Una cosa es escribir, como hacen los publicitarios, los que redactan instructivos para armar muebles, los chats y los que suben mensajes a las redes, o los que escriben los folletos que acompañan a los medicamentos, y otra cosa es trabajar con el lenguaje y la imaginación, es decir ser escritor.
A los primeros, la escritura robotizada les ayudará a hacerlo mejor, más comprensibles, a disimular los efectos secundarios del medicamente que describen, y a evitar los errores gramaticales que los caracteriza. A los segundos, los escritores, la IA les propone dejar de hacer lo que más les gusta, lo esencial de su vocación: escribir.
“La civilización… ha permitido que el medio crezca hasta convertirse en fin y aplaste a su usuario” Lázló Földenyi, en Dostoievky lee a Hegel en Siberia y rompe a llorar
Si la Inteligencia Artificial (IA) aplicada a la escritura, personalizada al máximo después de hacer, en minutos, un análisis de todos los libros publicados por un autor, fuera capaz de generar, como se está diciendo, una nueva obra en base a todo lo escrito hasta ese momento por un autor, ¿dónde queda la posibilidad de cambio, de innovación, de ese escritor? ¿cómo podría la IA escribir una nueva novela en la que el autor fuera a más, aportando lo logrado por nuevas lecturas, ideas o investigaciones, modificando el estilo de su obra anterior, creando nuevos lenguajes, o nuevas formas de utilizarlo, con personajes e historias diferentes, aportando todo lo nuevo que un escritor suele avanzar en los libros siguientes?
“Si las historias generadas por IA pueden igualar la experiencia que buscamos de las historias escritas por humanos, difícilmente el editor promedio de hoy esté tan interesado en ellas… Las personas que trabajan en las editoriales son humanos que quieren producir trabajos significativos de otros humanos. Generar, editar y publicar trabajos de IA probablemente no parezca atractivo para aquellos que eligen publicar por pasión por la literatura, al menos por ahora” (en Hotsheet.com, citado por Proyecto451.com).
La IA propone al escritor que deje de hacer lo que más le interesa
Esta reflexión, que me parece esencial y cuya discusión recién comienza, viene al caso por la trascendencia mediática que está teniendo la Inteligencia Artificial aplicada a la escritura.
La GPT (Generative Pre-trained Transformer), está causando una gran conmoción. Se llama así a un modelo robótico de lenguaje que emplea aprendizaje profundo para escribir textos y generar contenidos que simulan la redacción humana, y que permite a algunos preanunciar el final de la escritura como la conocíamos (Jorge Carrión, El GT-5, la escritura y la edición: escenarios del inminente futuro, Infobae.com, 31 de marzo de 2023).
Al leerlo así, no puedo dejar de recordar a quienes anunciaron el fin de la pintura ante la llegada de la fotografía, el fin del cine ante la llegada de la televisión, y más recientemente la cantidad de gurús que auguraban con certeza el final del libro de papel, ante la irrupción del electrónico.
“Con la emergencia de las IA, aparece un temor que afecta a nuestra industria: demasiada escritura o contenido generado devaluará el mercado de la «buena» escritura” (Yuval Harari et al, en The New York Times, 24 de marzo 2023).
Jorge Carrión, escritor y crítico muy atento a las transformaciones tecnológicas, hace un análisis de lo que implica la llegada de la Inteligencia Artificial a la escritura creativa. Sugiere que “las redes neuronales podrán escribir obras de autores del pasado, para publicar nuevos libros de Agatha Christie o de Ian Fleming”, cosa que, a la antigua, ya se viene haciendo con Stieg Larsson o Manuel Vázquez Montalbán.
La gente que escribe
Me gustaría hacer una consideración sobre la cantidad de gente que escribe que no son ni se proponen ser escritores. Millares -o millones- de personas a las que les gusta, o que necesitan, o que les ayuda escribir, sin preocuparse -como los escritores-, por el resultado de lo que escriben, porque casi siempre lo hacen para ellos mismos. Gente que lleva diarios, que escribe al atravesar -o para atravesar- momentos difíciles, para recordarlos, comprenderlos u olvidarlos, gente que escribe para establecer un diálogo consigo mismo. El éxito sorprendente de las libretas y cuadernos de diseño y alta calidad, cuyo precio sugiere que no se compran para hacer la lista del supermercado, es para mí un indicador. Detrás de la compra de cada una de estas libretas, siempre se esconde un deseo o una necesidad de escribir.
