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(C) www.bilbaoactual.com

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 Qué penoso es ver a los políticos europeos peleando para no aceptar refugiados en sus países, gente desesperada que huye de las guerras, sostenidas con la venta de armamentos que hacen los mismos países europeos que no los quieren recibir. (El 28% de la exportación de armas de España ¡es a Siria!).

Mientras este debate oprobioso, indigno y vergonzante lleva la tensión de la Unión Europea al límite, asistimos a un curioso fenómeno unificador: el lanzamiento en todos los países, en forma simultánea, del tomo IV de la serie Millenium ™ de Stieg Larsson, solo que ya no está escrita por él, su muerte es conocida por los lectores. Estos hechos tan contrastados nos sumen en una gran paradoja.

Es público que este escritor sueco, ex periodista, ex editor de revistas de izquierdas siempre en riesgo, de vida modestísima, que nunca ganó más que para sobrevivir, dedicó sus últimos años a escribir los tres primeros tomos de esta saga, y murió de un ataque al corazón a los 50. No llego a ver publicada su obra, que tuvo un éxito tan arrasador como internacional, vendiendo más de 80 millones de ejemplares.

A su muerte, Suecia pudo vengarse de las acusaciones de corrupción que inundaban la trilogía, y desconoció a la que durante treinta años fue su mujer de, dejándola sin nada porque administrativamente no estaban casados, solamente llevaban 30 años de convivencia, cuentas bancarias compartidas y todo lo demás. Suecia, ese país que tanto  admirábamos por lo avanzado de su sociedad, cuna del estado de bienestar y de la igualdad de derechos para hombres y mujeres. ¡Qué desilusión!

La justicia decidió que los únicos herederos de la obra, y de los (calculo) 70 a 80 millones de euros producto de libros y películas, eran el hermano y el padre de Larsson, dos señores que hasta ese momento lo habían despreciado por lo poco rentable de sus simpatías políticas. Es que Stieg Larsson fue siempre un perdedor, se comprometía con causas sociales que perdían, siempre estaba en la oposición, nunca supo ganar dinero, y para colmo, dedicaba horas, días y años a escribir unas novelas que nadie le quería publicar.

Si Larsson viviera hoy, no estaría de gira mundial presentando la nueva novela, sino peleando en defensa de los refugiados, denunciando la política europea, señalando el humillante espectáculo que estamos observando.

El padre y el hermano son un buen ejemplo de cómo los herederos de un escritor pueden perder los límites morales, cuando lo único que les importa de la herencia recibida es cuánto les va a dejar. Ni siquiera hay hipocresía en ellos, tienen toda la convicción de que lo que hacen está bien.

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Transformando una obra literaria en un negocio de brand business, un negocio “de marca”, han dado una lección al mundo editorial que busca nuevas rentabilidades: una serie de novelas que se puede manejar como el negocio de las grandes marcas de la moda, donde nadie se pregunta si lo que se muestra en las pasarelas es leal a la línea que tenía la señora Chanel o el señor Christian Dior. Millenium se ha convertido en un Prêt-à-porter, y podría haber nuevas, diferentes versiones, para otoño o invierno.

La franquicia no es un invento nuevo, solo asistimos a una nueva, exitosa forma de hacerlo. Hace muchos años, al primero que le escuché decir que lo que más unificaba a las grandes ciudades era el franchising, fue a Carlos Monsiváis de paso por Barcelona.

la industria del libro funciona no solo a base de lectores, sino, especialmente, de consumidores. Cuántos más, mejor.  Carlos Zanón, Babelia

Aunque no sea nuevo, es algo que no siempre sale bien, como acabamos de ver con el intento de revival de la novela Ve y pon un centinela, de Harper Lee, “el acontecimiento literario más esperado de los últimos años” según El País, que fue un rotundo fracaso. No lo supieron hacer.

Seguramente la familia Larsson tiene buenos abogados, y todo esto es muy legal. Lo que no quiere decir que sea muy correcto. El padre y el hermano de Larsson, después de despedir a Eva Gabrielsson, la compañera de toda la vida, a la que le obligaron a entregar hasta el ordenador con todos los archivos de Stieg, dejándole solamente la mitad del piso de 60 metros cuadrados –que también les tocó en herencia—donde la pareja había vivido siempre. Unos señores devastadores hasta lo impensable, que pusieron en acto todo lo que denunciaba Stieg.

Ella solo había pedido que la dejaran supervisar el uso de los papeles inéditos de Larsson. ¡Ahora se entiende por qué no lo aceptaron!

¿Dónde acaba el homenaje y empieza el negocio (o incluso la traición)? ¿A quién pertenecen los personajes literarios y cinematográficos, a sus autores o a sus lectores? ¿Es posible recuperar cualquier personaje? ¿Hasta dónde se puede estirar una serie sin que acabe totalmente desnaturalizada? Las franquicias literarias plantean estas y muchas otras cuestiones.  Guillermo Altares, Babelia

El lanzamiento del volumen IV ha sido potente en todas partes. Ni uno solo de los más de 30 editores de Larsson en todo el mundo, ni los que fueran sus traductores y ahora lo son de este nuevo volumen, creyó que tenía algo que explicar. Hay un silencio llamativo, en la sociedad y en los lectores de Larsson, que pareciera que solo saben poner likes. Este  nuevo volumen no es obra de un ghost writer, tiene un nuevo autor, que parece que escribe bien. Padre y hermano no quisieron recordar y repetir el estilo de su hijo y hermano, aunque tanto dinero les dejó, y ahora que pudieron elegir, lo hicieron por un ganador. Miren si no:

Foto del ganador

David Lagercrantz durante la gira internacional de promoción de la cuarta entrega de Milenium

Lo triste de esta foto es el gesto obsceno de triunfador, tratándose de un escritor, y la imagen contundente de Larsson observando desde atrás, donde lo pusieron como avalando lo hecho, aunque en realidad no lograron modificarle una mirada lúcida, apesadumbrada, con un sesgo de quien conoce el lado oscuro de esa sociedad ejemplar.

“¿Apropiación indebida? Habría que construir una teoría de los modos de apropiación en literatura…  Hay algo en peligro. Las preguntas parecen ser otras ¿de quién es la obra? ¿cuál es la noción de uso?                          (Ricardo Piglia, en La forma inicial).