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No sabemos cuántas novelas inéditas escritas en español buscan y no encuentra editorial, pero son muchas, como refleja la gran cantidad de quejas de los escritores, el elevado número de obras que se presentan a premios y concursos, y lo que dicen los editores, agobiados de manuscritos que buscan publicación. (En Anagrama varios miles al año, dijo Jorge Herralde; en las grandes editoriales, hasta 4.000. Las editoriales medianas y chicas no suelen dar cifras, pero estoy seguro que reciben cientos al año. Los premios literarios reciben entre 500 y 1.000 manuscritos, incluso aquellos que, por su historial, no son premios para autores inéditos.

Leer más: La dificultad para publicar. La principal preocupación de los escritores inéditos.

Que las novelas que buscan editorial son muchas, es más una sensación subjetiva que una realidad, porque ¿con base en qué marco se lo puede afirmar? Si lo pensamos en función de la población hispanohablante (500 millones de personas), son muy pocas, pero este no es un buen indicador ¿Cuántos novelistas podrá haber entre los 40 millones de hispanos que viven en Estados Unidos? Unos cuantos y excelentes, seguro, pero no mucho más. Una cosa es tener una vida de novela (todo emigrante la tiene) y otra es querer escribir una novela y ser capaz de hacerlo bien.

Es mejor medirlo en relación con el número de novelas que se publican. Sin contar los libros “auto editados” (aquellas ediciones pagadas por el autor que nadie lee, de las que Amazon es el principal beneficiario), en español se publican alrededor de 180.000 nuevos libros cada año, de los cuales, según estadísticas de Cerlalc (Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe), y de la Federación de Gremios de editores de España, un 21% (37.800) son novelas, de las cuales un 40% (15.120) están escritas en español.  No es una cifra exacta, pero sí una buena aproximación.

Que cada año de publiquen 15.120 novelas escritas en español no me parece una cifra baja. Claro, esto incluye las nuevas novelas de quienes ya habían publicado antes. ¿Cómo calcular cuántas de este total son de escritores inéditos?

De los libros que se publican cada año solo el 7% son reimpresiones, lo que quiere decir que el 93% (14.061) son libros de primera edición. Esta cantidad refleja una posibilidad bastante interesante para quien quiera publicar por primera vez.

La bajísima proporción de reediciones de los libros publicados, no es exclusiva del español: en Francia solo el 10% llega a segunda edición, y el 7% en Estados Unidos.  Que el porcentaje de libros que tienen éxito (de venta) sea tan bajo, muestra, aunque no sea aquí el tema principal, que los editoriales, pese a los avanzados estudios de mercado y la abundante información de los algoritmos, siguen trabajando con el viejo método de acierto y error. También es una constatación de que los best sellers no se pueden fabricar ni prever.

Que las editoriales se equivocan bastante, o que aciertan poco, es un mal consuelo para el escritor al que le dicen que no, pero algo lo es.

El bajo porcentaje de reimpresiones es también una señal de la salud (o de la mala salud) económica y financiera de la industria editorial, ya que las reimpresiones son las que aportan el mayor porcentaje de ganancias.

Si las editoriales ganan poco, será poco lo que puedan arriesgar, y menos escritores inéditos podrán publicar. “Necesitamos editoriales que ganen mucho, así podrán pagarnos mejor”, dijo Ricardo Piglia en Los diarios de Emilio Renzi.

Quince mil novelas de escritores nuevos al año es una cifra importante. ¿Por qué entonces se habla tanto de la dificultad para publicar?

Las quejas son un tema recurrente que, magnificada por las redes, deja a los escritores inéditos la sensación de que es casi imposible publicar. Quien terminó una novela o un libro de no ficción, si se atiene a estos comentarios tiene pocas ganas de buscar editorial. Sin embargo, las cifras indican que la posibilidad de conseguirlo no es tan baja.

¿Dónde está el problema?

Leer los testimonios de los editores genera alarma, todos dicen estar agobiados por la cantidad de propuestas de edición. Es verdad que una editorial grande, que recibe entre 2.000 y 3.000 propuestas al año y solo publicará diez, tiene difícil hacer un trabajo de selección riguroso, por el costo inabordable que tendría.

Cuando en 1990 la prestigiosa editorial Doubleday, de Nueva York, decidió no aceptar más manuscritos no solicitados que no provinieran de sus propios autores o de agencias literarias, y así lo puso en su Web, estaba recibiendo 10.000 al año. Cuarenta cada día, lo que les resultó imposible de afrontar.

La mayoría de los libros que una editorial grande publica, de todos los géneros, se compone de un amplio abanico de procedencias, formado por las contrataciones globales de la casa central, las obras traducidas de todos los idiomas, los libros que encargan los editores, y los nuevos libros de los autores de la casa.

Siguiendo el hilo de esta reflexión, podemos preguntarnos por qué “los rechazos” son tantos, y por qué razón lo son. Hay editoriales que con lo que ya tienen contratado les es suficiente, y ni miran ni responden a las propuestas recibidas, pero hay otras que hacen un gran esfuerzo por revisar lo que les llega, siempre que después de una primera y rápida selección, les parezca que se justifica.