Una consideración aparte merece quienes escriben en chats y redes sociales, hay miles de millones de usuarios que también son “gente que escribe”, y le gusta hacerlo sin tener como objetivo ser escritores. Por lo general son escrituras vulgares, estereotipadas, a las que seguramente la IA les aportará soluciones, grabándole los mensajes imitando su voz, o escribiendo sin faltas de ortografía. Pero fuera de las redes, a toda esta gente que escribe sobre papel, no le atrae la posibilidad de hacerlo en forma robotizada, porque les quitaría la acción de escribir, y les aportaría lo que no les interesa: un resultado, pero eliminando la acción, el diálogo interior que desean.
“Ya hay autores y editores que analizan el mercado y crean historias que se ajustan a un cierto modelo preconcebido y la IA podría servir bien para ese propósito. Pensemos en los editores ‘proactivos’ que saben exactamente el tipo de libro que quieren publicar; podrían delinearlo y luego instruir a la IA generativa para que escriba un borrador basado en un corpus de material similar” (Hotsheet.com, citado por Proyecto451)
Lincoln Michel, un escritor estadounidense nacido en Virginia, muestra cómo se ven estas cuestiones desde una perspectiva profesional muy norteamericana: “la IA no reemplazará a los narradores humanos, sobre todo porque no hay un beneficio económico claro al hacerlo” (Proyecto451.com)
Pensar en la IA más allá de la escritura es muy complejo y no podría hacerlo, pero es alarmante la carta abierta que firmaron más de mil personalidades, diciendo que los laboratorios que trabajan con esta tecnología están en una carrera fuera de control. Entre los firmantes está el empresario Elon Musk (Tesla, Twitter, SpaceX, extracción de níquel, cobalto y litio), lo que solo puede generar desconfianza. Unos días después, apareció la sorpresa: “Elon Musk planea crear una startup que rivalice con OpenAI” (Diario Perfil, 14 de abril 2023). ”
La empresa líder OpenAI, de cuya inteligencia no tendríamos que dudar, hace una declaración de principios que nos permite sospechar que las cosas difícilmente sean así: “Nuestra misión es garantizar que la inteligencia general artificial (sistemas de IA que generalmente son más inteligentes que los humanos) beneficie a toda la humanidad”
¿Perderemos nuestro empleo por esta tecnología?”, se preguntan Lydia DePillis y Steve Lohr en The New York Times, 18 de abril 2023.
Querido Guillermo:
Creo que las afirmaciones apocalípticas son una consecuencia lógica de que el libro haya pasado de ser un producto cultural (minoritario) a uno de entretenimiento (masivo): todo se convierte en drama.
Como siempre, tu análisis es excelente. No obstante, yo veo un aspecto positivo en la irrupción de la IA en el mundo editorial: que el libro como objeto vuelva a ser minoritario y se impriman solo esas historias cuya calidad literaria sea indiscutible. El resto se podrían publicar únicamente en versión digital, del mismo modo en que algunas películas se estrenan en los cines y otras muchas van directas al formato dvd, a plataformas digitales o a webs de streaming.
No veo necesario publicar 90.000 libros en papel cada año, como ocurre ahora en España. El planeta y los amantes de la buena literatura agradecerán que se restaure un equilibrio sostenible.
La IA terminará escribiendo esos libros que entretienen a millones de lectores. Pero solo cuando la IA sea capaz de sentir y emocionarse y transmitir esa emoción, podrá escribir un libro inolvidable. Hasta entonces, ¡larga vida a los autores humanos!
Me he bajado el ChatGPT por aquello de conocer al enemigo y la verdad es que me estoy divirtiendo mucho con el contenido que genera, pero no creo que sea una amenaza para los escritores…al menos todavía.
Como siempre, certero. Gracias por el enlace a NYT en español.