos que el edito chico es a veces un artesano que ama su trabajo, pero jamás olvidará que ese trabajo debe dejar ganancia. Podrá darse el gusto de publicar uno o dos libros que den pérdidas, pero el grande (ver Gallimard) también “pierde” con muchos autores a fin de ganar en lo que llaman “fondo editorial” o el prestigio (¿cómo explicar si no la colección “Du monde entier”?). Un proyecto cultural “serio” y un proyecto editorial bastardo tienen intenciones morales diferentes, pero necesitan del mismo elemento: guita; acumulación, reinversión. Un autor al que se le paga un par de cientos de dólares de anticipo (o nada en la mayoría de los casos) y tiene éxito, querrá legítimamente, en una segunda oportunidad, “cobrarse” las deudas atrasadas; si el chico no puede, las pagará el grande. Lo contrario sería pretender que Gardel, si viviera, cantara en los cafetines de los amigos y grabara en Producciones López en lugar de CBC, RCA o más lejos aún, en una grabadora propia (trasladado a la edición ver “Orchid Enterprise S.A.”, de James Hadley Chase).

Tal como decís, es un círculo vicioso.

El problema de los agentes es más o menos el mismo (yo nunca he recurrido a ellos salvo para los países escandinavos o esos lugares donde sólo ellos conocen el asunto): un agente se interesa en los “grandes” que dan guita rápida; un buen agente aprovechará para vender el “paquete” (un grande y dos chicos: lo toma o lo deja, y el editor, si quiere el grande deberá aceptar a los chicos) y tratar de “hacer” de los chicos un buen negocio en el futuro.

Los escritores progresistas necesitan, en general, tiempo y dinero para escribir y también para ser progresistas, así como ineluctablemente irán a engordar a los monopolios, no por identificación, sino porque jugar en River o Boca no es lo mismo –en cuanto a público- que hacerlo en All Boys o en Tigre. Hacen igual que los progresistas, pero tal vez con culpa (pero no exageremos la culpa tampoco). El mecanismo es terrible, pero real. Tu ejemplo de Onetti es patente y la única culpa de su agente es no haber coeditado, de manera de vender tres veces más en América que en España. Pero gracias al recurso de derechos “recortados” él podrá vender, por ejemplo, bolsillo en América a otro editor. Vos decís que Onetti no está en las librerías mexicanas pero de Benedetti hay pilas: es cierto, pero son pilas de libros de Mario que no se venden en España, donde la poca fuerza o interés de Arca lo dejó casi desconocido. No olvides tampoco que, las preguntas finales de tu artículo no plantean el problema de la censura, que hace que no se pueda publicar en ningún país del cono sur y reduzca el enfrentamiento España-México. En carne propia yo he vivido el problema: por sabe dios qué despelote de edición, mi último libro que no puede ir a Argentina no está en Montevideo tampoco, lo que parecería ser elemental dado que millones de argentinos (los que compran libros) pasan allí sus vacaciones. Es elemental que si Onetti no está en Montevideo, debe estar en Buenos Aires, pero seguro que no está.

            Ya ves, he leído con atención tu artículo y aprovecho la carta para mandarte estas impresiones (siempre el oficio de editor me fascinó y desconcertó al mismo tiempo), que un escritor no debería hacer nunca por prudencia o por cinismo (en general, en las charlas de salón, los escritores hacen como que la cosa los tiene sin cuidado: eso es cosa de agentes, etc., pero yo confío tanto en el desinterés de los escritores como en el de los directivos de la Coca Cola).

            Guillermo, aprovecho para enviarte un fuerte abrazo. Si ves (qué pregunta) a Julio [Cortázar] dale cariños de mi parte y un beso a Carol. Hasta pronto.

Soriano

68, rue de Meaux

75019 Paris