¿Qué es lo que un escritor tiene que hacer para lograr que esta “primera y rápida selección” le favorezca?

Comentan los editores que, dos tercios de lo que reciben, no tiene ningún atractivo ni calidad como para ser leído completo, y lo que me parece peor, es que un alto porcentaje se trata de géneros o temáticas que esa editorial no publica, lo que habla mal del autor que la envió. Visto de otra manera, si un 20 o 30 por ciento de las propuestas tiene algún valor, ya es una cantidad sorprendente.

Se escribe más, pero no se lee más.

El crecimiento del número de gente que escribe ha sido mucho mayor que el crecimiento del número de lectores. La necesidad y la pasión por escribir (como profesión o como afición) es mucha. El notable crecimiento de los masters, las escuelas de escritura y los talleres literarios, son un indicador. Sin duda internet y la tecnología han puesto su parte, y es evidente que las editoriales no han acompañado ese crecimiento, lo que se entiende, porque el número total de libros vendidos en las dos últimas décadas no ha aumentado.

Los rechazos, con la industrialización de la edición, tendrían que ser apenas una experiencia más para el autor, pero a veces no lo son.  Los que luego se mostraron como grandes errores no son un consuelo, pero tendrían que ayudar a aceptarlos mejor. El Ulises de Joyce fue rechazado, entre otros, por editores como Leonard y Virginia Woolf. Proust fue rechazado en Gallimard por André Gide (también escritor), y Harry Potter fue rechazado por más de veinte editoriales, para terminar convirtiéndose en el libro más vendido del siglo veinte. Einaudi, la mejor editorial literaria italiana del siglo veinte, rechazó El Gatopardo de Lampedusa, y Doctor Zhivago, de Boris Pasternak. Ambos fueron publicados por Feltrinelli, con un éxito extraordinario.

¿Por qué rechazan tanto las editoriales?

Más allá de los criterios de calidad o comerciales (cada editorial tiene los suyos), o de que se trate de temáticas o géneros que la editorial no publica, no hay razones que definan las causas del rechazo o de la aceptación, ya que cada editorial y cada colección, se rige por criterios de sus editores, que son siempre diferentes, y en eso consiste la riqueza de la oferta, la “bibliodiversidad”. Aunque hay algunas consideraciones útiles:

Las editoriales rechazan por cuatro razones:

  1. Porque no les interesa considerar nuevas obras.
  2. Porque lo recibido es de una temática que no publican.
  3. Porque consideran que lo recibido no tiene suficiente valor literario o comercial .
  4. Porque la autora o el autor no supo cómo presentarlo a la editorial adecuada, y de forma correcta.

El primer punto no requiere mayor reflexión. El segundo señala que el autor ni siquiera miró qué publica la editorial a la que envió una propuesta o manuscrito, y aquí hay mucho para trabajar. El tercero no forma parte de esta reflexión. En los puntos 2 y 4 es en los que más podemos actuar. Estoy convencido que una gran parte de los rechazos se deben a que la autora o el autor no eligió la editorial adecuada, y no supo cómo presentar su obra.

Cuando se descarta por razones de calidad o de posibilidad comercial, lo que genera más desconcierto en el autor está en la respuesta, o en la falta de respuesta, o en recibir una carta impersonal, con argumentos generales idénticos para todos, que nunca dice la verdad.

Las respuestas que no aportan nada, porque dicen “no la vemos en nuestro catálogo”, o “no sabríamos cómo venderlo”, tampoco ayudan al autor a considerar que quizás debería trabajarla más.

Los editores, ¿tendrían que hacer este trabajo?

Muchas veces les escuché decir que no son docentes, ni talleristas, ni maestros de escritura creativa. Pero claro, si se considera malo un manuscrito y el editor no se lo dice al autor ¿quién lo hará?

Sería deseable que las editoriales fueran más cuidadosas con los escritores, ya que viven de ellos, pero no lo son y tampoco quieren serlo, o no están dispuestas o no pueden destinar una parte de su presupuesto a leer y responder a cada uno en forma individual..

La opción que más me interesa, es la de la dificultad para encontrar editorial teniendo un buen “manuscrito”, por no saber presentarlo a la editorial adecuada y de la mejor manera.

Conozco muchas escritoras y escritores que han trabajado años en una novela, en soledad o en talleres  literarios o escuelas de escritura, haciendo todos los esfuerzos y sacrificios que implica escribir, y que cuando finalmente tienen su obra terminada, no se toman el trabajo necesario para saber cómo ofrecerla a una editorial.

Encontrar editorial, nos guste o no, es un trabajo más. Cómo presentarla y a quién, son las preguntas a responder. Hay millares de recursos en cualquier buscador de Internet.

Esta situación es la que más me interesa, porque es donde más se puede actuar, solo requiere trabajar un poco más. Poco, comparado con el esfuerzo de haber escrito una obra, de cualquier género que sea.

Un tema sobre el que me interesa continuar.